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lunes, 21 de julio de 2014

Un hotel en Otal


            Al contrario de anteriores posts de esta sección en los que he contado historias de otras personas, en esta ocasión he decidido compartir con vosotros una experiencia propia. En fechas recientes realicé una nueva visita a uno de esos sitios especiales para mí. Hace ahora unos cuatro años de la última vez que acudí hasta Otal. Aquella vez, al igual que en esta ocasión, la principal pretensión no era otra que la dormir en la Casa O Royo de este pueblo. En aquella ocasión me acompañó Félix, mi tío, y Tolo, mi perro. En esta ocasión fui con mi sobrino Marc para quien era su primera visita a este pueblo y nuevamente con Tolo quien ya conoce bien este entorno. Llegamos a Otal a media tarde y encontramos la puerta de esta casa cerrada. Nada más abrirla y atravesar su umbral sentí la misma sensación de otras veces. A pesar de la oscuridad inicial que invade el patio de la misma, mis sentidos se mantienen en guardia pues están casi convencidos de que van a escuchar y ver signos provenientes de algún habitante de la casa. Me planto en el centro del patio y roto sobre mi mismo fijándome en todos los objetos que hay como si se tratara de mi primera vez allí. 
Aspecto que presenta en la actualidad Casa O Royo de Otal. Foto: Archivo Cartagra

          Miro a mi derecha y veo la cuadra donde a pesar de mostrarse vacía, yo rápidamente la imagino con el macho comiendo en la pesebrera y junto a él varias vacas mugiendo. ¡Cuántas cargas de leña habría traído a lomos de ese macho Pascual desde A Selba¡...(1). Hasta me imagino las sensaciones olfativas provenientes del fiemo acumulado en este espacio escasamente ventilado. Salgo otra vez al patio y me dejo llevar ahora por otro aroma generado nuevamente en mi imaginación. En este caso proviene de otra dependencia, la bodega, donde nada más entrar ya observo tres toneles de tamaño mediano. Seguramente los confeccionaría algún tonelero de no muy lejos de Otal con la madera de alguna cerecera crecida en Os Articones. Ahora mismo están resecos como si hubieran estando joreándose una larga temporada en la cercana Punta Pelopín. El vino que contuvieron en su día debía venir desde mucho más lejos que los toneles. Cuando tocara incubar, allá por la mengua de febrero o marzo, el abuelo Mariano (2) traería varios boticos de vino a lomos del mismo macho que he imaginado anteriormente desde Fiscal. Seguro que más de una vez el vino de algún tonel acabaría tornándose vinagre, "malempleáu, después de tanto pasealo va y se pica" exclamaría seguramente aquél abuelo...
Hace años que no se incuba en esta casa, al menos tantos como los que lleva cerrada. 
Foto: Archivo Cartagra

           Encaro la escalera y nada más alcanzar el primer piso, sobre mi derecha, observo una vieja espedera repleta de utensilios de cocina. Sobre la repisa que hay a su pie aparecen completamente desordenados botes de plástico, cajas de cartón de diferentes alimentos y botes de cristal variados. Intercalados entre todos ellos algunas botellas de cristal a modo de candelabro sostienen velas casi consumidas. Aquí hay azúcar, aceite, infusiones, sal, sopas de sobre, cacao en polvo... todo ello dejado por gente que como nosotros, han pernoctado antes en esta casa. Quizás en mi visita de hace cuatro años esta zona estaba, dentro del desconcierto general, algo más ordenada y con menos objetos de por medio. 
Fogaril de Casa O Royo, el centro neurálgico de la misma, sobre todo en las largas noches de invierno. 
        Foto: Archivo Cartagra

