viernes, 22 de abril de 2016

Un embatajador

           Seguramente que más de un seguidor del blog se habrá quedado sin saber muy bien del todo a qué se refiere el título de la presente entrada. No es de extrañar pues en este post hablaré de una actividad a la cual ya no se dedica prácticamente nadie. Lógicamente quienes se dedican a fabricar esquillas están obligados en una de las fases a colocarles el batajo, también conocido como badajo. Ahora mismo los sitios más próximos que yo conozca donde las hacen están en Lekumberri (Navarra) o en la bearnesa población de Bourdettes que es donde se fabrican las famosas esquillas de Nay. Quien quiera saber algo más sobre estas esquillas o sonailles de Nay, le recuerdo que en su día Enrique Satué escribió un interesante artículo en la Revista Serrablo nº 13 de junio de 1983. En esos talleres han llegado a fabricar en sus mejores momentos hasta 300 modelos diferentes de esquillas aunque en la actualidad su catálogo se ha recortado drásticamente ante la reducción del uso de estos objetos.
Luis revisando algunas de las esquillas recién reparadas. Foto: Archivo Cartagra
          Pero no quiero hablar de quienes las fabrican, me voy a referir a aquellos que se dedican a repararlas pues, aunque parezca mentira, una esquilla debe ser reparada periódicamente pues hay diferentes motivos que acaban provocando el deterioro de las esquillas. Y como los ganaderos de antaño nunca fueron sobrados de recursos, antes de comprar una esquilla nueva, siempre estaba el recurso de llevarla a reparar. Y he tenido la suerte de conocer a una de esas personas de antaño, que en sus ratos libres y más por vocación que por obligación, se dedica entre otras cosas a reparar estos artilugios sonorosSe llama Luis Arnal y procede de Casa Arnal de Cillas, pueblo abandonado hacia 1963 pues fue comprado por el Patrimonio Forestal del Estado. Luis vivió en Cillas hasta los veinte años, tiempo que dedicó básicamente a hacer de pastor cuidando el rebaño de ovejas y a trabajar los campos de su casa. Fueron también años suficientes para aprender y poner en práctica una autosuficiencia que no era opcional si no más bien impuesta por las circunstancias. Lo de aprender a embatajar esquillas se forjó precisamente en aquellos años.
A la izquierda los distintos batajos de boj muestran un desgaste más que evidente, incluido el de más a la derecha de la imagen que es de hueso. En la imagen de la derecha batajos actuales de nylon con marcas claras de uso pero apenas desgastados. Foto: Archivo Cartagra
          Los badajos de las esquillas de antaño eran principalmente de madera pudiendo emplear varias clases de esta. En esta zona del norte de la provincia de Huesca el bucho (Buxus sempervirens) ha sido la especie más usada pues la alta densidad de su madera hacía posible que resistiera mucho mejor tanto el golpeteo como la exposición a la intemperie. Además, esta madera era una recurso natural muy abundante y fácil de trabajar. También he podido comprobar algún caso en el que se han empleado como batajos huesos de diferentes animales o parte de ellos, sobre todo tibias y peronés de ovino y vacuno. Pero el golpeteo continuado de esta madera o cualquier otro material hacía posible que el borde de la esquilla fuera el lugar que más fácilmente se deteriorara. Así pues, muchas veces al mismo tiempo que se reponía el badajo roto o desgastado se aprovechaba para reparar ese borde deteriorado. Otras veces la aleación de hierro y latón de la esquilla, fruto de golpes y roces contra el suelo y las piedras, acaba agrietándose o rompiéndose. Antaño este tipo de desperfectos eran más difíciles de reparar y requerían llevarlas a un ferrero pero hoy en día resulta mucho más sencillo pues hay medios y materiales antaño difíciles de conseguir como un sencillo soplete y una varilla de latón. Teóricamente y según Luis, una esquilla debería ser revisada aproximadamente cada unos cinco años.
       Madera de boj y una estral bien afilada resultan imprescindibles para dar forma al batajo. 
Foto: Archivo Cartagra
