Páginas

sábado, 21 de diciembre de 2013

Un onso de cuento

            La fiestas navideñas están a punto de desbordarnos y con ellas ese espíritu propio al que casi siempre se hace referencia. Ese que nos cuenta que es la época en la que todos debemos ser y estar felices -a pesar de la que está cayendo-, mostrarnos generosos para con los demás -aunque te estén puteando-, olvidar rencillas y no sé cuantas cosas más. A pesar de que uno ya empieza a pintar canas y que los cuentos navideños hace años que los dejé atrás, por esta vez y sin que sirva de precedente, me voy a dejar imbuir por el susodicho espíritu navideño. Y lo voy a hacer de tal forma que a través del presente post me voy a atrever a contaros un cuento, sí, navideño? también. La ocasión bien merece la pena, al menos así me lo parece a mí. Será porque soy parte interesada? pues seguro que sí. Pero me da igual que para eso escribo en mi blog y no tengo -por suerte- a nadie que me censure su contenido.


Carátula del documental sobre Camille
            El cuento en cuestión está basado en el contenido de mi último trabajo audiovisual, un documental titulado Camille, el último oso autóctono del Pirineo, el cual fue presentado en noviembre de 2012. Del mismo se realizó posteriormente una versión en aragonés la cual fue presentada oficialmente en Zaragoza el pasado mes de octubre de 2013, bajo el título de Camille, o zaguer onso autotono d'os Perineus. No entraré a detallar el contenido del mismo aquí pues entiendo que su título da bastantes pistas al respecto. 


      Pues resulta que por una serie de circunstancias que acabarían siendo un tanto largas de explicar aquí, este documental fue visualizado por una niña zaragozana de nueve años llamada Izarbe. Pocas fechas después de haberlo visto, en el Colegio Cesaraugusta que es donde ella estudia, convocaron el típico concurso de cuentos navideños. Izarbe, a quien conozco desde hace ya unos cuantos años, decidió presentarse al mismo con un precioso cuento en el que mezcla ese manido espíritu navideño con una increíble sensibilidad que ya quisiéramos tener cualquiera de los demás mortales adultos. Del contenido de este cuento emana también esa impronta inocente que sólo una niña de su edad es capaz de conferir a un cuento. Me consta que Pili, su madre, la ayudó a resolver alguna duda que otra conforme Izarbe iba dando forma y contenido al mismo.


            Debo confesar que cuando Nacho, el padre de Izarbe, me envió el cuento me hizo mucha gracia semejante ocurrencia. En verdad era lo último que me esperaba. Para nada había imaginado que alguien pensara en el oso Camille como protagonista de un cuento navideño. Pero conforme leía las primeras líneas, noté como la sonrisa inicial de mi rostro iba tornándose en un gesto más serio y tenso. No me duele reconocer que al final de su lectura acabé hasta emocionándome. Y podéis estar seguros que no fue porque Izarbe decidiera por su cuenta y riesgo incluirme en este cuento como personaje. Fue algo más importante y trascendente que eso. Debió ser esa mezcla de sorpresa, de ingenuidad y sensibilidad o de no sé que más, lo que provocó en mi aquella reacción. 
Izarbe tras recoger el diploma acreditativo del premio conseguido

            Espero que a todos l@s que lo leáis os provoque una reacción similar, o cuando menos, no os deje indiferentes. Aquí va el estupendo cuento de Izarbe:

 LA   NAVIDAD   CON   CAMILLE


Camille era el último oso del Pirineo. Hasta hacía pocos años vivía con su extensa familia de 30 miembros (padres, hermanos, abuelos, tíos, primos, etc). Pero todos habían ido muriendo por el frío, por el hambre y sobre todo por la persecución del hombre que se había dedicado a disparar y a colocar cepos para cazar osos. 


Eso hizo que Camille cada vez fuera más desconfiado. En cuanto olía a hombre aunque fuera a kilómetros de distancia salía despavorido.


En ese mismo Pirineo vivía, Carlos, un agente de protección de la naturaleza cuya mayor ilusión era encontrarse con el ultimo oso del Pirineo. Para eso ponía cámaras de video agarradas en los árboles y pasaba noches enteras buscando al Oso.