            Pero mi mirada, de forma deliberada y casi sin poderlo evitar, ignora esta área y se centra en el gran fogaril que se encuentra al fondo. Un pequeño ventanuco orientado al norte deja entrar un rayo de luz que resalta los dos morillos del hogar. Me acerco al fogaril y sobre el negro madero transversal donde se apoya la cúpula del mismo observo tres carlinas protectoras. Será por si el espantabrujas de la chimenea no diera a basto para ahuyentar los malos espíritus que intenten colarse desde el exterior. Me fijo en las dos cadieras que escoltan el lugar del fuego hoy apagado y enseguida me imagino este escenario repleto de personajes durante una larga noche de invierno. Rostros sombreados por las llamas y con sus miradas perdidas escuchan viejas historias retenidas en la lúcida memoria de Mariano (2). Quizás les cuente el encuentro con un onso en la Pardina Niablas hace no sé cuantos años que le contó una vez su abuelo o las vicisitudes de alguno de sus viajes para trabajar en una fábrica francesa de alpargatas en Mauleón. Sería una conversación en voz baja sólo rota por el petardeo de la leña de pino al quemarse. O tal vez interrumpida también por la tos rota y el pecho cargado de algún crío fruto de la última mojadura cogida mientras cuidaba las ovejas en O Estachón. Una buena infusión o unas inhalaciones de flores de sabuco calentadas en el mismo fuego sería el único remedio que la abuela Dolores podría facilitar a su nieto José María. Sabucos que por cierto seguramente no serían tan abundantes entonces en Otal como lo son ahora pues crecen por doquier entre las ruinas del pueblo. Entre viejas historias, abrideras de boca y algún chemeco se iría agotando la última zoca echada al fuego y llegaría el momento de ir a dormir.
Esta nota la encontré clavada en una cadiera del fogaril durante una visita que realicé a esta casa hace más de diez años. Foto: Archivo Cartagra

          Pensando precisamente en esta faena y tras revisar otras dependencias de esta planta, subimos por la estrecha y oscura escalera de madera hasta el segundo piso. Quiero alojarme en la misma habitación donde dormí en mi última visita a esta casa. Es una sala amplia y sobre el suelo hay dos viejos colchones de lana apelmazada cubiertos por mantas y esterillas dejadas por algún montañero. Hace ya muchos años que la lana de estos colchones no prueba la vara de ninguno de aquellos colchoneros itinerantes que recorrían Sobrepuerto. Si Presentación viera su estado seguro que no dudaría en varear la lana ella misma (1). Pero dicho sea de paso, antes de dormir en suelo cualquier catre parece bueno. Marc escoge uno y yo me quedo con el otro. Sobre ellos dejamos preparados, para cuando llegue la hora, nuestros sacos y esterillas. Al abrir una ventana lateral y la puerta del balcón que da al sur, la estancia se llena de luz y la apreciamos con más detalle. Ya había olvidado el rústico arcón y al redescubrirlo me fijo nuevamente en su austera y lineal decoración. Un armario de madera maciza de pino todavía deja entrever los tonos rojizos y azules que algún día debió lucir con más orgullo que ahora. Sobre la pared maestra existe una alacena empotrada donde es muy posible que antaño Presen guardara elaboradas colchas y sábanas de lino con finos bordados floreados. Observo las anchas tablas de pino que conforman el irregular suelo de esta habitación y me pregunto dónde cortarían los pinos o dónde serrarían las mismas. Seguro que también llegarían hasta aquí a lomos de alguna caballería.
Mobiliario original de la casa que todavía está en perfecto uso. La cálida luz de la vela facilita en plena noche un ambiente mucho más evocador. Foto: Archivo Cartagra

            Al abrir el balcón nos asomamos y mi mirada se fija en las frondosas nogueras de enfrente. Están muy cargadas de nueces y parece ser que este año también se han salvado de las heladas tardanas. Recuerdo que en mi visita de hace cuatro años por la noche escuché como los jabalines cascaban y comían con ansia las abundantes nueces. También lo notó mi perro que fue quien me alertó de que algo raro sucedía en la calle. Ahora mi mirada se pierde valle abajo, hacia el sur y contemplo lo mismo que verían aquellos viejos de antes. Basarán aparece medio absorbido por la vegetación y apenas se distingue. Más al fondo la Peña Canciás, Santa Marina, Pardina Fenés y O Pueyo Cortillas marcan el límite sur. Hacia saliente la Punta Pelopín, Monchoa y Capañalda. Hacia poniente la Punta Erata, la Ermita de San Benito y As Canalizas. Este debió ser el único mundo que conocieron y en el que vivieron durante toda su vida los habitantes de Casa O Royo, la de Casa Orós, Casa Francho, Casa Oliván o los de cualquiera de las otras diez casas más que llegó a tener en sus mejores momentos Otal.
Este mismo paisaje es el que habrán visto durante generaciones los habitantes de Casa O Royo. El paisaje, aunque modificado persiste, las personas lamentablemente ya no. Foto: Archivo Cartagra