            La voz de la experiencia también me cuenta que tras ese periodo lo más normal es que fruto del golpeteo continuado del batajo, el hierro recubierto de latón que conforma la esquilla, acabe rompiéndose. Parece mentira pero esta cuestión tiene una explicación lógica en la que nunca había parado a pensar. Cuando las vacas o las ovejas adoptan la postura de comer, es decir, inclinan la cabeza para llegar a la hierba del suelo, el batajo siempre golpea en el mismo punto del borde de la esquilla. Esto queda magníficamente demostrado si observamos batajos viejos pues comprobaremos como la pieza inicialmente circular acaba desgastándose sólo por una parte de su perímetro. Justamente la zona que golpea en el mismo sitio de la esquilla antes referido.
Soldando el borde deteriorado de la esquilla y resultado final. Foto: Archivo Cartagra
            Así pues, la primera fase es la de soldar las roturas que pueda presentar la esquilla en sí. Los puntos más sensibles suelen ser el borde exterior que es, como ya he dicho, el lugar que sufre los impactos del batajo. Pero la esquilla también sufre golpes y roces bien de forma fortuita o bien provocada a la hora de rascarse contra piedras o árboles. Una vez que se abre una grieta por un motivo u otro, esta se suele hacer más grande con gran facilidad. Así pues, muchas esquillas que le llegan a Luis necesitan en primer lugar la reparación de esas zonas rotas. Para ello emplea unas varillas de latón, material que funde con la ayuda de un soplete justo encima de la zona afectada. Muchas esquillas requieren un cordón de soldadura prácticamente en todo su borde interior e incluso exterior. Hay que hacerlo con la ayuda de otra persona pues la esquilla acaba calentándose al máximo. Este ayudante, protegido por unos guantes, va girando la esquilla conforme se aplica la soldadura de latón al borde. 
Distintas fases de la preparación previa del batajo. Foto: Archivo Cartagra
          Une vez reparado el exterior de la esquilla es el momento de sustituir el batajo, es decir, de embatajar la esquilla. La experiencia de Luis le permite conseguir que en un instante una rama de boj adopte la forma inequívoca de un batajo. Sobre un picadero de madera apoya la rama de boj y con su otra mano comienza a dar certeros golpes con una estral bien afilada. En poco más de un minuto cambia la estral por un serrucho y corta el badajo a la distancia que determina la longitud de la esquilla donde habrá de ir alojado. Ya sólo queda realizar el foráu por donde pasar un trozo estrecho de cuero que será el encargado de unir el batajo a la esquilla. La operación de atado se convierte en algo complicada debido al escaso espacio que hay para colocar las manos dentro de la esquilla y ejecutar dicho atado pero viéndoselo hacer a Luis resulta lo más fácil del mundo. Por este motivo las esquillas de pequeño tamaño resultan ser las más complicadas de embatajar.
La última fase del embatajao es la más complicada de todas, sobre todo si las esquillas son pequeñas. 
Foto: Archivo Cartagra
          Esta operación de embatajar esquillas resulta ser, según me cuenta el propio Luis, más habitual de lo que pueda pensarse. Las esquillas que venden actualmente vienen provistas de badajos de nylon y estropean el borde de las esquillas mucho más rápido que si fueran de bucho o cualquier otra madera. A pesar de la dureza de la madera de bucho, esta acaba resultando más blanda que el nylon actual por lo que el borde de la esquilla tarda más en deteriorarse. Sólo basta con observar detenidamente algunos de los badajos viejos que conserva Luis en su pequeño taller para comprobar como ese bucho, aparentemente duro e irreductible, acaba siendo moldeado por el borde de la esquilla. Cuando visité y entrevisté a Luis en su taller este tenía más de una veintena de esquillas de todos los tamaños. Pertenecían la mayoría de ellas a dos ganaderos del valle de Broto y además de alguna soldadura, a la mayoría de ellas les ha cambiado los batajos originales de nylon por otros de bucho. Entre todas las esquillas que Luis tiene en su taller las más recias y de mejor porte son francesas y construídas en Nay predominando estas sobre otras hechas en Navarra y algún otro punto de España desconocido. 
        Esquillas de Nay correspondientes a los números 5, 4, 3 y 2 luciendo batajos nuevos. 
Foto: Archivo Cartagra