         El día de Navidad, Carlos antes de comer, pensó en dar una vuelta por el bosque para coger piñas para adornar la mesa. Cuando estaba a punto de volver a casa oyó un quejido lejano. Así que empezó a seguir el sonido que había escuchado, sin pensar en la hora que era (sólo faltaba una hora para que toda la familia fuera a su casa a comer).


Comenzó a subir por la Senda de Izarbe, por donde Carlos sabía que había muchos animales. Cuando ya había recorrido cinco kilómetros, vio que algo se movía entre las ramas, algo muy grande y además peludo. Así que se armó de valor y se acercó al árbol donde había visto que se movían las ramas. Cuando estaba a un paso del árbol vio a Camille, que tenía una pata sangrando agarrada en un cepo. 


Carlos tenía miedo de que al estar herido Camille le atacara, pero sorprendentemente Camille parecía que le sonreía. ¿Cómo podía ser que un oso le sonriera? ¿Estaría viendo visiones? ¿Estarían soñando? ¿Habría comido mucho turrón en Noche Buena y le habría sentado mal?.


Carlos, con mucho miedo, se acercó al él y sacó de su mochila una venda y agua oxigenada. El oso alargó la pata para que le curara. Lo que pasaba era que Carlos había estado tantas veces cerca de Camille sin saberlo, que conocía el olor de Carlos y sabía que era bueno.


Mientras tanto la familia de Carlos estaba preocupada porque no volvía, así que todos salieron a buscarlo por el monte, sus gritos llegaron hasta Carlos y Camille y el oso se asustó y salió corriendo.


Cuando la familia encontró a Carlos éste les contó lo que había pasado y todos decidieron que a partir de ese momento el día de Navidad saldrían en busca de Camille. Y Camille debió pensar lo mismo, porque desde entonces todas las Navidades se encuentran en la Senda de Izarbe, Carlos, su familia y Camille y allí comen miel (que es lo que más le gusta al oso), turrón, mazapán y dátiles. Y si vais por esa Senda el día de Navidad encontraréis una celebración Navideña muy original, donde el hombre y el oso por fin son amigos.


                                                                                Izarbe López Villellas


            Y qué me decís de la conclusión?... un lugar donde el hombre y el oso por fin sean amigos¡¡¡¡ Ójala el espíritu navideño se vendiera en cápsulas y se lo pudiéramos recetar a más de un talibán perinenco de esos que ni tan siquiera están dispuestos a hablar y reconocer lo que siempre ha venido sucediendo en el Pirineo: la convivencia "normal" entre hombres y osos. Me temo que si eso llegara a hacerse realidad dicho espíritu sería de todo menos navideño pues perdería su esencia como tal así como su capacidad de transformar a las personas.



PD:  Por cierto, Feliz Navidad y un venturoso 2014 a quienes osáis leer este blog. 
        Un abrazo de onso para tod@s.








lunes, 18 de noviembre de 2013

El factor humano (III)


          Cualquier trabajo, sea el que sea, debe contar necesariamente además de con una o varias cabezas pensantes encargadas del diseño y contenido del mismo, de muchas manos para poderlo ejecutar. Además, el número de estas siempre será proporcional a la envergadura y dimensiones de la obra que se piensa realizar. Es decir, cuanto más voluminosa o más complicada técnicamente hablando sea, mayor número de trabajadores habrán de ser necesarios para sacarla adelante. Y esta cuestión que bien podría ser considerada como una máxima, es perfectamente aplicable también al ámbito de los trabajos forestales que se abordan en este blog. Muy pocos trabajos u obras forestales se hubieran conseguido sacar adelante si no se hubiera contado con un número mínimo de trabajadores que garantizara su ejecución dentro de los plazos previstos. Sin esa mano de obra ni los ingenieros hubieran podido concluir su obra por muy completo y preciso que fuera su proyecto, ni los guardas habrían podido ejecutar su tarea de control y fiscalización de esos hombres.