           Al final del día nos metimos en el saco a descansar y reponer fuerzas para continuar nuestra travesía al día siguiente. Hasta que concilié el sueño mi cabeza no dejó de pensar en nuevos momentos y situaciones. Para mi Casa O Royo es como un hotel particular que espero siga dándome la oportunidad de poder subir hasta aquí muchas veces más. Es un hotel con pocas habitaciones pero que siempre me proporciona infinidad de sensaciones las cuales, por esta vez, he decidido compartir. Al margen de la capacidad que cada uno tenga para imaginar y sentir, esta es una experiencia más que recomendable pues no siempre se tiene la oportunidad de dormir en una casa de estas características. Si alguien se decide a repetir esta experiencia, recordaros que debéis dejarla tal cual la habéis encontrado. Cerrar bien la puerta para evitar que entren las vacas y lo manchen todo. Y si encendéis fuego, prever que luego tendréis que reponer la leña quemada para que quien venga detrás de vosotros tenga también con qué hacer fuego. Ah¡ una última cosa al respecto del fuego. Hacer fuego con talento... ya sabéis qué pasó hace unos cuantos años con la escuela de Ainielle cuando funcionaba como albergue libre... que acabó quemándose por una imprudencia humana...

No creáis que se trata de una advertencia retórica, muchas veces las vacas también se cuelan dentro de las casas cuando encuentran una puerta abierta. Foto: Archivo Cartagra




PD: Mi agradecimiento personal a Pascual Sanromán, de Casa O Royo de Otal, por darnos la oportunidad a todos cuantos pasamos por este pueblo de alojarnos en esta casa, que os recuerdo, sigue siendo de su propiedad. También a Rosario Allué de Casa Mateu de Otal por atender gentilmente cuantas dudas y preguntas le planteé. 


(1): Pascual Sanromán y su hermana Presentación fueron los últimos amos de Casa O Royo que vivieron en la misma. Tras cerrarla fijaron su residencia en Biescas desde donde aún se desplazaron puntualmente a Otal durante varios veranos. Presen ya murió hace unos años mientras que Pascual reside actualmente en Yésero con su hermana Angelines y cuenta con 90 años.


(2) Mariano Sanromán fue el padre de Pascual y Presentación, Dolores su madre.



domingo, 13 de julio de 2014

La vertiente forestal de la CHE (1)



           Tras su creación en 1926, junto al resto de confederaciones, la del Ebro se hizo cargo de los diferentes embalses construidos por aquél entonces en la provincia de Huesca. Este fue el caso del Embalse de La Peña construido en 1913 y el de Arguis que data del siglo XVIII. A partir de ese momento se hizo cargo del recrecimiento de la presa de Arguis en 1929, y la construcción de otros nuevos: Sta. María de Belsué (1931), Barasona (1932), Mediano (1941), Yesa (1959), Canelles (1960),Santa Ana (1961), El Grado (1969), Vadiello y Búbal (1971) y el de Lanuza en 1975.
Obreros de la Confederación Sindical Hidrográfica del Ebro hacia 1920. Foto: Riegos del Alto Aragón