         Una vez concluida la reposición del batajo y tras haber soldado las posibles grietas y orificios de la esquilla ya casi está concluido el trabajo de reparación. Pero como a Luis le gusta dejar las cosas bien acabadas, antes de concluir con la reparación le gusta dar una mano de purpurina a toda la esquilla para camuflar los evidentes puntos dejados por las soldadura química empleada. Ahora sólo queda repasar las costuras del collar de cuero u otro material que es el que permite unir la esquilla al cuello de la vaca u oveja. Hasta no hace muchos años era más habitual emplear cañablas de madera cuya elaboración requería de una técnica muy elaborada que Luis también domina. En el exterior de su pequeño taller tiene varios trallos de noguera secándose a la intemperie de donde piensa obtener la madera para elaborarlas. Pero este proceso lo dejaré para un nuevo post más adelante. 




PD.: Mi agradecimiento especial a Luis Arnal por su paciencia tanto a la hora de posar para mi como a la hora de repetir alguna de las fases de la reparación.






          

domingo, 3 de abril de 2016

Y aún pudieron ser más pueblos


           La aparición en el escenario rural altoaragonés del Patrimonio Forestal del Estado (PFE) acabó convulsionando un medio donde tradicionalmente nunca se habían producido alteraciones dignas de mención. La vida de aquellos pueblos discurría dentro de la rutina diaria propia de una sociedad basada en una agricultura y una ganadería prácticamente de subsistencia. Gracias a la misma, año tras año, se repetía un ciclo en lo natural y en lo humano que, salvo la excepción de la guerra civil, se había venido repitiendo de forma casi idéntica durante los últimos siglos. La llegada del PFE a esta provincia a mediados de la década de los cuarenta del pasado siglo XX hizo posible, gracias al aval del estado dictatorial de ese momento, que aquél equilibro se rompiera de forma un tanto violenta. Aquella ruptura estuvo motivada en la decidida política forestal ya descrita someramente en varias entradas anteriores.
            Vista de la Pardina de Arraso hacia 1975. Foto: Archivo Pirenaico de Patrimonio Oral

           Aquél claro respaldo oficial hizo posible que la adquisición de pueblos en nuestra provincia se iniciara de forma rápida. Las instrucciones eran claras y los ingenieros de montes comenzaron a trabajar al respecto de forma decidida y eficiente. En poco tiempo ya tuvieron redactados sus primeros informes que afectaron principalmente a varios núcleos ubicados en la comarca de La Guarguera. Como consecuencia de los mismos, las primeras adquisiciones ya se pudieron firmar a finales de los años cuarenta del pasado siglo XX. Villacampa (A Guarguera) en 1946; Aineto y Pardina Trillo (A Guarguera) y Mancomún (Barluenga) en 1949 fueron los montes que estrenaron el listado de adquisiciones en nuestra provincia. A ellos le seguirían el resto de pueblos asentados principalmente en el Prepirineo y Sierras Exteriores oscenses. Poco a poco las ansias repobladoras estatales encabezadas por el PFE fueron enraizando simultáneamente en muchos pueblos de otras comarcas: La Garcipollera, La Solana Burgasé o Sobrepuerto entre otras.
           Hay que matizar también sobre este particular que las dificultades en las que se vivía desde hacía ya muchos años en aquellos pueblos, también facilitó enormemente la decisión de vender de aquellos propietarios. La falta de servicios básicos como luz o asistencia médica, el aislamiento geográfico debido a la falta de accesos rodados o una economía de subsistencia en la que apenas corría el dinero pues se suplía con el trueque, limitaban a diario cualquier perspectiva de futuro. Aquellas duras condiciones junto a la información que vía oral iba llegando a los pueblos respecto a gente que había emigrado a trabajar en empresas o talleres y las ventajas que suponía esa nueva vida, hicieron reflexionar a muchos hombres y mujeres de la mayoría de pueblos prepirenaicos. El ansia por cambiar aquellas condiciones y poder emprender una nueva etapa lejos del pueblo estuvo detrás de la mayoría de las decisiones de venta.