Obreros realizando desmontes para construir terrazas siguiendo las curvas de nivel en las laderas de la cabecera del Barranco Arratiecho, hacia 1910. Foto: Colección Tomás Ayerbe
          Cada vez que se ha escrito o hablado sobre las diferentes obras de corrección hidrológico-forestal, el conjunto de los obreros implicados en las mismas ha sido generalmente el gran olvidado. Bien porque apenas se ha hecho referencia al mismo o bien porque directamente no se les ha mencionado. La intención de este post es precisamente evitar una vez más esa omisión y rendir a través del mismo, mi modesto reconocimiento a todos esos trabajadores forestales que a lo largo de muchísimos años intervinieron en las obras abordadas en este blog. Aun a pesar de las grandes diferencias que pudiera haber entre los proyectos originales de cada una de esas obras, en todos ellos siempre hubo una cuestión común. Era el apartado dedicado al personal a contratar y los jornales que a cada una de las categorías se debería pagar. Además, ese numeroso colectivo de obreros casi siempre estuvo organizado de una forma muy similar en la mayoría de obras.

Buyol usado para transportar agua 
en los trabajos forestales.
Foto: Archivo Cartagra

          Cuando los trabajos eran de mucha envergadura solía contratarse más de una cuadrilla de obreros, si bien cada una de ellas era empleada en cometidos diferentes dentro de la misma obra. La composición de cada una de ellas solía variar en cuanto al número de integrantes pero debían oscilar entre seis y ocho personas. Mientras, las cuadrillas que trabajaron en las repoblaciones forestales solían ser más numerosas llegando hasta la docena de individuos. Volviendo a las primeras y aclarado el número que las solían conformar hay que decir que su composición en cuanto a las categorías casi siempre correspondió también a un mismo perfil. En el puesto más básico se encontraba generalmente el pinche que solía ser al más joven de toda la cuadrilla. Su cometido principal fue el de aprovisionar de agua de boca a los demás integrantes de la cuadrilla. Para ello se ayudaba de un buyol o incluso de algún botijo en el que poder trasportar el agua de boca con la que saciar la sed de unos y otros. En muchos casos se trataba del hijo de alguno de los integrantes de la misma cuadrilla o en su defecto provenía del mismo pueblo de donde eran la mayoría de sus integrantes.

          La siguiente categoría, la de los peones, era la que tradicionalmente se encargaba de realizar algunos de los cometidos más duros. Entre ellos pueden citarse el amasado manual del cemento y el hormigón, del transporte de piedras en los balluartes -también llamados parihuelas- hasta el lugar donde habían de ser colocadas o acercar a los oficiales cuanta herramienta u objetos les solicitaran. Eran también los principales responsables de acometer el montaje y desmontaje de sencillos andamios; de achicar con pozales el agua que inundaba los cimientos pues para entonces no había ningún tipo de bomba mecánica que supliera esta labor o tener la herramienta siempre limpia y lista para su uso. En algunos casos también fueron los encargados de ejecutar las perforaciones en la roca para su posterior voladura. El empleo de métodos manuales para el barrenado de la roca resultó ser siempre muy lento y penoso. La llegada de las primeras barrenadores mecánicas aún tardaría unos cuantos años. El empleo de esta técnica implicó a su vez que para la siguiente fase fuera necesario al menos una persona que supiera colocar la dinamita y los detonadores correctamente. La mayoría de las cuadrillas no contaban con dicha persona por lo que era habitual que se trajera a alguien de otro lado. En cualquier caso, esta categoría era la más abundante dentro de cada cuadrilla pues como ya ha quedado dicho, fue la que más cometidos y funciones solía tener asignados, suponiendo generalmente más de la mitad de los integrantes de la cuadrilla.
Obreros realizando diferentes fases del trabajo de construcción de un dique en el Barranco Arás. El empleo de balluartes para transportar piedras entre dos se convirtió en un útil imprescindible en estos trabajos.
Foto: Archivo Cartagra
Obrero, pala y carretillo, otra combinación muy
habitual en las obras de hidrología de los 
cauces de la provincia de Huesca.
Foto: Archivo Cartagra

