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domingo, 27 de abril de 2014

La memoria de Viadós

            Joaquín contaba ocho años cuando su padre tomó una decisión, inédita en aquellas fechas tanto para este como para el resto de valles pirenaicos, de construir un refugio para montañeros. Debemos remontarnos nada menos hasta 1952, cuando alentado por varios montañeros catalanes que frecuentaban el valle, su padre acabó convenciéndose de que dichos consejos podrían resultarle muy provechosos. Así fue como en la primavera de 1953 se inició la construcción de una obra de nueva planta que, unos tres años después, acabó convirtiéndose en lo que desde entonces se conoce como Refugio de Viadós. El escenario escogido para levantarlo no podía ser más adecuado pues el paraje de las Bordas de Viadós destila ambiente pirenaico por los cuatro costados.
Contrucción del Refugio de Viadós durante el verano de 1953. El niño que aparece a la derecha del todo es Joaquín Cazacarra y entonces tenía 8 años.

            Tras su apertura, el refugio funcionó durante muchos años solamente en verano y al frente del mismo estuvo su madre Ascensión. Su padre, también llamado Joaquín, permanecía en el pueblo de Chistén (Gistaín) encargado de atender tanto las ovejas como las vacas pues seguían siendo el sustento principal de Casa Rafel, el nombre de su casa. Al final, su madre estuvo al frente del refugio unos quince años. Durante todo ese periodo Joaquín, a pesar de ser bien joven pues empezó con diez años escasos, se encargó de hacer periódicamente los acarreos de provisiones ayudado de uno o dos machos. Además, durante todos esos años Joaquín aprendió la forma de llevar el refugio o la de atender a los cada vez más numerosos montañeros que acudían a este refugio. Joaquín se casó cuando tenía veintinueve años con Cristina, la otra alma mater de este refugio. A partir de ese momento ambos se pusieron al frente del mismo y de esa forma dieron el relevo a Ascensión. Desde entonces y hasta hace apenas un año, Joaquín ha sido el responsable de este refugio. Han sido nada menos que treinta y cinco años de forma ininterrumpida, a los que hay que añadir otros veinte años más de su época joven en la que ayudó a su madre suministrándole provisiones de todo tipo. En resumen,  prácticamente toda una vida dedicada a una profesión y a prestar un servicio público que nadie en todo el país podrá presumir de haberlo conseguido. Le ha tocado soportar frías jornadas primaverales y tempranas nevadas otoñales; superar carencias, averías e imprevistos de todo tipo; asistir a montañeros y excursionistas en mil y una circunstancias diferentes; colaborar en la búsqueda de personas desaparecidas o en el rescate de montañeros accidentados. En todos esos casos el refugio de Viadós se convirtió en un centro de operaciones que facilitó enormemente todas esas labores y durante todos estos años ha contribuido de forma activa a salvar un buen número de vidas.
Vista del Refugio de Viadós en el verano de 1961. Foto: José Azor



Aspecto que presenta el refugio en la actualidad. Foto: Archivo Cartagra
            No resulta difícil imaginar que para conseguir realizar cuanto someramente acabo de señalar, sólo se consigue con tesón y dedicación. Pero el esfuerzo y el sacrificio invertidos en este refugio por Joaquín aún van más allá pues se trata del único refugio de montaña privado existente en el Pirineo aragonés. Joaquín ha tenido que ingeniárselas él sólo para dar en todo momento el mejor servicio posible al visitante. No quedan tan lejos aquellos años en los que las provisiones debía subirlas a lomos de caballerías tras cerca de tres horas de camino. A mediados de los años  setenta  se construyó buena parte de la pista forestal actual que accede hasta el mismo refugio y eso ya facilitó mucho la labor de aprovisionamiento de cuantos víveres y materiales eran necesarios. La gran aceptación por parte del colectivo montañero hizo posible a mediados de los años ochenta la ampliación del refugio. De las dos bordas ya existentes en su finca, una la habilitó para ampliar la zona de dormitorio, la otra como almacén. En la actualidad este refugio cuenta nada menos que con 68 plazas entre todas sus habitaciones. Las telecomunicaciones también han experimentado un cambio enorme pues en todos estos años Joaquín ha pasado de la incomunicación total, a disponer de una sencilla emisora para casos de emergencia o a la actual conexión telefónica e incluso internet.


