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lunes, 18 de noviembre de 2013

El factor humano (III)


          Cualquier trabajo, sea el que sea, debe contar necesariamente además de con una o varias cabezas pensantes encargadas del diseño y contenido del mismo, de muchas manos para poderlo ejecutar. Además, el número de estas siempre será proporcional a la envergadura y dimensiones de la obra que se piensa realizar. Es decir, cuanto más voluminosa o más complicada técnicamente hablando sea, mayor número de trabajadores habrán de ser necesarios para sacarla adelante. Y esta cuestión que bien podría ser considerada como una máxima, es perfectamente aplicable también al ámbito de los trabajos forestales que se abordan en este blog. Muy pocos trabajos u obras forestales se hubieran conseguido sacar adelante si no se hubiera contado con un número mínimo de trabajadores que garantizara su ejecución dentro de los plazos previstos. Sin esa mano de obra ni los ingenieros hubieran podido concluir su obra por muy completo y preciso que fuera su proyecto, ni los guardas habrían podido ejecutar su tarea de control y fiscalización de esos hombres.

Obreros realizando desmontes para construir terrazas siguiendo las curvas de nivel en las laderas de la cabecera del Barranco Arratiecho, hacia 1910. Foto: Colección Tomás Ayerbe
          Cada vez que se ha escrito o hablado sobre las diferentes obras de corrección hidrológico-forestal, el conjunto de los obreros implicados en las mismas ha sido generalmente el gran olvidado. Bien porque apenas se ha hecho referencia al mismo o bien porque directamente no se les ha mencionado. La intención de este post es precisamente evitar una vez más esa omisión y rendir a través del mismo, mi modesto reconocimiento a todos esos trabajadores forestales que a lo largo de muchísimos años intervinieron en las obras abordadas en este blog. Aun a pesar de las grandes diferencias que pudiera haber entre los proyectos originales de cada una de esas obras, en todos ellos siempre hubo una cuestión común. Era el apartado dedicado al personal a contratar y los jornales que a cada una de las categorías se debería pagar. Además, ese numeroso colectivo de obreros casi siempre estuvo organizado de una forma muy similar en la mayoría de obras.

Buyol usado para transportar agua 
en los trabajos forestales.
Foto: Archivo Cartagra

          Cuando los trabajos eran de mucha envergadura solía contratarse más de una cuadrilla de obreros, si bien cada una de ellas era empleada en cometidos diferentes dentro de la misma obra. La composición de cada una de ellas solía variar en cuanto al número de integrantes pero debían oscilar entre seis y ocho personas. Mientras, las cuadrillas que trabajaron en las repoblaciones forestales solían ser más numerosas llegando hasta la docena de individuos. Volviendo a las primeras y aclarado el número que las solían conformar hay que decir que su composición en cuanto a las categorías casi siempre correspondió también a un mismo perfil. En el puesto más básico se encontraba generalmente el pinche que solía ser al más joven de toda la cuadrilla. Su cometido principal fue el de aprovisionar de agua de boca a los demás integrantes de la cuadrilla. Para ello se ayudaba de un buyol o incluso de algún botijo en el que poder trasportar el agua de boca con la que saciar la sed de unos y otros. En muchos casos se trataba del hijo de alguno de los integrantes de la misma cuadrilla o en su defecto provenía del mismo pueblo de donde eran la mayoría de sus integrantes.

          La siguiente categoría, la de los peones, era la que tradicionalmente se encargaba de realizar algunos de los cometidos más duros. Entre ellos pueden citarse el amasado manual del cemento y el hormigón, del transporte de piedras en los balluartes -también llamados parihuelas- hasta el lugar donde habían de ser colocadas o acercar a los oficiales cuanta herramienta u objetos les solicitaran. Eran también los principales responsables de acometer el montaje y desmontaje de sencillos andamios; de achicar con pozales el agua que inundaba los cimientos pues para entonces no había ningún tipo de bomba mecánica que supliera esta labor o tener la herramienta siempre limpia y lista para su uso. En algunos casos también fueron los encargados de ejecutar las perforaciones en la roca para su posterior voladura. El empleo de métodos manuales para el barrenado de la roca resultó ser siempre muy lento y penoso. La llegada de las primeras barrenadores mecánicas aún tardaría unos cuantos años. El empleo de esta técnica implicó a su vez que para la siguiente fase fuera necesario al menos una persona que supiera colocar la dinamita y los detonadores correctamente. La mayoría de las cuadrillas no contaban con dicha persona por lo que era habitual que se trajera a alguien de otro lado. En cualquier caso, esta categoría era la más abundante dentro de cada cuadrilla pues como ya ha quedado dicho, fue la que más cometidos y funciones solía tener asignados, suponiendo generalmente más de la mitad de los integrantes de la cuadrilla.
Obreros realizando diferentes fases del trabajo de construcción de un dique en el Barranco Arás. El empleo de balluartes para transportar piedras entre dos se convirtió en un útil imprescindible en estos trabajos.
Foto: Archivo Cartagra
Obrero, pala y carretillo, otra combinación muy
habitual en las obras de hidrología de los 
cauces de la provincia de Huesca.
Foto: Archivo Cartagra