          Como última categoría encontramos a los oficiales. Estos solían dominar varias facetas como eran la albañilería y la cantería. La mayoría de los diques se construyeron usando piedras procedentes de una formación conocida como flysh muy abundante en el Prepirineo cuyas piedras tenían una forma paralelepípeda casi perfecta. A pesar de lo dicho, era muy habitual tener que retocar parcialmente muchas de ellas para lo cual se requería una experiencia y un conocimiento previo que sólo se obtenía con los años. Durante el primer cuarto de siglo XX los canteros de Biescas llegaron a alcanzar un gran fama y reconocimiento siendo muy buscados incluso al otro lado de la frontera. Muchos años más tarde, en la década de los sesenta, los canteros de Biescas y alrededores fueron masivamente contratados para las obras que se realizaban en la construcción de las pistas de esquí de Formigal. En los hoteles y edificios de nueva construcción la piedra fue un elemento muy empleado. Aquella circunstancia obligó a buscarlos fuera lo que permitió la llegada hasta la zona de canteros gallegos. Además, también se hizo necesario que la administración forestal igualara el jornal que pagaban en las obras del Valle de Tena para garantizarse la consecución de los canteros necesarios.  

          La única ayuda con la que contaron aquellos hombres en todo este tipo de obras, si es que así puede llamarse, fue la tracción animal. Es decir, gracias al uso de caballerías, bien fueran machos, caballos o burros, estos sirvieron para diferentes cometidos. En unos casos subieron cargados con sacos de cemento o bidones de agua hasta lugares de muy mal y largo acceso. En otros casos sirvieron para mediante el empleo de esturrazos arrastrar pesadas piedras que sería imposible moverlas ni a mano ni con la ayuda de balluartes. Hay que señalar también que no todo el mundo era capaz de desempeñar este trabajo. Unas veces era el caballo el que no obedecía al hombre mientras que otras veces era la persona quien no sabía dar las instrucciones correctas ni tampoco interpretar las reacciones del animal. Para evitar eso, siempre se contrataba juntos a la caballería y a su dueño pues de esa forma se garantizaba el buen funcionamiento de este binomio. A pesar del uso de estos animales de carga, las condiciones del trabajo siguieron siendo muy duras y exigentes para los hombres implicados en las mismas.
Caballerías provistas de esturrazos con los que conseguían arrastrar piedras de gran peso imposibles de mover a mano. Foto: Archivo Cartagra
          Donde verdaderamente se notaba si la cuadrilla contaba con unos buenos canteros era cuando el dique estaba a punto de ser concluido y mostraba ya acabados los diferentes mechinales. En estos amplios ventanales se requería el empleo de piedras trabajadas de forma muy diferente pues por un lado predominaban las terminadas en forma de esquina, y por otro, las semicurvas que conformaban el arco superior de cada mechinal que era el encargado de soportar y repartir el peso de la parte superior del dique. Tanto el ingeniero responsable del proyecto como el guarda encargado de esa obra sabían distinguir muy bien la calidad de esas piedras trabajadas por lo que enseguida comprobaban el grado de profesionalidad de los canteros. 
En la construcción de diques como este del Barranco Estiviellas es donde resultaban ser imprescindibles unos buenos canteros capaces de trabajar cualquier tipo de piedras. Foto: Fototeca DGB-INIA
          Al margen de las cuadrillas empleadas en la construcción de los diques, hubo también personal local que se empleó en otros cometidos como fue la construcción y mantenimiento de viveros forestales. Estas instalaciones resultaron ser básicas para poder ser autosuficientes y disponer de las plántulas necesarias para acometer las repoblaciones forestales. Estas fueron siempre el complemento imprescindible a la construcción de los diques pues eran la mejor forma de consolidar terrenos erosionados. Las tareas dentro de un vivero también fueron muy numerosas y variadas pues había que conseguir semillas de varias especies, sembrarlas en la época apropiada, atender a su riego, labores de escarda, de trasplantado, repicado, etc. Todas estas labores se realizaban de forma totalmente manual por lo que la mano de obra también resultó ser imprescindible.

Obreros en los trabajos de acondicionamiento del vivero de Arratiecho en Biescas, hacia 1910.
 Foto: Archivo Tomás Ayerbe

Guarda y obrero fueron las dos categorías que 
más interactuaron en los trabajos forestales. 
Foto: Colección Tomás Ayerbe.