            Además de su predisposición innata a ayudar y colaborar en todo cuanto se le pide, otra cosa que también me impresiona de este hombre, es su conocimiento de las montañas del entorno. Cuando se echa los prismáticos a la cara y escudriña la ladera norte del Macizo de Posets, del Espadas, los Eristes y cualquiera de sus collados, aristas y corredores, enseguida conoce cuales son las intenciones del diminuto montañero que observa o cuál ha sido el trazado recorrido por el mismo. Por eso, si algún montañero le pregunta sobre cuál es el mejor camino o el más apropiado para sus intereses, Joaquín siempre tiene una respuesta clara que dar o en su defecto una acertada recomendación. 
Joaquín observa con los prismáticos la evolución de los montañeros que discurren sobre la vertiente norte del macizo del Posets y el Espadas. Foto: Archivo Cartaga

            En la actualidad Joaquín está recién jubilado pues hace poco más de un año decidió que era el momento de dejar paso a los más jóvenes. Durante todos estos años su esposa Cristina también ha jugado un papel decisivo en esta actividad. Siempre ha estado junto a él haciendo su trabajo silencioso en la cocina, rodeada de cazuelas y pucheros. De sus manos han salido sabrosos platos y calientes sopas que han repuesto los ánimos a miles de montañeros de todo el país y parte del extranjero. Si todo va bien, Cristina también tiene intención de jubilarse en breve. Así, en pocos meses, ambos cederán el testigo a sus dos hijas, Elena y Cristina, quienes serán las encargadas de continuar con este negocio familiar. De esta forma, sus hijas se convertirán nada menos que en la tercera generación de esta misma familia al frente del refugio de montaña. Refugio que ha sido testigo del paso o pernocta de miles de montañeros; que ha visto como infinidad de padres han inculcado a sus hijos los valores del montañismo o del respeto hacia la montaña y la naturaleza; que ha contemplado la gran evolución sufrida por el material técnico de montaña en todos estos años o cómo han aparecido nuevas modalidades y tendencias dentro del pirineísmo como la mountain bike o las carreras de montaña entre otras. 


           Joaquín nos podría contar mil y una experiencias vividas en primera persona, situaciones de lo más dispares surgidas al pie de estas puntas perinencas, y si él quisiera, más de un secreto guardado entre las laderas y bosques del espectacular entorno de Viadós. Su estupenda memoria seguro que daría de sí para deleitarnos con momentos intensos e inolvidables. Pero los secretos sólo se cuentan cuando es el momento, mientras tanto deberán ser descubiertos por uno mismo. Quizás en mi próxima conversación con Joaquín tenga suerte y consiga arrancarle alguno...

domingo, 20 de abril de 2014

Lanuza

          En este nuevo post recurro a otra fotografía realizada por Julio Soler Santaló, perteneciente al archivo fotográfico del Centre Excursionista de Catalunya. Nada más compararla con la realizada por mi, una sensación agridulce recorre todo mi cuerpo. Ambas tomas están separadas por alrededor del centenar de años, aunque ciertamente, lo que en verdad contribuyó a desfigurar por completo el aspecto original, no hace tanto tiempo que sucedió. Se trata como más de uno ya se habrá imaginado a esta altura del párrafo, de la construcción del Embalse de Lanuza. Este acabó inundando todo el fondo del valle por donde discurría el Río Gállego, así como los fértiles campos de Suscalar, al sur de Sallént de Gállego. En total se inundaron unas 114 Ha que permiten a este embalse retener un máximo de 16,86 m³ de agua pirenaica cien por cien. Se trata de las aguas captadas por las cabeceras del Río Gállego y la del Río Aguaslimpias.