          Como última categoría encontramos a los oficiales. Estos solían dominar varias facetas como eran la albañilería y la cantería. La mayoría de los diques se construyeron usando piedras procedentes de una formación conocida como flysh muy abundante en el Prepirineo cuyas piedras tenían una forma paralelepípeda casi perfecta. A pesar de lo dicho, era muy habitual tener que retocar parcialmente muchas de ellas para lo cual se requería una experiencia y un conocimiento previo que sólo se obtenía con los años. Durante el primer cuarto de siglo XX los canteros de Biescas llegaron a alcanzar un gran fama y reconocimiento siendo muy buscados incluso al otro lado de la frontera. Muchos años más tarde, en la década de los sesenta, los canteros de Biescas y alrededores fueron masivamente contratados para las obras que se realizaban en la construcción de las pistas de esquí de Formigal. En los hoteles y edificios de nueva construcción la piedra fue un elemento muy empleado. Aquella circunstancia obligó a buscarlos fuera lo que permitió la llegada hasta la zona de canteros gallegos. Además, también se hizo necesario que la administración forestal igualara el jornal que pagaban en las obras del Valle de Tena para garantizarse la consecución de los canteros necesarios.  

          La única ayuda con la que contaron aquellos hombres en todo este tipo de obras, si es que así puede llamarse, fue la tracción animal. Es decir, gracias al uso de caballerías, bien fueran machos, caballos o burros, estos sirvieron para diferentes cometidos. En unos casos subieron cargados con sacos de cemento o bidones de agua hasta lugares de muy mal y largo acceso. En otros casos sirvieron para mediante el empleo de esturrazos arrastrar pesadas piedras que sería imposible moverlas ni a mano ni con la ayuda de balluartes. Hay que señalar también que no todo el mundo era capaz de desempeñar este trabajo. Unas veces era el caballo el que no obedecía al hombre mientras que otras veces era la persona quien no sabía dar las instrucciones correctas ni tampoco interpretar las reacciones del animal. Para evitar eso, siempre se contrataba juntos a la caballería y a su dueño pues de esa forma se garantizaba el buen funcionamiento de este binomio. A pesar del uso de estos animales de carga, las condiciones del trabajo siguieron siendo muy duras y exigentes para los hombres implicados en las mismas.
Caballerías provistas de esturrazos con los que conseguían arrastrar piedras de gran peso imposibles de mover a mano. Foto: Archivo Cartagra
          Donde verdaderamente se notaba si la cuadrilla contaba con unos buenos canteros era cuando el dique estaba a punto de ser concluido y mostraba ya acabados los diferentes mechinales. En estos amplios ventanales se requería el empleo de piedras trabajadas de forma muy diferente pues por un lado predominaban las terminadas en forma de esquina, y por otro, las semicurvas que conformaban el arco superior de cada mechinal que era el encargado de soportar y repartir el peso de la parte superior del dique. Tanto el ingeniero responsable del proyecto como el guarda encargado de esa obra sabían distinguir muy bien la calidad de esas piedras trabajadas por lo que enseguida comprobaban el grado de profesionalidad de los canteros. 
En la construcción de diques como este del Barranco Estiviellas es donde resultaban ser imprescindibles unos buenos canteros capaces de trabajar cualquier tipo de piedras. Foto: Fototeca DGB-INIA
          Al margen de las cuadrillas empleadas en la construcción de los diques, hubo también personal local que se empleó en otros cometidos como fue la construcción y mantenimiento de viveros forestales. Estas instalaciones resultaron ser básicas para poder ser autosuficientes y disponer de las plántulas necesarias para acometer las repoblaciones forestales. Estas fueron siempre el complemento imprescindible a la construcción de los diques pues eran la mejor forma de consolidar terrenos erosionados. Las tareas dentro de un vivero también fueron muy numerosas y variadas pues había que conseguir semillas de varias especies, sembrarlas en la época apropiada, atender a su riego, labores de escarda, de trasplantado, repicado, etc. Todas estas labores se realizaban de forma totalmente manual por lo que la mano de obra también resultó ser imprescindible.