            Por último me referiré a la persona que ejercía las funciones de responsable en cada una de las cuadrillas, independientemente que trabajara en la construcción de diques, en el mantenimiento de viveros o en las repoblaciones. En todas estas cuadrillas había un encargado que era quien respondía por todo el grupo a su cargo y que se constituía en el único interlocutor frente al guarda o al ingeniero. A él le correspondía comunicar el accidente o la baja de alguno de sus hombres, la supervisión del trabajo realizado diariamente o la reclamación laboral pertinente. En muchos casos era también a esta persona a quien se le pagaba semanalmente el importe total de los jornales correspondientes a los integrantes de su cuadrilla. Posteriormente, él se encargaba del reparto entre cada uno de los integrantes de su cuadrilla. En su relación con el Guarda Forestal no faltaron los roces y las desavenencias. En unos casos debió tener que soportar la arbitrariedad de la que pudiera hacer gala el Guarda Forestal. En otros, las disputas surgían sencillamente como consecuencia de unas condiciones laborales muy exigentes a cambio de unos jornales escasos que apenas permitían salir adelante a esos hombres y a sus respectivas familias.

          Fueron años de trabajos duros que requirieron un gran sacrificio por parte de aquella numerosa mano de obra y donde sus derechos debieron ser tan escasos como el de los jornales que cobraban. Donde la principal y única motivación de aquellos hombres, como siempre ha sucedido, no era otra que la de llevar un jornal a casa para intentar sacar la familia adelante. Por cierto, hubo trabajos en los que hasta los integrantes de la propia familia acabaron implicándose en el trabajo del cabeza de familia. Así quedó reflejado en una magnífica fotografía realizada a principios de siglo XX por Pedro Ayerbe en el Barranco de Arratiecho.
Familiares de los trabajadores en las obras del Barranco Arratiecho llevándoles la comida en cestas, hacia 1910.
 Foto: Archivo Tomás Ayerbe
          Sin duda alguna, sin la numerosa mano de obra, tanto local como foránea, todas las obras forestales acometidas en el norte de la pronvincia de Huesca no habrían podido ejecutarse. Sirvan estas líneas, como ya ha quedado dicho, para poner en valor y reconocer públicamente el papel jugado por este colectivo.








martes, 12 de noviembre de 2013

El factor humano (II)



       El siguiente colectivo al que me referiré en este post es el conformado por los Guardas Forestales. Se trata de un colectivo por el cual siento especial afinidad pues no en vano desde hace más de veintitantos años tengo la suerte de formar parte del mismo. Esos hombres jugaron un papel muy activo en todas las obras de hidrología que se realizaron en el Pirineo aragonés. Se trató en la práctica totalidad de los casos de hombres que vivían, si no a pie del tajo, sí muy próximos al lugar donde se ejecutaban los trabajos. Esa circunstancia siempre les supuso un doble compromiso. 
Aspecto de algunos Guardas Forestales de Huesca del primer tercio del siglo XX. Foto: Archivo Cartagra
          Por un lado, su residencia tan próxima al punto donde se ejecutaban los trabajos, le suponía una mayor responsabilidad en el caso de que surgiera cualquier problema. De suceder así, él debía estar informado lo antes posible de cualquier incidencia así como saber en todo momento como debía actuar. Por otro lado, esa misma proximidad a la obra, era la que hacía que su responsabilidad todavía fuera mayor frente al ingeniero. Estos hombres, en ausencia del ingeniero director de la obra, se convertían en los ojos de aquél. Debían comunicar rápidamente cualquier incidencia y lo tenían que hacer por escrito. Así pues, mientras le llegaban las nuevas instrucciones, también por escrito, él debía tener un plan alternativo en el que emplear al personal a su cargo para intentar minimizar el retraso.

Viejos teléfonos forestales en deshuso. Foto: Archivo Cartagra
           La ausencia de teléfonos durante la primera mitad del siglo XX les obligó en muchas ocasiones a tener que improvisar. Eso suponía que todos los que ocuparan el puesto de Guarda debían saber tanto leer como escribir. Hay que precisar que, remontándonos al periodo antes referido, en el medio rural todavía era relativamente común la existencia de personas analfabetas. Sobre una cuartilla de papel y dotados en muchos casos de una caligrafía casi ilegible, conseguían dar parte sobre el estado de las obras en cuestión. Eran cartas poco extensas, que apenas entraban en el detalle de las cosas y donde la líneas de texto no siempre aparecían horizontales ni equidistantes. En cambio, las cartas que recibían del puño del ingeniero presentaban un aspecto más pulido y una letra regular que ponían en evidencia la formación de unos y otros. La llegada de los teléfonos al mundo forestal supuso toda una serie de ventajas para el personal forestal. Alguno de los primeros aparatos fueron instalados en la casa forestal de Biescas. Pero su capacidad para saber escribir también les sirvió para llevar al día el libro de operaciones. Se trataba de una especie de libro diario en el que tenían que anotar el cometido del servicio realizado día a día. Ese libro era revisado periódicamente por el Ingeniero de Montes quien, a la vista del mismo, le hacía cuantas sugerencias creía oportunas. Seguro que no debieron faltar casos en los que se les recomendaría una mejor caligrafía.