         Las expropiaciones forzosas de los terrenos a inundar se iniciaron en 1961 y obligaron que en los años siguientes abandonaran el pueblo de Lanuza cerca de 150 habitantes que ocupaban más de una veintena de diferentes casas. Todos ellos acabaron diseminándose por diferentes localidades de la provincia de Huesca principalmente. Los últimos vecinos en abandonar Lanuza lo hicieron en 1978 pues a principios de mayo de 1976, se cerraron las compuertas de fondo de esta presa. A partir de ese momento el nivel del agua embalsada ya no dejó de subir hasta inundar un buen número de construcciones de la parte inferior de este pueblo. Inicialmente, la oposición de los vecinos de Sallent de Gállego pues su cementerio también iba a ser inundado, demoró temporalmente el llenado completo dentro de los plazos previstos. Finalmente,como siempre ha pasado en esta país en estos casos, el embalse fue inaugurado a bombo y platillo en 1980. Tras el llenado total de mismo, en 1988 se inició un largo proceso de reversion iniciado a instancias de los antiguos vecinos de Lanuza. Aquél proceso y las consecuencias del mismo serán tratados en un futuro post pues bien merecen ser contados con algo más de detalle que una simple mención de pasada.  La regulación del cauce del Río Gállego por medio de este embalse, así como por el construido aguas abajo en Búbal o el de La Peña, se conformaron en la piedra angular para el sistema de riegos de la parte central e inferior de la provincia oscense. Sobra decir aquí que, desgraciadamente, esta ha sido siempre la política estatal: agua pal llano a costa del paisano (el de la montaña).
Aspecto que presentaba a principios de Siglo XX el valle entre Sallént de Gállego y Lanuza. Foto: Julio Soler Santaló perteneciente al fondo de la Fototeca de la Diputación Provincial de Huesca. El original está depositado en el Archivo Fotográfico del Centre Excursionista de Catalunya

        Qué poco se imaginaban los vecinos de Lanuza y Sallent que este embalse acabaría convirtiéndose con el paso de los años en un reclamo publicitario para atraer turistas al Valle de Tena. La imagen de las aguas retenidas del Embalse de Lanuza en primer plano custodiadas por la pétrea cumbre de la Peña Foratata, ha sido utilizada de forma masiva por diferentes administraciones así como por empresas ligadas al sector servicios, hostelería o turismo. Seguro que tampoco ninguno de esos vecinos llegaría a pensar en ningún momento que la orilla de este embalse sería el lugar escogido para instalar el escenario flotante del festival veraniego conocido como Pirineos Sur. Desde sus inicios allá por 1992, por el mismo han pasado infinidad de grupos y artistas musicales de todo el mundo ofreciendo al público estilos y géneros musicales de lo más dispares. Tampoco han faltado críticas de los vecinos de Lanuza por el dinero invertido en construir un graderío fijo para el público en vez de dedicarlo a ayudar en la rehabilitación final del pueblo de Lanuza o en la mejora sus servicios.
 Interpretación de la misma toma en la actualidad donde pueden apreciarse algunos cambios muy evidentes mientras que otros requieren algo más de observación

           Seguramente que tampoco llegarían a pensar que algún día podrían subir hasta los pastos y tascales de Sierraplana con un vehículo a motor gracias de una larga pista forestal construida en la segunda mitad del pasado siglo. Habría que preguntárselo a las mujeres de Lanuza quienes debían subir caminando hasta este paraje diariamente para ordeñar las vacas que allí pastaban. Despúes, una vez concluido el ordeño les tocaba bajar de nuevo hasta Lanuza con la lechera a cuestas. Sólo de pensarlo me duelen las piernas...Y aún imaginarían menos que allí arriba construirían una gran torre metálica que facilitaría a casi todos los vecinos de la Bal de Tena, todo tipo de telecomunicaciones como diferentes frecuencias de radio, de televisión y telefonía digital. Cómo iban a pensar aquellos hombres y mujeres en estas historias digitales cuando ellos sólo conocían que la tecnología manual, bastante tenían con cumplir con las obligaciones rutinarias del día a día. 
Aspecto que presenta la cubeta del Embalse de Lanuza en la actualidad donde se intuye claramente el nivel máximo que alcanza el agua embalsada