Pueblo de Botaya en 1975, pocos años después de ser ofrecido en venta al PFE. Foto: Archivo Cartagra
           La desaparición del PFE como tal debido a su sustitución por otro organismo forestal más moderno, el cual teóricamente debía responder a las nuevas necesidades de ese momento, no evitó nuevas adquisiciones. Ese nuevo ente se creó a finales de 1971 bajo la denominación de Instituto para la Conservación de la Naturaleza (ICONA) y fue el encargado, entre otros muchos cometidos, también de concluir los numerosos expedientes de adquisición iniciados por el PFE. Después continuó con la apertura y conclusión de nuevos expedientes de adquisición que afectaron tanto a nuestra provincia como al resto del país. Según mis datos en la provincia de Huesca fueron en total 111 las adquisiciones que realizó el PFE entre el periodo que discurrió de 1944 a 1971. Incluyo en esta cifra también una media docena de adquisiciones cuyos trámites se iniciaron por parte de este organismo forestal aunque las mismas se concluyeran por parte del ICONA.

           Debe destacarse en este punto que las fincas y pueblos adquiridos pudieron haber superado la anterior cifra pues hubo muchos más intentos, que por causas varias, no llegaron a prosperar. De todos ellos se llegó a abrir el correspondiente expediente en las dependencias de la Brigada Aragón del Patrimonio Forestal del Estado con sede en Zaragoza. Así es como he podido comprobar que hubo otra serie de casos en los que la falta de acuerdo entre las partes impidió que el expediente siguiera adelante. En muchos casos los propios informes elaborados por algún ingeniero del PFE ya llegaron a desaconsejar dicha compra desde un principio. Los motivos fueron desde el precio elevado que solicitaban los propietarios, la superficie total demasiado pequeña, de extensión total suficiente aunque muy dispersa sobre el terreno o el deficiente estado registral de las fincas en cuestión. También hay que añadir que, aunque fuera una circunstancia temporal, durante 1963 el PFE dio instrucciones de no adquirir nuevas fincas. Así se transmitió a los responsables de las diferentes brigadas regionales pues parece ser que durante ese año faltó la consiguiente partida presupuestaria para este menester. En Huesca durante ese año tan sólo se adquirieron cuatro montes y seguramente debió ser así porque los trámites ya se habían adelantado suficientemente durante los años anteriores. Lo que sí se hizo, al menos durante ese año de 1963, fue no iniciar ningún expediente nuevo y paralizar los que estuvieran más retrasados. Así pues, ambas circunstancias hicieron posible durante ese año que el número de adquisiciones en nuestra provincia fuera inferior al que en verdad pudo haber sido.

           Las fincas que finalmente no fueron compradas por el PFE, a pesar de su interés en las mismas y de las que ha quedado registro documental, fueron las siguientes (1):

Jacetania: Ara; Badaguás; Botaya; El Monte, en Araguás del Solano; Ena; Especiello, en Larués; Huértalo; Pardina Botayuela de Ena; Pardina Esporret de Bailo; Pardina Fosato de Javierregay; Pardina Segaral.
Alto Gállego: Anzánigo; Arguisal; Bara; Barbenuta; Pardina Baranguá, Cortillas; Pardina Albás de Secorún; Pardina de Arraso; Pardina Buesa, en La Guarguera; Pardina Cerceles de Jabarrella; Pardina Pardenilla; Pardina Pilón y Camparés; Pardina Rompesacos; Pardina Sta. María de Perula; Santa Quiteria; Susín; Pardina Monrepós de Caldearenas; Trasierra y Sierra de Larrés.