Seguro que el caballo del malo era algo más lozano que
 el de este Guarda Forestal. Foto: Archivo Cartagra

     Pero donde aquellos hombres eran verdaderamente capaces de demostrar su valía era generalmente lejos de la pluma y del tintero. Pocos debían ser los ingenieros que una vez que echaban a andar, sobre todo si era ladera arriba, pudieran seguirles el paso. Sabedores de ese extremo y de su poca costumbre para caminar por tortuosos caminos, los ingenieros casi siempre solían desplazarse en alguna caballería local. El temple y la capacidad de esfuerzo siempre se encontraron entre las principales aptitudes de los guardas pues sin la primera condición era difícil que se diera la segunda. Algunos, los más afortunados, llegaron a disponer de una caballería, algún macho o yegua de escaso porte, que les facilitaba enormemente los desplazamientos. En algunos casos hasta se les llegó a pagar una pequeña cantidad de dinero para el mantenimiento de la caballería. La gran mayoría sin embargo siempre se desplazaron durante aquellos años a pie. Eso sí, acompañados de su tercerola o su carabina, un arma larga que durante el primer tercio del siglo XX se constituyó en una parte indisoluble de la imagen del Guarda Forestal por estos montes pirenaicos.

        A pie o a caballo, recorrieron tantas veces como fue necesario caminos y sendas que les llevaban hasta donde se realizaban las obras, hasta los viveros volantes instalados en medio del monte o hasta los lugares que fuera menester. Hablando de viveros hay que decir que en muchos casos alguno de estos hombres fue también el responsable del correcto funcionamiento de esta instalación. Esto quiere decir que él era el encargado de buscar la mano de obra necesaria para conseguir la optima preparación de la tierra del vivero, de la tierra de las eras o de la siembra en la época adecuada. En muchos casos también les tocó ir a buscar, solos o acompañados, semillas por los bosques de los alrededores. La obtención de planta suficiente para afrontar las repoblaciones previstas se debía en gran medida a la diligencia del Guarda Forestal de turno encargado de dicha instalación.
Guardas Forestales frente a las eras de un vivero de abeto en el monte de Canfranc. Foto: Archivo Cartagra
           Pero además de cuanto hasta ahora se ha señalado, los Guardas Forestales también participaban en otras fases de los trabajos de corrección hidrológico-forestal. Debían saber en qué parte del monte había buenos troncos de boj o de cajico así como salzeras largas para confeccionar los enfajinados; dónde poder extraer planchas de tasca para preparar encespedamientos sin provocar procesos erosivos irreversibles o dónde extraer buena piedra y con el menor esfuerzo posible. Todo este tipo de actuaciones que los ingenieros incluían en sus proyectos previos, de poco habrían servido si luego todo el material necesario hubieran tenido que traerlo desde lejos pues los presupuestos previstos habrían quedado rápidamente desfasados. Así pues, el conocimiento detallado que aquellos hombres solían tener del cuartel o montes que tenían asignados, resultó ser siempre una ventaja para la buena marcha de los trabajos.  