          La presencia prácticamente continua de una lámina de agua, que en su cota de máxima profundidad llega a alcanzar cerca de 70 metros, ha permitido la desaparición de toda la vegetación que crecía en los campos y márgenes de la zona de Suscalar. El nivel bajo del agua nos permite intuir la ubicación de los antiguos campos así como contemplar el color de la tierra pelada. En nada se parece a la escena con los numerosos fajos de cereal que aparecen en la foto original de Soler Santaló, diseminados en varios campos y listos para ser llevados a la trilladora. Si damos un paseo por la cola del embalse en estas condiciones, aún podremos observar algún que otro tocón medio descompuesto perteneciente a los abundantes chopos que se muestran en la foto del catalán. En cambio, la vegetación que ha quedado fuera del alcance del agua y también al margen de la intervención humana, ha seguido creciendo y extendiéndose. Este es el caso del bosque de abedules que crece en la ladera frente a Lanuza, asentado sobre antiguos campos que dejaron de ser aprovechados hace más de una treintena de años. Los muros de piedra que delimitaban todas esas fincas se han venido abajo en su mayoría aunque los más sólidos y robustos todavía logran mantenerse en pie a pesar del paso del tiempo y del embite del agua.

            Son ya demasiados años sin que nadie se haya ocupado de reparar paredes y portillos, de cortar hierba y secarla al sol o de atar fajos de cereal con vencejos en los campos de Suscalar. A pesar de eso, cada vez que desaparece temporalmente la lamina de agua y contemplo lo que oculta la misma, siempre tengo la sensación de que tanto la hierba como los árboles siguen allí esperando una nueva oportunidad para volver a medrar con todo vigor y esplendor. Será que echo a faltar el color verde, o quizás sea mi subconsciente traicionero que preferiría seguir viendo este valle como antaño...

jueves, 10 de abril de 2014

Memoria de Papel (5)

La vida en el Valle de Tena en el Siglo XVIII

Portada del trabajo premiado en la convocatoria
del VI Premio de Investigación Histórica de la
Villa de Sallent (Huesca)

         Este libro es consecuencia directa del premio de investigación que desde hace un tiempo convoca anualmente el Ayuntamiento de Sallent de Gállego (Huesca). El ahora reseñado corresponde al trabajo premiado en la convocatoria de 2004 y que vió la luz en 2006, gracias a la participación del Instituto de Estudios Altoaragoneses (IEA) que fue quien se hizo cargo de su publicación.

          Página a página su autor, Manuel Gómez de Valenzuela, relata en detalle como era la vida cotidiana dentro del Valle de Tena. Nos cuenta cómo afectó la Guerra de Secesión al valle y las connotaciones de la misma sobre esta villa fronteriza. Se habla también de la interrelación de los de Sallent con sus vecinos de Panticosa y con los de otras aldeas tensinas, de economía local, de religión, etc.

      En definitiva, es una oportunidad excepcional para de la mano de este estupendo trabajo de investigaión, realizar una inmersión temporal y espacial para colarnos en la vida cotidiana de este valle pirenaico.



La Solana

La vida de La Solana queda perfectamente
condensada en las páginas de este libro
        Estamos ante un libro de Carlos Baselga Abril editado en 1999 por el Centro de Estudios de Sobrarbe con sede en Boltaña. En sus páginas se da un detallado repaso a un sinfín de cuestiones relacionadas con la vida cotidiana de la zona conocida como La Solana Burgasé. En ella se asientan casi una quincena de núcleos que a principios de la década de los 60 del pasado siglo fueron víctimas de un proceso de despoblación imparable. 