Obreros en los trabajos de acondicionamiento del vivero de Arratiecho en Biescas, hacia 1910.
 Foto: Archivo Tomás Ayerbe

Guarda y obrero fueron las dos categorías que 
más interactuaron en los trabajos forestales. 
Foto: Colección Tomás Ayerbe.

            Por último me referiré a la persona que ejercía las funciones de responsable en cada una de las cuadrillas, independientemente que trabajara en la construcción de diques, en el mantenimiento de viveros o en las repoblaciones. En todas estas cuadrillas había un encargado que era quien respondía por todo el grupo a su cargo y que se constituía en el único interlocutor frente al guarda o al ingeniero. A él le correspondía comunicar el accidente o la baja de alguno de sus hombres, la supervisión del trabajo realizado diariamente o la reclamación laboral pertinente. En muchos casos era también a esta persona a quien se le pagaba semanalmente el importe total de los jornales correspondientes a los integrantes de su cuadrilla. Posteriormente, él se encargaba del reparto entre cada uno de los integrantes de su cuadrilla. En su relación con el Guarda Forestal no faltaron los roces y las desavenencias. En unos casos debió tener que soportar la arbitrariedad de la que pudiera hacer gala el Guarda Forestal. En otros, las disputas surgían sencillamente como consecuencia de unas condiciones laborales muy exigentes a cambio de unos jornales escasos que apenas permitían salir adelante a esos hombres y a sus respectivas familias.

          Fueron años de trabajos duros que requirieron un gran sacrificio por parte de aquella numerosa mano de obra y donde sus derechos debieron ser tan escasos como el de los jornales que cobraban. Donde la principal y única motivación de aquellos hombres, como siempre ha sucedido, no era otra que la de llevar un jornal a casa para intentar sacar la familia adelante. Por cierto, hubo trabajos en los que hasta los integrantes de la propia familia acabaron implicándose en el trabajo del cabeza de familia. Así quedó reflejado en una magnífica fotografía realizada a principios de siglo XX por Pedro Ayerbe en el Barranco de Arratiecho.
Familiares de los trabajadores en las obras del Barranco Arratiecho llevándoles la comida en cestas, hacia 1910.
 Foto: Archivo Tomás Ayerbe
          Sin duda alguna, sin la numerosa mano de obra, tanto local como foránea, todas las obras forestales acometidas en el norte de la pronvincia de Huesca no habrían podido ejecutarse. Sirvan estas líneas, como ya ha quedado dicho, para poner en valor y reconocer públicamente el papel jugado por este colectivo.








miércoles, 6 de noviembre de 2013

El factor humano (I)

          Todas las obras descritas hasta ahora son sólo una muestra del total de las que se llegaron a efectuar en el norte de la provincia de Huesca a lo largo del último siglo. Como ya ha quedado dicho, la mayoría de ellas fueron ejecutadas básicamente por la administración central a través de dos organismos autónomos, la 6ª División Hidrológico Forestal (6ª DHF) y el Patrimonio Forestal del Estado (PFE). Aún hubo otra serie de obras ejecutadas por otro nuevo organismo, el ICONA, sucesor del PFE. Durante los últimos años, algunas de estas obras fueron ejecutadas por el Gobierno de Aragón en colaboración con la administración central. Los beneficiosos efectos conseguidos por estas obras, tanto por sí solas dentro de su cuenca respectiva, en su conjunto dentro de un mismo cauce, como la totalidad de las ejecutadas entre todas las cuencas afectadas, son muy difíciles de valorar. A pesar de lo dicho hay interesantes iniciativas que buscan una método óptimo para conseguir una valoración eficaz y proporcionada, basada en unos criterios claros y bien definidos (1). Dejaré que sean otros quienes se encarguen de trabajar en esa línea pues debo reconocer que dicha cuestión queda fuera de mi alcance.

Portada de uno de los múltiples proyectos 
redactados por los ingenieros de montes.
Foto: Archivo Cartagra
            Mi intención aquí y ahora, mucho más modesta, se limitará a hablar algo sobre el imprescindible componente humano que hubo detrás de todos los trabajos referidos en anteriores posts. Se tratará de una valoración totalmente ajena a las cuestiones técnicas o ingenieriles contempladas en los proyectos de esas obras. Simplemente me planteo resaltar el papel desempeñado por los diferentes colectivos que participaron de una forma activa en los mismos. Creo que el cometido realizado por esos hombres siempre ha sido infravalorado y pocos han sido quienes les han dedicado un mínimo de tiempo a su recuerdo y por su puesto a su reconocimiento.