            Como ya quedó dicho en el anterior post, además de las competencias hidráulicas propiamente dichas, la Confederación Sindical Hidrográfica del Ebro (CSHE) también asumió otras de marcado carácter forestal. Al amparo de las mismas, este organismo inició una campaña de adquisiciones de diferentes fincas forestales enclavadas en la cuenca receptora de algunos de los pantanos antes señalados. Las primeras adquisiciones, a las que me referiré en este post, se encuentran ubicadas en la cuenca del embalse de La Peña. Dichas adquisiciones se llevaron a cabo debido al mal estado parcial o total, que desde el punto de vista forestal, presentaban aquellas fincas de propiedad particular. Este mismo motivo fue el que propició que en la mayoría de ellas la CSHE acometiera diferentes trabajos para la restauración hidrológico-forestal que en la mayoría de los casos se trató de repoblaciones forestales. Todos los trabajos de restauración, así como otra serie de cuestiones, quedaron contemplados en los respectivos proyectos aprobados por el Ministerio de Fomento. Todas estas adquisiciones se realizaron en base al art. 42 del Reglamento de la Ley de Expropiación Forzosa aprobada en agosto de 1926. Como siempre sucedía en estos casos, en el momento que se aplicaba tal artículo, la obras y trabajos a realizar pasaban a tener la consideración de utilidad pública. Así las cosas, fueron muy escasos los casos en los que los propietarios particulares afectados presentaran oposición ante dicha expropiación y se limitaron a negociar, en el mejor de los casos, las condiciones en que se ejecutaba la expropiación. 
Encabezado de uno de los documentos consultados en el archivo de CHE. Foto: Archivo Cartagra


           De forma resumida, a continuación, incluiré algo de información sobre las primeras fincas adquiridas por la CSHE en la provincia de Huesca que he podido localizar (1):


Asqués y Bolás


           La superficie de estas dos pardinas es de 1.242 Ha que se repartían del siguiente modo: Bolás tenía 298,95 Ha y Asqués otras 943,5 Ha. Estas dos fincas se ubicaban en ese momento dentro del término municipal de Acumuer y solamente estaban comunicadas que por caminos de herradura. En el Plan de Trabajos Forestales de 1928 quedaron contemplados los trabajos de corrección y de repoblación que era necesario ejecutar en ambas pardinas. El procedimiento de expropiación forzosa se inició en mayo de 1929 y se concluyó en marzo de 1931 con la firma de los propietarios afectados. El pago a los mismo no se efectuó hasta principios de diciembre de 1933. En ese acto celebrado en la oficinas de Riegos del Alto Aragón en Huesca se pagó un total de 79.246,22 Pts.
Aspecto del monte de Asqués y Bolás. Foto: Archivo Cartagra

Pardina Ordolés


         Esta pardina tiene una superficie de 444,7 Ha y se encuentra dentro del término municipal de Jaca. Dentro de sus límites existían tanto zona de matorral y monte bajo dedicadas principalmente a pastos, una pequeña superficie dedicada a cultivos y una superficie de unas 90 Ha ocupadas por pino silvestre. A finales de agosto de 1926 se declaró la utilidad pública de los trabajos de repoblación forestal propuestos por la CSHE. Esta pardina fue tasada por los técnicos del anterior organismo en casi ochenta mil pesetas. Este expediente se cerró a mediados de octubre de 1929 cuando se pagó a la única propietaria de esta finca.


Pardina Fatás


           Tiene una superficie de 178 Ha y estaba enclavada en el término municipal de Ara. Los trabajos a realizar dentro de ella quedaron incluidos en el Plan General de Trabajos Forestales de 1928 y aprobados por una disposición de mayo de ese misma año. El proceso de expropiación se inició en julio de 1928 y a mediados de septiembre de 1929 quedó concluido con la aprobación de esta expropiación en la Junta de Gobierno de la CSHE. A mediados de octubre de ese mismo año se concluyó el expediente con el pago a los propietarios de 33.385,29 Pts.
Vista parcial de la Pardina de Fatás. Foto:Beorlegui


Pardina Lorés


           La superficie de esta pardina es de 1.072,6 Ha y se ubica dentro del término de Javierrelatre y dentro de esa extensión presentaba superficies con cobertura forestal muy diversa. Predominaban los bosques de pinos aunque también había alguna superficie ocupada por carrascas. El proceso de expropiación comenzó un 23 de agosto de 1926, fecha en la que una disposición declaró de utilidad pública las repoblaciones que se preveían realizar dentro de esta pardina. La relación definitiva de los propietarios afectados se publicó en el Boletín Oficial de la Provincia de Huesca de principios de septiembre de 1928. La conclusión del expediente tuvo lugar a principios de diciembre de 1933 cuando se pagó a todos los propietarios un total de 113.308,07 Pts.
Vista de la casa donde vivió el arrendador de la Pardina Lorés. Foto: Beorlegui

Pardina Sabinera


           Esta pardina tenía una superficie total de 358,4 Ha propiedad de Vicenta del Campo y ubicada dentro del término de Triste. El expediente de expropiación comenzó a mediados de agosto de 1928. La tasación oficial fijó el precio de esta pardina en 31.416,62 Pts. La fecha de pago a los propietarios expropiados fue un 28 de junio de 1930.