          Pero donde más hincapié hace este libro es en diferentes cuestiones que giran alrededor de la construcción tradicional en la zona. Otra parte importante de su contenido se refiere a otras cuestiones como son la agricultura, la ganadería, la caza, los diferentes oficios, alimentación, indumentaria, celebraciones festivas, etc. Destaca también el gran número de fotografías que acompañan los textos. Son imágnes que si bien en algunos casos dan una escasa calidad, el valor documental de las mismas bien merece la pena su inclusión en esta obra.



Pirineo de Boj

El baile en una era durante la fiesta acoge a
toda una serie de personajes que bien se 
podrían encontrar en cualquier pueblo
       Sin querer evitarlo, incluyo aquí un nuevo trabajo de Enrique Satué. Esta vez se trata de una novela que destila sabor y olor de antaño en todas y cada una de sus páginas. Sensaciones que nada más comenzar a leerla te trasladan a cualquier pueblo de nuestras montañas y sierras pirenaicas. Su lectura sumerge al lector en los caminos enrevesados y retorcidos que sortean pendientes laderas, sendas que comiezan en el solano, atraviesan altiplanos y se adentran en espesos pacos. Su contenido también nos trasmite el olor a musgo húmero del pinar, el aroma de las aliagas en flor en primavera o la mojadura matinal de cualquier comarca altoraragonesa.

          El dibujo de la propia portada, obra de Orosia Satué, nos traslada al ambiente festivo de una tarde estival donde las obligaciones ordinarias dejan dejar paso a la diversión, y si se podía, hasta algo más. Los bailes en las eras siempre fueron el orígen de miles de historias y romances con finales dispares. 

           Sus páginas delatan desde el principio a su autor pues muestran a la perfección el conocimiento que el mismo tiene de cómo era la forma de vivir en esos pueblos, de las vicisitudes habituales así como otras que no lo eran tanto. En esencia, es una novela salida del surco de la curiosidad, el interés y la documentación.  Para saber más...

domingo, 6 de abril de 2014

Un búnquer en Santa Orosia

Debió ser la sanmigalada de 1937 cuando su abuelo lo afirmó para ir a servir a Casa Pascual de Aurín. Ángel tenía por aquél entonces 15 años y como es fácil imaginar, no era su primer trabajo fuera de casa pues el año anterior ya había estado sirviendo en Avena. En la casa de su nuevo amo disponían de una yunta de bueyes y de otra pareja de machos. Su primer cometido nada más enganchar fue, ayudado de la yunta de bueyes, sembrar los campos de aquella casa diseminados por el llano de Aurín.
Ángel contando de forma muy enfática cuál fue su participación en la construcción del búnquer

              La Guerra Civil española estaba en su segundo año de contienda y los movimientos en las posiciones de ambos bandos eran continuos. Por eso tanto el ejército republicano como el nacional hacían todo lo posible para consolidar sus posiciones de la forma más efectiva. Un buen día de finales de otoño de 1937 los vecinos de Aurín vieron con sorpresa como llegaba al pueblo su alcalde acompañado de un cabo primero del ejército nacional. Ángel no sabía cuál era el motivo pero los rumores en voz alta de la dueña de la casa al verlos llegar aclararon sus dudas: Rediós, ya deben venir otra vez a buscar os machos de casa... espetó aquella abuela. En esos momentos Ángel tampoco sabía que aquella visita también acabaría afectándole a él. Parece ser que las tropas nacionales apenas disponían de caballerías en esos momentos por lo que solían recurrir a las que poseían los vecinos de los pueblos que estaban bajo su control. Aquella escasez se vió incrementada, aún más si cabe, tras el incendio de un pajar de Casa Roldán de Sabiñánigo donde habían muerto calcinados hacía pocos días hasta tres machos del ejército los cuales aún llevaban puestos los bastes. 