            Este personal al que hasta ahora me he referido se puede clasificar perfectamente en tres grandes grupos a tenor de sus cometidos, claramente definidos para todos ellos. En primer lugar encontramos a los ingenieros de montes quienes fueron siempre los máximos responsables de los diferentes proyectos. Le siguió el colectivo conformado por los guardas forestales que se constituyeron durante muchos años en los ojos de los ingenieros cuando estos estaban ausentes de las obras. En último lugar se encuentra el más numeroso en cuanto a individuos se refiere que fue el compuesto por los obreros y las diferentes categorías que entre ellos existieron. Sin la participación de todos ellos, de una forma jerarquizada, coordinada y con unos cometidos tan claramente definidos, podemos estar bien seguros que los resultaos obtenidos no hubieran sido para nada los mismos.
 
            Siguiendo el orden más lógico, comenzaré refiriéndome a los Ingenieros de Montes. Todos ellos estudiaron en la Escuela Especial de Ingenieros de Montes de Madrid, la única que existió en España durante muchos años. Años más tarde se creó, también en Madrid, la Escuela de Ingenieros Técnicos Forestales, los cuales también participaron de forma activa. Gracias a los conocimientos de unos y otros se llegaron a redactar infinidad de proyectos en los que se plasmaron las diferentes actuaciones a realizar con el objetivo último de corregir, hidrológicamente hablando, numerosos cauces.  En esos proyectos contemplaron también otra serie de obras y trabajos de vital importancia para conseguir el anterior fin, como fueron las repoblaciones forestales sobre laderas descarnadas o apertura de caminos.

Promoción de ingenieros de montes en 1887. Pedro Ayerbe es el primero sentado por la derecha. 
 Foto: Colección Tomás Ayerbe

             Pero sin lugar a dudas, quienes más difícil lo tuvieron fueron aquellos a los que les tocó abrir brecha. Y como no puede ser de otra manera, entre aquellos pioneros es obligado citar los nombres de los aragoneses Pedro Ayerbe y Benito Ayerbe. A ambos dos les tocó hacer frente a sendos proyectos, a cual más comprometido. Al primero se le encomendaron los trabajos de corrección hidrológico forestal de la Cuenca del Río Gállego. Los cauces del Barranco Arratiecho y el Barranco Arás son los dos mejores ejemplos de su buen hacer. A su primo Benito le tocó garantizar la integridad de la estación internacional de ferrocarril que se había de construir en el llano de Los Arañones, cerca del pueblo de Canfranc. Los diferentes barrancos que rodeaban esa zona durante el invierno se convertían en verdaderas lanzaderas por donde descendían ingentes cantidades de nieve en forma de aludes muy destructivos. Fruto de su gran capacidad observadora sobre los fenómenos naturales, Benito diseñó un nuevo tipo de dique hasta entonces desconocido. Fue él quien inventó el dique vacío y que tan buenos resultados dio en la contención de aludes.

Ingeniero desconocido tomando notas de 
campo para redactar el posterior proyecto.  
Foto: Archivo Cartagra  


           Aún hay que señalar un nuevo miembro de la saga de los Ayerbe. Se trató de José María Ayerbe Vallés, hijo de Pedro Ayerbe. Este fue en gran medida el encargado de continuar con la labor realizada tanto por su padre  como por Benito Ayerbe. Él se encargó del diseño, proyección y ejecución de obras de contención de aludes tanto en el entorno del Balneario de Panticosa como de la estación internacional de Canfranc. De su puño salieron proyectos como el de la defensa contra aludes del Balneario de Panticosa, en 1955, o el de la mentada estación de ferrocarril años atrás, en 1947.
 
            Pero hubo muchos más ingenieros de montes que desempeñaron su labor en esta provincia de forma discreta a la vez que constante. Mariano Borderas, quien tomó el relevo de Pedro Ayerbe en los trabajos del Barranco de Arás, o Genaro Brun quien hizo lo propio cuando en 1938 murió Borderas. Algo similar sucedió en 1917 a raíz de la muerte de repentina de Benito Ayerbe y fue un joven ingeniero llamada Florentino Azpeitia quien continuó con su labor. Tampoco hay que olvidar a otro abnegado ingeniero a quien le cediera el testigo José María Ayerbe. Me estoy refiriendo a José María Ruiz Tapiador quien años más tarde sería nombrado responsable de la Brigada de Hidrología de Huesca. De esta misma época, década de los sesenta del pasado siglo XX, también hay que recordar otros nombres como los hermanos Carlos y Antonio Revuelta Salinas o Jaime Jordán de Urriés y Azara. Por lo que se desprende de la documentación consultada hasta la fecha en diferentes archivos (2), mención especial merecen otros dos hombres pues durante los años de máximo apogeo del Patrimonio Forestal del Estado, se mostraron como unos de los ingenieros más activos y prolíficos de su momento. Me estoy refiriendo a Miguel Navarro Garnica y a Alfonso Villuendas Díaz.