Pardina Ordaniso y Blanzaco


           Estas dos fincas se encuentran en el entonces existente término municipal de Ena. Se trataba de dos pardinas diferentes que fueron adquiridas en un mismo expediente a pesar de pertenecer a propietarios distintos. A principios de octubre de 1928 se inició el expediente de expropiación con la aprobación del listado definitivo de los propietarios afectados. El acto de pago según la citación oficial tuvo lugar a finales de enero de 1930 en el Ayuntamiento de Huesca. En ese acto se debía pagar el total del valos fijado para esta pardina que ascendió a poco más de 117.000 Pts. Parece ser que se presentaron todos los propietarios afectados menos uno aunque no se ha podido averiguar la causa de dicha ausencia.
Estado actual de la Pardina de Ordanizo. Foto: Beorlegui
         La CHE siguió adquiriendo nuevas fincas de carácter forestal en la provincia de Huesca al mismo tiempo que avanzaba en la construcción de los embalses señalados al principio. El objetivo principal en todos esos casos no era otro que el intentar mejorar las condiciones forestales de algunas fincas en la cabecera de los pantanos. Para ello consiguió, poco a poco, hacerse con un buen número de personal con los que acometer esos trabajos, así como una red propia de viveros donde obtener las plantas necesarias para las repoblaciones forestales. Aquí sólo se han recogido las actuaciones forestales acometidas por este organismo en nuestra provincia durante su primera etapa pues fueron las pioneras y más importantes. Además, coincide que todas ellas se encuentran en la cabecera del Embalse de La Peña, construído en 1913. El tiempo transcurrido desde entonces ya había sido suficiente para comprobar la presencia de problemas de colmatación en el mismo por lo que se planteó la urgente necesidad de emprender actuaciones en su cuenca receptora.



 Fuentes y Bibliografía:

- Archivo Confederación Hidrográfica del Ebro; Paseo Sagasta 24-26, 50.071 Zaragoza.




sábado, 5 de julio de 2014

Media vida de resina y pinarra



          En mi anterior post dentro de esta sección hablé de Miguel, un hombre que dedicó toda su vida a trabajar en la serrería de Ansó. En esta nueva entrada hablaré de otro hombre que también se dedicó al mundo forestal. Su perfil guarda elementos en común con el de Miguel, si bien hay otros muchos que poco o nada tienen que ver con aquél. Su nombre era Victorián Castillón Ceresuela, oriundo de Casa Sebastián de Laspuña, a orillas del río Cinca. Y hablo en pasado, porque al contrario de Miguel, Victorián hace ya unos cuantos años que nos dejó. Murió en 1987 en Barbastro aunque sus restos reposan en Laspuña, el lugar que lo vió nacer 92 años atrás. Cabe recordar aquí también, aunque sea de una manera sucinta, la gran tradición forestal de este pueblo sobrarbense. De él han salido magníficos ferreros que elaboraban robustas y reputadas hachas imprescindibles para la tala de árboles, feroces navateros que durante siglos guiaron sus navatas por aguas bravas hasta tierras tortosinas ya en el mediterráneo y picadores con una fuerza y una voluntad tan dura como el coral (1) de los pinos que tiraban. Buena culpa de todo este bagaje forestal se debe a los excelentes bosques que han crecido en parajes como la Selva Fornos, la de Cros o los pinares de Napinals entre otros. No obstante, la frondosidad de estos bosques fue bien conocida igualmente por el oso quien también los recorrió hasta principios del siglo XX.
Picadores de Laspuña en plena faena hacia 1944. Foto: Laspuña Nabatiando