Burros equipados con bastes de madera para transportar más 
comodamente cargas pesadas

          Ese mismo día el alcalde de Aurín, cumpliendo las instrucciones del suboficial militar, movilizó las caballerías existentes entre todas las casas del pueblo, incluidos los de Casa Pascual. Por ese motivo al día siguiente Ángel tuvo que marchar con los machos hasta la cercana fábrica de Aragonesas, en Sabiñánigo. Ángel y otros vecinos de Aurín llegaron a dicha fábrica y comenzaron a llenar sacos terreros con la arena de un gran montón la cual se empleaba en las obras que se realizaban en Aragonesas. Una vez llenos Ángel cargó un par de sacos de arena sobre el baste de cada macho y se formó un convoy de tres o cuatro machos que emprendió camino hacia Sta. Orosia. Ángel no entendía nada de aquella situación. No sabía qué hacía él en ese convoy, no entendía el motivo de aquella cruel guerra y aún menos que su familia hubiera quedado dividida a ambos lados del frente.


Tienda de campaña militar junto a la Ermita de Sta. Orosia. 
Foto: Archivo Museo de Bielsa
     Aquél convoy tomó dirección al pueblo de Isún. Una vez en él tomaron el camino del puerto y poco a poco comenzaron a remontar el pendiente solano. De mitad ladera para arriba ya encontraron nieve por lo que debieron extremar el cuidado para evitar que ningún macho pisara en falso y resbalara. Una vez que coronaron el altiplano de Sta. Orosia comprobaron como en esa zona había alrededor de un palmo de nieve. Además, los soldados habían abierto con las palas una especie de trinchera en aquellas zonas donde había más nieve acumulada y evitar así que los machos se hundieran por el peso. Al final, tras unas tres horas de camino consiguieron llegar hasta la misma Ermita de Sta. Orosia. El oficial al mando de aquél destacamento les indicó el lugar donde debía descargar los sacos y así lo hicieron a unos cien metros escasos de la ermita.
Convoy militar atravesando el altiplano de Santa Orosia. Foto: Archivo Museo de Bielsa

            En aquél primer viaje Ángel tuvo suerte pues llegó justo cuando los soldados estaban comiendo alrededor de la cocina de campaña que tenían montada junto a la ermita. El frugal desayuno matutino que había tomado hacía ya horas que se había diluido y no llevaba ni tan siquiera un trozo de pan para el camino. Así pues, tras haber cumplido con su cometido Ángel y los demás se comieron bien a gusto su merecida ración de rancho. Tras un ligero reposo, el convoy emprendió las dos horas de regreso que le quedaban hasta llegar de nuevo a Aurín. Antes de emprender el regreso, el oficial al mando les hizo saber que al día siguiente debían subir un nuevo cargamento de sacos de arena. Durante el camino de bajada Ángel no dejaba de pensar para qué demonios debían querer tanta arena en medio del monte. Él sabía que a otros hombres de Aurín ya les había tocado llevar cargas de comida o munición para los soldados repartidos por el monte, pero arena?... Ángel hizo en total unos cuatro viajes con arena hasta Sta. Orosia sin conseguir aclarar el destino de la misma. Recuerda que poco tiempo después también le tocó llevar varios viajes con los machos hasta Lárrede. En esa ocasión la mercancía eran cajas de munición que los nacionales almacenaban en el interior de la iglesia mozárabe de este pueblo.
Aspecto del búnquer que ahora nos ocupa y su ubicación en el entorno de la Ermita de Santa Orosia

              Al cabo de un tiempo Ángel consiguió enterarse de cuál era la finalidad de aquella arena. Los soldados nacionales construyeron cerca de la Ermita de Sta. Orosia un bunquer para instalar en su interior una ametralladora. Esta pequeña construcción sigue, aunque de forma muy discreta, presente en el mismo sitio y muy accesible para ser visitado.

         De poco tiempo a esta parte han surgido interesantes iniciativas que están apostando seria y decididamente por la recuperación de diferentes ejemplos de construcciones defensivas militares levantadas durante la pasada contienda civil de nuestro país. Quien quiera saber algo más sobre una de ellas puede pinchar aqui.