 






 
















 
A la izquierda y de arriba a abajo, las firmas de los tres Ayerbe: José María, Benito y Pedro. Arriba a la derecha la de Mariano Borderas y abajo a la derecha la de José María Ruiz Tapiador. Fotos: Archivo Cartagra
         A buen seguro que se me quedan un buen número de ingenieros de montes y ayudantes en el tintero pero debo matizar que tampoco aspiro a enumerar a todos cuantos trabajaron a lo largo de tantos años en esta provincia. Simplemente pretendo rendir un homenaje a este colectivo de la misma manera que en los próximos posts lo haré con los otros citados al principio del presente.
Los Ayerbe en el centro, junto al Director General de Agricultura del momento, D. Texifonte Gallego (a la izda.), durante la visita realizada al dique nº 3 del Torrente Epifanio, dentro de las obras de correción de la estación de Canfranc. Foto: Archivo Tomás Ayerbe 

 
 
Fuentes y bibliografía:

- (1): Criterios cuantificadores para evaluar los efectos de las restauraciones efectuadas en las cuencas de montaña del Pirineo Aragonés en la primera mitad del siglo XX; Fábregas Reigosa, S., Mintegui Aguirre, J.A., Fábregas Reigosa, J.I., Hurtado Roa, R., Robredo Sánchez, J.C. y  Huelín Rueda, P.
 
- (2): Archivo Histórico Provincial de Huesca y Archivo del Servicio Provincial de Agricultura, Ganadería y Medio Ambiente del Gobierno de Aragón en Huesca.


domingo, 8 de septiembre de 2013

En el Arás... sudarás¡

        Prometí hablar con más detalle de las obras realizadas en el Bco. de Arás y a ello me dispongo. Hay que matizar que me referiré solamente a las obras originales realizadas a partir de 1907 y que concluyeron a principios de 1970. Los diques actuales corresponden a la reconstrucción casi integral que sufrió este cauce como consecuencia de la grave riada acaecida sobre el mismo un trágico 7 de agosto de 1996. Antes de acometer tales trabajos y según cuentan escritos de la época, en el tramo final de este cauce llegaron a verse bloques de piedras cuyo volúmen calculado fue de 80 metros cúbicos y algunas de hasta 100. Estas piedras habían sido desplazadas por alguna de las riadas habidas sobre este cauce y nos da una idea bien aproximada de la capacidad erosiva del mismo. Con cada crecida estaba garantizado el corte de la carretera que conducía al Valle de Tena y al Balneario de Panticosa. El propio ingeniero Pedro Ayerbe sufrió tales cortes en al menos un par de ocasiones llegando a perder incluso su equipaje en una de ellas (1). El primer dique que se construyó tuvo 8,40 m en su parte más elevada, 3,50 m de espesor en su base y más de 40 m de longitud. Las dimensiones del mismo ya dejaron entrever claramente el decidido empeño de la 6ª División Hidrológico-Forestal por acometer tan ambiciosa obra. Tal extremo quedó refrendado con la visita a las mismas en 1913 del mismísimo Director General de Agricultura, Minas y Montes del momento, D. Texifonte Gallego.
Foto del primer dique construído en el Bco. Arás, hacia 1908. Foto: Colección Tomás Ayerbe
  Cabe señalar que después de aquella visita a Arás dicho cargo marchó a inaugurar nada menos que el Embalse de La Peña, construido aguas abajo del cauce principal en el que desembocaba este barranco. Fue precisamente la presencia de este embalse en aguas del Río Gállego el que justificó en gran medida la ejecución de las obras que ahora nos ocupan. Las laderas descarnadas de la mayoría del cauce del Arás eran la mejor garantía para que la erosión aumentara su presencia de forma descontrolada. Con ella, numerosos arrastres sólidos habrían de llegar más pronto que tarde hasta ese embalse y esa circunstancia había que evitarla a toda costa. Tales arrastres depositados en el fondo de La Peña reducirían considerablemente su capacidad de retención de agua y no podían permitir que una obra con un coste tan elevado sufriera ningún tipo de merma.
Trabajos de canalización del tramo final del Bco. Arás, hacia 1910. Foto: Colección Tomás Ayerbe