Sobrarbe: Aguilar; Ascaso; Atiart; Ayerbe de Broto; Collospins, Barón y San Cristóbal, en Muro de Roda; Escartín; Fuebla en monte de Sieste; La Serrana en Boltaña; La Selva de Albella y Jánovas; Murillo de Sampietro; Peñacuervo; Seto y Lusiarre en Burgasé; La Sierra de Sieste; Torruellola de la Plana; Valata y San Victorián de Abizanda; Yosa de Broto.
Vista de Escartín en 1975. Al fondo se aprecia Basarán y los pinos jóvenes plantados en su entorno.
Ribagorza: Bacamorta; Casa Costa y Casa Sino de Cajigar; Casa Figuera de Secastilla; Caserras del Castillo; El Llomá y La Obagueta en Pilzán y Caladrones; La Cuadra y Otros en monte de Gráus y Benabarre; La Selva en Secastilla; La Sierra de Secastilla; Mas d'Abaix en monte de Caserras, Fet y Viacamp; Mas de Mora en Benabarre; Mas de Gabarrella en Viacamp; Mongay en Viacamp; Montañana; Moli y Maset en Viacamp; Nocellas, Las Costeras y Otros en Merli; Obago, Farrera y Pocino en Foradada del Toscar; Ribera de La Salenca en Bono; San Lumbiarres en Gráus; Señes; Sierra Blanca y Curuñales en Viacamp; Tayó de Aulet en Santorens; Valfuró y Montirroy de Puente de Montañana.

Somontano: Asque; Bastarás; Los Rasos en El Grado; La Sierra de Salinas de Hoz; Otín.

           Como se puede comprobar fueron muchísimas fincas sobre las que el PFE llegó a colocar sus ojos y que al final no adquirió. Sin embargo, en algunos casos aquellos planes del PFE, aunque fuera a medias, pudieron llevarse a la práctica. Me explicaré. Finalmente algunos de los montes del anterior listado sí que acabaron siendo repobladas por el propio PFE. Esto fue posible gracias a otra fórmula muy usada durante ese tiempo por el PFE conocido como Consorcio. Este fue el caso Tayó de Aulet, Arguisal, Trasierra y Sierra de Larrés. Pero sobre los consorcios hablaré largo y tendido en otro post más adelante.

           Hay que recordar aquí que a pesar de que finalmente no se produjeran las operaciones de compra y venta, el PFE dedicó importantes recursos a estos casos. Digo esto porque en la mayoría de los casos personal de este organismo recorrió y pateó esas fincas pues llegaron a redactar los perceptivos informes previos de la mayoría de esas fincas. Eso suponía que se desplazaran al terreno, al menos varias veces, un ingeniero de montes o ingeniero técnico forestal para proceder al levantamiento topográfico de las fincas y montes de su interés. Este técnico casi siempre fue acompañado de su trípode de madera y su equipo topográfico con el cual tomar medidas, triangular puntos y levantar el imprescindible mapa del monte en cuestión. Además, siempre se hizo acompañar por un guarda forestal de PFE para que le ayudara en sus trabajos. Los cometidos de los guardas eran además de acompañarle por los caminos de herradura que ellos conocían muy bien, presentarle a vecinos de esos pueblos que además de ser propietarios afectados conocían a la perfección los límites de los montes a medir. El guarda forestal era también el encargado de buscar un alojamiento al ingeniero a la altura de las circunstancias, y cuando hacía falta mano de obra para colocar estacas sobre el monte, contratar peones de confianza en la zona y alguna caballería. A este respecto he podido constatar que se realizaron numerosos trabajos de campo que no sirvieron para nada en más de un caso. Así, en la comarca de Sobrepuerto el PFE llegó a medir completamente el monte de Bergua para lo cual emplearon nada menos que quince jornadas de campo. Algo similar sucedería en otros pueblos de la zona que también llegaron a medir en balde como Cortillas y Escartín (2).



Fuentes y Bibliografía:

- (1): Archivo Fondo Documental del Monte; Ministerio de Agricultura y Medio Ambiente, Madrid.

- (2): Pinos y Penas en tiempos del Patrimonio; Carlos Tarazona Grasa, 2006.