Fuente: Ángel Gracia Abarca de Casa Chuán de Oliván, tiene en la actualidad 91 años y cuenta con una memoria prodigiosa, capaz de rememorar con todo lujo de detalles, cualquier hecho acaecido a lo largo de su vida.

jueves, 3 de abril de 2014

Memoria de Papel (4)

Aquél Pirineo

Otra portada para el recuerdo de la infatigable 
mano de Enrique Satué
        Un nuevo título para un autor que siempre estará ligado al mundo pirenaico. Esta es la segunda referencia de E. Satué que incluyo en mi selección aunque no le faltan títulos para que su representación sea mayor.

         Su título es más que sugerente y por sí mismo ya deja bien claro que su contenido está dirigido nuevamente a esmemoriáus como yo que siempre nos ha gustado conocer cómo fue antaño nuestro Pirineo. Enrique Satué nos cuenta en este libro su relación con el Museo Etnográfico de Serrablo, con las personas que lo hicieron posible y que tras no poco trabajo, consiguieron darle contenido y ponerlo en marcha. La gran mayoría de esas personas constituían el alma mater de la Asociación Amigos de Serrablo y a su vez son también protagonistas de sus páginas. En este libro también se habla de religiosidad popular, de la gente mayor como informantes excepcionales, de arquitectura popular, de pastoreo y de muchas cosas más con un idéntico denominador: el Pirineo altoaragonés.  Para saber más...





Viajes de Agua

Este libro nos ofrece una visión líquida
del Pirineo muy interesante

         En este trabajo el agua es el principal elemento argumental para comenzar un viaje a través del Pirineo. Según reza su propia contraportada, "...es un libro de referencia para entender la literatura de viajes en Aragón, sus aportaciones y sus carencias, y es además un completo recorrido por las aguas de nuestras montañas, ya sean medicinales, torrenciales, embalsadas o eternas...".

            Sus páginas nos llevarán de viaje por la cuenca de los principales ríos altoaragoneses, el Aragón, el Gállego, el Cinca y el Noguera Ribagorzana. Su autor, Francisco Armijo de Castro, hace una descripción previa de las distintas categorías de aguas que califica como prisioneras para el caso de la procedente de glaciares, ibones o embalses. Fugitivas a las que escapan de su salida natural como sucede en la Cascada de Gavarnie o en el Forau d'Aiguallut. O las que ofrecen propiedades sanadoras como las de Tiermas, Panticosa, Turbón o Benasque. Para saber más...




Libro de as Matas y os Animals

Libro y diccionario que recopila miles de nombres
 vernáculos de la flora y la faunaaragonesa
          Estamos ante un libro muy original tanto en su concepción como en su contenido. De hecho se trata, tal cual matiza su autor en el subtítulo, de un Diccionario Aragonés d'Espezies Animals y Bechetals. Aunque está escrito integramente en fabla tampoco es un libro de aragonés al uso. 

      Este libro nos permitirá a todos conocer cuales son las diferentes denominaciones que se dan a un ingente número de especies animales y vegetales. Cabe recordar que las mismas varían en un porcentaje muy elevado en función de la ubicación geográfica del Pirineo donde nos encontremos. Estamos ante un libro-diccionario que debería convertirse en un imprescindible de nuestra biblioteca. Gracias a él podremos saber en todo momento a que animal o planta se está refiriendo nuestro informante o interlocutor. De esta forma conseguiremos entender con mayor precisión el contexto tanto de la conversación que mantenemos como de los hechos que en la misma se refieren. 
          Este diccionario es fruto de un largo trabajo de recopilación e investigación que empleó a su autor, Rafél Vidaller, más de diez años de esfuerzo y dedicación. Tras la revisión y ampliación de un trabajo original de 1986, el actual editado en 2004, recoge nada menos que 9.750 nombres populares que definen hasta 12.700 conceptos distintos. Hay que matizar aquí que un mismo nombre puede hacer referencia a varias especies diferentes. En total se definen unas 2.200 especies animales y/o vegetales. Para saber más...