Canalizacíon del Bco. Arás en la actualidad. Foto: Archivo Cartagra

 El otro argumento de los trabajos sobre el Bco. Arás ya quedó señalado en la anterior entrada y tuvo por objeto garantizar la integridad de forma indefinida del trazado de la carretera que llevaba hasta Biescas. En más de una ocasión como consecuencia de las crecidas dicha carretera tuvo que ser cortada. Ah¡ lo cierto es que no me acordaba pero debo reconocer que sí que tengo más información sobre el accidente de La Tensina acaecido en 1929 y cuya foto incluí en la presentación de mi Blog. Según relata un escrito consultado de la época, los días 8, 9 ,10 y 11 de junio de 1929 tuvo lugar un episodio de fuertes lluvias. El desbordamiento del cauce del Arás que originaron las mismas coincidió justo cuando un autobús regular de viajeros cruzaba el lecho del mismo. Como consecuencia de aquella circunstancia el autobús volcó y pereció uno de sus ocupantes al ser arrastrado por la corriente (2).
Confección de enfaginados en las laderas del Arás hacia
1950 para evitar la erosión de las mismas. Foto Ayerbe
  Pero volvamos a las obras que ahora nos ocupan. Se acometió la construcción de nuevos diques en su cauce, aunque como lo prioritario era asegurar un trazado definitivo de esta carretera, poco tiempo después acometieron el encauzamiento de su tramo final. Este debía atravesar de oeste a este su cono de deyección y supuso un importante esfuerzo. Tales trabajos presentaban hacia 1911 un aspecto bastante adelantado aunque no se debió concluir hasta principios de los años 20 bien por problemas presupuestarios o bien por crecidas que destrozaban buena parte de lo realizado. Esta canalización tuvo unos 17 m de ancho y cerca de 1 km de longitud. Cauce arriba y hacia 1929 se llevaban construidos unos quince diques transversales de diferentes dimensiones, todos ellos ubicados en el tramo inferior del Arás. 
 
  Además de los diques que eran las obras de mayor volumetría realizadas dentro de estos trabajos, también se efectuaron obras mucho más sencillas aunque no por ello menos eficaces. Se trató básicamente de los denominados enfaginados, muretes y encespedamientos. Este conjunto de obras diferentes se aplicaron principalmente sobre laderas pendientes y con procesos erosivos muy avanzados. Merecen ser destacadas, por su sencillez, los enfaginados. Se trataba de un conjunto de ramas entrelazadas, generalmente de sauce debido a  su gran flexibilidad, las cuales conformaban largos cordones vegetales. Estos eran anclados al suelo por medio de estacas de madera siguiendo las curvas de nivel de la ladera. Estas barreras vegetales conseguían retener entre sus ramas los materiales que se desprendían llegando a formar pequeñas terrazas en la ladera sobre las que a su vez se plantaban árboles. La técnica de los muretes era prácticamente similar a los enfaginados aunque en este caso usando piedras para levantar pequeñas paredes de piedra sobre las laderas siguiendo también las curvas de nivel. La técnica de los encespedamientos fue escasamente aplicada en este cauce usándose mucho más en los trabajos de la cuenca del Río Aragón. Esta consistió en fijar al suelo planchas de césped natural o tasca mediante una estaca de madera que atravesaba la misma. También se realizó la apertura de cerca de 5 km de caminos para facilitar el desplazamiento tanto de personas como de caballerías porteando los materiales necesarios.
Trabajos del tramo intermedio del Bco. Arás concluídos, hacia 1965. Foto: Archivo Cartagra
Caballerías provistas de esturrazos para arrastrar las piedras más 
pesadas.  Foto Archivo Cartagra
 A lo largo de los años se redactaron números proyectos contemplando la realización de diferentes fases de las mismas. 1910, 1912, 1930, 1939 o 1944 fueron algunos de los años en los que se redactaron alguno de ellos. Durante tan largo periodo de tiempo también fueron distintos los ingenieros que dirigieron aquellas obras. El primero de todos ellos fue Pedro Ayerbe a quien le sustituyó Mariano Borderas. Luego siguió Genaro Arqué y José María Ayerbe, hijo del mismísimo Pedro Ayerbe. 
  La envergadura de las obras necesarias para corregir este barranco ya fue reconocida desde el inicio de los trabajos. Se sabía que llevar a cabo aquellos planes significaría mucho esfuerzo y sacrificio por parte de cuantos participaran en las mismas. Hacia 1923 los colegas de profesión de Pedro Ayerbe ya se lo recordaron con una frase bien elocuente: “¡En el Arás, sudarás¡”. Años más tarde, en la década de los 60 aquellas duras condiciones seguían estando a la orden del día y así lo recordaron en su momento los escasos testimonios en vida que allí trabajaron (3). Aquellas duras condiciones aún se vieron incrementadas pues muchas fases de esos trabajos se realizaron por la fórmula del destajo. Trabajar de aquella forma suponía la supresión de cualquier norma laboral que pudiera aplicarse entonces. Sirva como ejemplo que trabajando en esas condiciones llegaban a amasar al día hasta 90 sacos de cemento usando única y exclusivamente palas pues para entonces aún no habían llegado las hormigoneras mecánicas.
Obreros en el Bco. Arás llevando una 
parihuela y otros masando manualmente.
 Archivo Cartagra
  Fue en esta década cuando de forma tímida comenzó la mecanización de estos trabajos pues fue entonces cuando el Patrimonio Forestal del Estado comenzó a emplear unos pequeños camiones denominados Unimog. Hasta la llegada de los mismos, la fuerza humana y la animal fueron las únicas que se emplearon en estos trabajos. Para desplazar piedras pesadas se usaba un artilugio de madera resistente similar a una camilla conocido como parihuela o balluarte. Sobre el mismo se llevaba una o varias piedras y cuando su peso era elevado se requería la participación de hasta cuatro personas, una por cada asidero. Para las más pesadas se empleaban machos fornidos a los que se les enganchaba un esturrazo. Este apero consistía en unos maderos cortos unidos entre sí formando un triángulo sobre el que se depositaban las piedras a transportar. Moviéndolas de una u otra forma cabe decir que por los testimonios recogidos en su día, estuvieron a la orden del día los casos en los que más de un dedo de pie o mano acabó viéndose perjudicado.