         Localizé la reseña de Victorián casi por casualidad. Fue ojeando el blog de otro vecino de este pueblo denominado Laspuña Nabatiando donde supe de su pasada existencia. Me llamó tanto la atención que casi a continuación de leerlo supe que en algún momento habría de escribir sobre él en mi blog. Gracias a las facilidades dadas por Joaquín Betato, el responsable del blog mencionado, hoy contaré algo sobre un hombre que puede representar a la perfección un oficio siempre ligado al monte en general y al bosque en particular. Se trata de un empleo tan duro como sacrificado para el que hay que estar hecho, y nunca mejor dicho, de una madera especial. Me estoy refiriendo al oficio conocido como tirador de madera (2). Toda la información que expondré en este post procede de una entrevista que Miguel Lacoma Mairal, periodista de El Noticiero Universal, realizó a este hombre. La misma apareció en un ejemplar de este periódico publicado nada menos que un miércoles 1 de enero de 1969. Así pues estamos ante uno de esos típicos casos en los que, gracias a la labor de rescate realizada en este caso por Joaquín Betato, podemos recordar datos e información que de otra manera seguramente hubieran pasado a formar parte de la memoria perdida. 

Montaje con el encabezado del artículo sobre Victorián Castillón. Foto: Laspuña Nabatiando

          Leyendo el contenido de aquél artículo uno puede hacerse una ligera idea de lo que era dedicarse a aquél oficio. Da toda una serie de datos que a todo aquél que conozca algo el ámbito forestal, enseguida quedará sorprendido. Victorián se dedicó a tirar madera nada menos que 45 años. Es decir, más de media vida con las ropas y las manos impregnadas de resina y pinarra. Según relataba él mismo, fue mucho el tiempo dedicado a un trabajo muy duro en jornadas de nada menos que doce horas. Además, solamente guardaban un día fiesta a la semana que era los domingos. Por si a alguien no le parece suficiente sacrificio, resulta además que a Victorián y sus compañeros de cuadrilla, les tocaba vivir largas temporadas en el mismo monte donde cortaban la madera. Eran periodos de tiempo que podían prolongarse hasta los nueve meses sin pisar su casa ni ver a sus seres queridos. El propio Victorián reconocía al mismo tiempo que los casados "...se las arreglaban para hacer visitas más frecuentes". Debemos recordar aquí que durante los años cuarenta y cincuenta había muy pocos medios de transporte a motor y aún menos pistas forestales para comunicar los bosques donde trabajaban. Buena muestra de la dureza de este trabajo es que nuestro hombre llegó a manifestar al periodista que no querría que ninguno de sus seis hijos se dedicara a este mismo oficio. A pesar de que conseguía en sus buenos tiempos un jornal diario nada desdeñable de 600 pesetas, Victorián tenía muy claro que sus hijos habían de dedicarse a otros menesteres pues según él "... un padre siempre desea lo mejor para sus hijos, y nunca trabajos tan duros, de tanta dureza".

    
Artículo completo de El Noticiero Universal 
Foto: Laspuña Nabatiando
    Cada vez que Victorián conseguía abatir un árbol a golpe de hacha y según sus palabras, sentía una gran satisfacción pues sólo pensaba en el beneficio que su tala le reportaría. Este era un oficio en el que primaban tanto la fuerza como la habilidad y donda la una sin la otra de poco o nada servían. La fuerza era necesaria para manejar tanto el hacha como el tronzador manual. La maña era primordial para saber direccionar correctamente la caída del árbol pues un árbol enganchado o colgado de otro próximo suponía un esfuerzo añadido que casi nunca compensaba. A pesar de lo dicho, el manejo de estas herramientas tampoco estaba exento de algún percance, lo mismo que la caída de los árboles.