Guarda Forestal en el vivero de Arratiecho de 
Biescas hacia 1910. Foto: Archivo Cartagra.
          Aunque en verdad, sus cometidos iban más allá de los propios trabajos de hidrología pues de forma simultánea debían hacerse cargo de otras funciones y cometidos inherentes a su condición de agente de la autoridad. Tenían que tener un buen oído, tanto en el monte, el pueblo o en la tasca, para intentar averiguar quién había cortado unas vigas de pino escuadradas con astral que había localizado en el fondo de un barranco o de dónde había podido salir la leña con la que un fulano había recrecido el leñero de su casa. A falta de escopetas la gente siempre usó los lazos y la ausencia de cañas y vocación de pescador fino siempre se suplió con un buen tresmallo. Que los ganados locales o foráneos pastaran solamente en los lugares que podían hacerlo fue otro de sus cometidos habituales. En todas esas situaciones y otras muchas más, la perspicacia del Guarda Forestal siempre resultó vital para combatir al furtivo, el pastoreo ilegal o el robo de leñas y madera. Hubo muchos de aquellos hombres que supieron llevar aquella perspicacia mucho más allá y consiguieron llevar a la práctica aquél dicho de que el miedo guarda a la viña. Recurrieron a trucos como colocar una vieja chaqueta sobre una mata o una rama para que la meciera ligeramente el viento y bien visible desde lejos de forma que quien la localizara pensara que era el forestal en persona. Otros colocaban de forma precisa e intencionada ramas en los pasos estrechos para saber si alguien había transitado por esa senda o no.

            Y fue precisamente este cometido de carácter coercitivo el que siempre acarreó más de un problema a aquellos abnegados hombres. La incomprensión de unos, la necesidad de otros, la avaricia de unos pocos o las duras condiciones de vida durante aquellos años, siempre jugaron en su contra. En el ámbito de los trabajos de hidrología abordados hasta ahora y en la documentación consultada para su confección, no me ha aparecido ninguna situación de acoso o persecución sobre estos hombres. Pero desgraciadamente, la historia de este colectivo está salpicada de tales situaciones. También de otras aún más graves como han sido las numerosas agresiones que se han llegado a producir y que en más de un caso hasta supusieron la muerte del agredido (1). Ni la bandolera de cuero cruzada sobre su pecho en la que portaba una chapa de bronce con la inscripcción de Guarda Forestal y el organismo al que pertenecía, ni el arma larga que tenían asignada, sirvieron en algunos casos para evitar dichas agresiones.
Guardas Forestales de la 6ª División Hidrológico-Forestal destinados en Biescas. 
Foto: Colección Tomás Ayerbe

         Obviamente, y como pasa en todos los colectivos, también quienes se aprovecharon de su condición y no dudaron en abusar de ella. Hubo quienes se convirtieron en redomados furtivos que persiguieron alimañas para vender sus pieles o quienes no tuvieron ningún reparo en hacer leña donde se les antojara. Pero qué le vamos a hacer, las sombras del bosque dan cobijo a todos y dentro de él sólo cada uno es reponsable de sus actos. Pero al margen de lo dicho, la trayectoria de este colectivo ha cumplido ya más de 135 años en los que ha demostrado una dedicación y una capacidad increible. Se trata sin lugar a dudas, de uno de los colectivos más vocacionales de cuantos conozco y eso acaba dejándose notar en la labor realizada. A muchas personas el bosque no les deja ver el árbol. Estos hombres sin embrago, con su defensa del árbol siempre perseguieron como objetivo final alcanzar un aumento del bosque.
Hombres anónimos que con su abnegada labor contribuyeron a la ejecución de numerosas obras forestales.
Foto: Archivo Cartagra
          A modo de conclusión y aprovechándome de mi condición de ser parte interesada, quiero concluir este post haciendo un reconocimiento publico a la labor abnegada, constante y discreta de estos hombres. Hombres que pertenecieron a un colectivo no siempre justamente valorado y que desempeñó su cometido en unas circunstancias que en poco o nada se parecen a las actuales. Guardas Forestales que debieron serlo aun a pesar de la incomprensión de la mayoría de la población rural y de la sociedad española en general. Los más de 136 años de existencia de este colectivo bien se merecen un respeto de la actual sociedad. Esta es mi pequeña y personal aportación. Quien quiera conocer con más detalle cualquier aspecto sobre la historia de este colectivo lo tiene fácil. Puede hacerlo consultando el libro que se incluye en la reseña bibliográfica inferior, el cual dá la casualidad, lo escribí yo mismo tras más de diez años de investigación.


Fuentes y bibliografía:

- (1): La Guardería Forestal en España; Carlos Tarazona Grasa. Editorial Lumwerg; Madrid, 2.002