 Un vehículo tipo Unimog dotado de remolque  transportado grava en el Bco. Arás hacia 1964. 

Foto Archivo Cartagra.
          Canalización original a la izquierda y nueva canalización final construída a raíz de la reconstrucción.
  Foto: Archivo Cartagra


Bibliografía y fuentes:
(1): Reseña de los trabajos realizados por la División Hidrológico Forestal de la Cuenca
 Inferior del Ebro y Pirineos Orientales en 1902, 1903 y 1904; Javier  de Ferrer y José
 Reig Paláu; Madrid, 1905.
(2): Documentación del Servicio Provincial de Agricultura y Medio Ambiente de Huesca.
(3): Documental "Piedras y Penas en tiempos del Patrimonio"; Carlos Tarazona Grasa,
Olibán, 2007.



viernes, 30 de agosto de 2013

Casi cien años...

      Aunque pueda parecer mentira, es casi un siglo el tiempo que separa a estas dos fotografías. La antigua fue realizada seguramente por Pedro Ayerbe en junio de 1929. La otra la hice yo mismo ayer por la mañana intentando buscar un encuadre los más parecido posible al original. Contemplo de forma alternativa las dos y empiezo a imaginar cuantas cosas han debido suceder durante la última centuria en estos parajes. Algunas simplemente me las imagino o las intuyo. Otras más trágicas vividas en primera persona sobre el cauce del Barranco de Arás y aunque vaya en contra del espíritde este blog, por esta vez prefiero no recordarlas ni contarlas.
Foto original tomada en junio de 1929 por Pedro Ayerbe. Foto: Colección Tomás Ayerbe
Foto de la misma zona en la actualidad. Foto Archivo Cartagra
Anagrama de la 6º División Hidrológico-Forestal
Foto: Archivo Cartagra
Pocos años después de ser tomada la vieja foto comenzaron los trabajos de canalización del tramo final de este barranco. Las obras sobre este cauce ya se habían iniciado a principios del siglo XX en su tramo medio. Fueron trabajos realizados a instancias de la administración central y su ejecución fue encomendada a la 6ª División Hidrológico-Forestal con sede en Zaragoza. Los trabajos de corrección de este cauce se iniciaron en 1907 y se prolongaron durante más de 50 años en los que se llegaron a construir un total de 31 diques transversales de diferentes dimensiones y diseños. A partir de 1941 sería el Patrimonio Forestal del Estado el encargado de seguir con estas obras. Todos los diques eran de mampostería hidráulica, es decir, a base de piedras extraídas del cauce a corregir y unidas con abundante cemento. Durante todos esos años además de los diques también se realizaron repoblaciones forestales como complemento a los diques, se construyeron gaviones, se realizaron enfaginados sobre pendientes laderas y se construyeron varios caminos que aún existen en la actualidad. La finalidad última de los mismos no fue otra que la de estabilizar las laderas de todo su cauce y evitar al máximo posible los arrastres derivados de la erosión presente en las mismas. Con ellos también se pretendía evitar de forma definitiva los cortes de la única carretera que llegaba hasta Biescas, la actual N-260.
La pala y el carretillo, principales útiles
en este tipo de obras. Foto: Cartagra
En estos trabajos intervinieron infinidad de peones provenientes en su mayoría de pueblos de los alrededores, quienes de esta forma, consiguieron unos anhelados jornales que sirvieron para complementar sus maltrechas economías. A su vez, fueron jornales que requirieron de un gran sacrificio pues debieron realizarse íntegramente a base de pico y pala para cavar los cimientos de los diques; para arrastrar las grandes piedras se emplearon esturrazos tirados por potentes machos; para transportar piedras se usaron parihuelas o baluartes llevados entre dos o más personas, etc. En la siguiente entrada hablaré con más detalle sobre los trabajos realizados en este cauce.