          Quizás la mejor forma de concluir este post se aportando una serie de datos que resultarán más que significativos. Victorián cuenta, a instancias del periodista, que cada año de los 45 antes referidos venía a trabajar unos seis meses anuales. Durante cada día de ese periodo conseguía abatir unos veinticinco pinos diarios. Esto supone que nuestro hombre consiguió abatir durante ese tiempo más de doscientos mil árboles. Además, Victorián calcula que cada uno de esos árboles podía cubicar una media de entre 3,5 y 4 m³. Ahí es nada el trabajo realizado por este hombre. No en vano, el periodista de la entrevista lo calificó como "el azote del bosque" y no la faltaba nada de razón a la vista de estos datos. 

          Sirva este post también como mi pequeño homenaje a un duro oficio, más aún si cabe, teniendo en cuenta las condiciones y las herramientas que se empleaban en aquellos años. Cabe señalar igualmente que a pesar del tiempo transcurrido desde que Victorián estaba en activo, en la actualidad los picadores siguen siendo hombres rudos y duros. Los he conocido de procedencias muy dispares, andaluces, gallegos, portugueses, búlgaros y hasta ecuatorianos entre otros. Todos ellos han tenido en común ser gentes que se han adaptado a vivir de forma muy austera en el monte, en cabañas muy rústicas cuando no arcáicas, muchas veces medio mezclados con los machos que usaban para desemboscar la madera que cortaban. En definitiva y como ya dije anteriormente al referirme a Victorián, hombres hechos de una madera especial, aptos para un oficio que nos es vetado a la mayoría del resto de mortales por nuestra incapacidad y nula adaptación a esas condiciones.




PD: Mi agradecimiento personal a Joaquín Betato por todas las facilidades proporcionadas
        para poder elaborar el presente post.

(1): Coral: Corazón del tronco que además de presentar una coloración diferente al resto
       de tronco, su madera posee mayor dureza.
(2): Tirador de madera: Persona que se dedican a talar árboles en el bosque.

martes, 1 de julio de 2014

Memoria de Papel (6)


Alto Aragón, sus costumbres, leyendas y tradiciones

En sus páginas encontraremos una completa
reseña de las costumbres y tradiciones del
Pirineo aragonés

           En 1988 Aldaba Ediciones sacó a la luz, en colaboración con la empresa Energía e Industrias Aragonesas S. A. la cual disponía entonces de una factoría en Sabiñánigo, el libro que ahora nos ocupa. En realidad, aquél proyecto editorial consistió en la publicación de dos volúmenes diferentes y al frente del cual se encontraba Alfonso de Urquijo como director y Aurelio Biarge como coordinador.  En esta reseña sólo me ocuparé del primero de los dos volúmenes el cual está profusamente ilustrado con estupendas fotografías de otro gran conocedor del escenario pirenaico como es Fernando Biarge. 


            A lo largo de sus 140 páginas podemos encontrar interesante y completa información que aparece estructurada en hasta cinco apartados diferentes cada uno de los cuales lleva la firma de diferentes y reconocidos autores en cada una de las materias tratadas. La casa y los grupos vecinales fue abordado por los investigadores catalanes Dolores Comas de Argemir y Juan José Pujadas. El apartado de Aspectos Lingüísticos del Alto Aragón fue redactado por Francho Nagore; Aurelio Biarge y Josefina Lera se encargaron de El indumento tradicional popular; Aurelio Biarge de nuevo, se encargó de La agricultura tradicional. El último capítulo escrito por José María García Ruiz aborda La ganadería altoaragonesa: Ciclos y costumbres.


            Si revisamos sus páginas, y teniendo en cuenta el año de publicación, rápidamente nos damos cuenta del tiempo transcurrido y de cuanto han cambiado las cosas. De hecho, alguna de las fotos que aparecen en este libro ya han pasado a la historia del escenario pirenaico pues muestra diferentes actividades que están en trance de desaparecer o han desaparecido ya del todo u objetos que actualmente hace tiempo que dejaron de emplearse. La consulta de sus páginas es un excelente ejercicio para desempolvar nuestra memoria más reciente. Esa que en muchos casos y por estar tan próxima en el tiempo, en más de un caso se tiende ainfravalorar.