He tenido la suerte de conocer a alguno de aquellos aguerridos trabajadores y preguntarles personalmente por muchos detalles de esos trabajos o sobre las condiciones en las que tuvieron que llevarlos a cabo. ¡Eso sí que era tener aguante y capacidad de sufrimiento¡. Gracias al testimonio de algunos de aquellos hombres, Miguel Azón y Gregorio Isábal de Orós Bajo, Agustín Otal de Barbenuta, Hilario Ainsa y Victoriano Campo de Biescas , o Santos Cavero de Canfranc, en su día pude realizar un documental sobre las obras de hidrología que se construyeron en diferentes cauces tanto de la ribera del río Gállego como del vecino valle del río Aragón. Aquél trabajo llevó por título Piedras y Penas en tiempos del Patrimonio (1) y supuso un repaso a las numerosas obras de hidrología realizadas en ambos cauces las cuales siempre han sido unas grandes desconocidas para una gran mayoría de la población local. Me consta que este documental sigue siendo el único realizado hasta la fecha que aborda esa temática y quien no lo conozca y así lo desee, puede ver una parte de su contenido a continuación:
Pero observando las fotos también podemos interpretar muy fácilmente las consecuencias del paso del tiempo. La vegetación que nos muestran una y otra evidencian una evolución natural que solo la proporciona el discurrir de los años. Lenta pero de forma inexorable, los campos abancalados de Mundarrey -a la izda. sobre la foto antigua de más arriba y justo detrás de la yegua- tras dejar de ser cultivados comenzarían a ser invadidos por especies arbustivas. Buchos, zarzas, artos, gabarderas y arizones irían dando paso de forma progresiva a plántulas de pinos que aparecieron por regeneración natural favorecida por la presencia de otros pinares no muy alejados. La exposición noreste de esta ladera y la escasa intervención humana  sobre esta la misma, favorecieron en gran medida el proceso que nos ocupa hasta alcanzar el aspecto actual. Algunas de las evidentes zonas erosionadas se han reducido considerablemente, otras casi han desaparecido por completo. En la actualidad toda la ladera de Mundarrey está cubierta por un tupido bosque de pino silvestre con un estrato arbustivo compuesto principalmente por boj y arizón. Este conjunto de vegetación es la mejor arma para combatir la erosión.
Algunas de las personas que en su día trabajaron en las obras de
 hidrología de la ribera del río Gállego. Foto: Archivo Cartagra
Circunstancias naturales fueron también las que propiciaron unas fuertes tormentas en toda la cuenca de recepción del Bco. Arás. Fue un 7 de agosto de 1996 y como consecuencia de aquél fenómeno de lluvias torrenciales se formó una gran riada con una enorme capacidad erosiva. A raíz de la misma, la mayor parte de los diques de este cauce resultaron seriamente dañados o destruidos. Cuando el agua volvió a su cauce resultaba casi increíble comprobar como la capacidad destructiva que este líquido elemento había podido con unas obras que hasta ese momento habían sido todo un referente a nivel nacional e internacional. A partir de 1997 diferentes administraciones y empresas públicas -Gobierno de Aragón, Ministerio de Medio Ambiente, Tragsa y Tragsatec- se pusieron manos a la obra y tras más de cinco años de intensos trabajos, este cauce quedó nuevamente corregido mediante 28 diques, la mayoría de ellos totalmente nuevos. En total se invirtieron 2.294 millones de pesetas (13,7 millones de euros) para costear el movimiento de miles de metros cúbicos de tierra y áridos, de hormigón ciclópeo, de encachado de soleras o más miles de metros cuadrados de encofrados o de muros de mampostería hidráulica. 
Construcción de un nuevo dique en el Bco. de Arás en 1997. Foto: J. Nicolás Rodríguez
 En futuras entregas se hablará de los trabajos realizados durante esa misma época en otros cauces tanto del valle del Gállego como del valle del Aragón.


Bibliografía y fuentes:
(1): Documental "Piedras y Penas en tiempos del Patrimonio"; Carlos Tarazona Grasa, 
 Olibán, 2007.