Pirineos, 1000 ascensiones; de Somport a Vignemale


 
El segundo volúmen de la colección aborda la
mitad del Pirineo aragonés
          
Estamos ante un libro que forma parte de una colección muy ambiciosa. Quizás sea la más completa de cuantas se han publicado hasta la fecha dentro de su género. Entre sus cuatro diferentes volúmenes, la Editorial Elkar de Donostia recoge nada menos que mil excursiones distintas a un número de cimas nunca antes abordado. Tan ardua tarea de recopilación fue acometida a partir de 1994 por el experimentado pirineísta francés Miguel Angulo, quien ya empezó a tomar apuntes de sus excursiones a las montañas pirenaicas cuando sólo contaba dieciséis años. Como gran novedad en el momento de salir al mercado, cabe señalar la inclusión de mapas esquemáticos bidimensionales nunca incluidos hasta entonces en este tipo de libro-guía. Se trató de mapas elaborados a base de fotografías estereoscópicas. También se incluyen en la mayoría de las excursiones recogidas en este libro perfiles transversales para muchas de las ascensiones, los cuales conforman también una herramienta muy útil a la hora de "visualizar" y planificar las salidas pirenaicas.



            El autor de esta colosal obra repartió el territorio pirenaico en cuatro tramos dedicando un completo libro a cada uno de ello. El que ahora comento fue el segundo volúmen y abarcó el tramo pirenaico comprendido desde el Puerto de Somport hasta el macizo de Vignemale o Comachibosa. Además de la descripción propiamente dicha de los recorridos en cuestión y de los mapas y perfiles ya referidos, en sus páginas se incluyen muy buenas fotografías. Muchas de ellas a doble página, demuestran también la gran pasión de Angulo por esta práctica la cual resulta si cabe, algo más complicada de desarrollar en el ambiente pirenaico.


            Además, entre las excursiones contempladas tanto en este volumen como en los otros tres, se incluyen rutas adaptadas prácticamente para todos los niveles. Así, entre sus páginas pueden encontrar recorridos perfectamente descritos tanto el montañero avezado que busca vías con dificultad como aquellos que se están introduciendo a esta gratificante actividad deportiva. En esencia, es de esos libros que tan sólo ojearlo ya es capaz de transmitirte las ganas de coger la mochila y marchar a recorrer por ti mismo cualquiera de las propuestas de este libro.



Modos de vida y niveles de renta en el Prepirineo del Alto Aragón occidental


Portada del libro editado por el I.P.E. de Jaca
            Estamos ante uno de esos libros que cuanto más pasa el tiempo, más valor adquiere el contenido de sus páginas. Es muy antiguo y seguro que más de uno no sabrá de su existencia pero bien merece la pena dedicarle un buen rato a ojear su contenido. Se trata de una monografía publicada por el Instituto de Estudios Pirenaicos, la nº 106 concretamente, editada en Jaca en 1976 y cuyo autor es José María García-Ruíz. Sus páginas constituyen un completo resumen de la tesis doctoral que su autor leyó en la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza un 21 de abril de 1975, la cual obtuvo la máxima calificación.


            En su primera parte su autor nos habla sobre los modos de vida en el escenario pirenaico como son el funcionamiento de la sociedad tradicional como explicación a los movimientos migratorios posteriores, de la emigración prepirenaica y la ruptura de los equilibrios tradicionales o de la estructura de la población pirenaica. En una segunda parte se centra en los niveles de renta de esos habitantes pirenaicos, de la rentabilidad agrícola, de la ganadera, de la forestal o de una unidad de explotación eminentemente altoaragonesa como es la pardina.


            Leyendo las páginas de este libro podremos comprobar cómo, con un método científico, lo que el conocimiento popular tantas veces nos ha manifestado. Las duras condiciones en las que les tocó vivir a muchas generaciones de altoaragoneses, fueron las que finalmente propiciaron la ruptura irreparable de unos esquemas que habían venido funcionando durante muchísimos decenios. El asentamiento progresivo de la industria en diferentes puntos de la provincia oscense acabó suponiendo un cambio de modelo en esa sociedad rural que implicó la pérdida de muchos elementos y la aparición de otros nuevos del todo. En esta páginas encontraremos la explicación a muchos de los cambios sufridos en el siglo XX y que tantas veces hemos escuchado en boca de gente mayor que ya no están entre nosotros.