miércoles, 5 de marzo de 2014

La Fiesta del Árbol en España



Celebración del Arbor Day un 9 de marzo de 1913 en
Washington D.C. Foto: Heritage Foundation
          En su libro El Arbolado y la Patria, Joaquín Costa ya hizo referencia a una ceremonia instaurada en los Estados Unidos conocida como Arbor Day o Fiesta del Árbol. Fue gracias a la iniciativa de Sterlin-Morton como en 1872 se creó la Arborday Society cuyos socios pagaban una cuota anual de unas 5 Pts. Además, todos los socios de la misma tenían la obligación de plantar varios árboles al año. Años más tarde esa actividad recibió un decidido respaldo gubernamental y acabó institucionalizándose. Parece ser que ese día la mayoría de los ciudadanos americanos plantaba un árbol que dedicaba a un político, a un sabio o a un poeta de su devoción. Tal actividad tuvo una gran acogida entre la población de ese país y su sentimiento hacia la misma permitió a la sociedad americana mostrar una sensibilidad muy temprana, tal y como muestran las imágenes que se incluyen aquí. Cabe recordar que este país americano fue pionero dentro del movimiento conservacionista al declarar en 1872 Yellowstone como el primer parque nacional del mundo.
Celebración del Arbor Day en 1891 en algún sitio de Massachusetts. Foto: Chelmsford Historical Society

            Pero volviendo a nuestro país, resulta que la forma en la que se organizaba esta fiesta en la España de principios del siglo XX, no debía convencer del todo a nuestro político regeneracionista. Así lo manifestó en su libro referenciado: "Esa fiesta, como todas aquellas en que maestros y alumnos se exhiben al público y son materia de espectáculo, y más aún cuando median premios y distinciones, no tienen la simpatía de la pedagogía moderna, porque atentan a la dignidad de la función educadora, son antihigiénicas y despiertan o alimentan en uno u otro orden la pasión de la envidia, de la vanidad o del orgullo"(1). Así pues, aun a pesar de que se mostraba convencido de la necesidad de motivar a los niños en las escuelas para que sus sentimientos hacia el arbolado fueran de respeto y protección, consideraba que esa fiesta americana no era la mejor forma de lograrlo. Según Costa, cualquier acto de esas características que se organizara debía tener un programa claro "...el cual debe ir encaminado principalmente a mover y a enseñar a maestros, párrocos y alcaldes, y en general a granjear la simpatía y el concurso de la sociedad para la obra fecunda y callada de la escuela".


Firma del ilustre pensador aragonés Joaquín Costa
Foto: Archivo Cartagra
            Tras señalar la procedencia de esta fiesta, Costa reconoció que a lo largo de sus investigaciones había tenido ocasión de leer en viejas revistas referencias sobre "verdaderas fiestas del árbol" celebradas en España nada menos que antes de la Guerra de la Independencia. Parece ser que aquellas habían surgido de forma espontánea y sin seguir ni tomar la estela de ninguna otra. Una de esas antiguas reseñas la encontró en el boletín nº 24 del Semanario de Agricultura y Artes, fechado en octubre de 1805. Situaba los hechos en un sencilla villa cacereña, concretamente en Villanueva de la Sierra. Parece ser que en esa villa ejerció un celoso eclesiástico muy concienciado sobre los beneficios que reportaba el arbolado a ese pueblo. En palabras de Costa, ese hombre "...ideó interesar en su fomento y conservación al clero y demás clases directores de la localidad...". Ese eclesiástico tuvo muy claro que para que dicha fiesta cuajara entre la población lo mejor sería darle "...el ayre de una fiesta, no solo para excitar los ánimos, sino para fixar en ellos la idea de su merito y utilidad ". Con esa estrategia clara consiguió involucrar al párroco y al alcalde del pueblo y de forma conjunta organizaron unos actos en los que "...animados todos de los mismos sentimientos patrióticos, disponiendo un banquete y bayle para que después que solemnemente se hubiese hecho el plantío de álamos proyectados en el valle del Exido y arroyada de la Fuente de la Mora". 

            Aquél acto resultó ser un éxito de participación y todo el mundo debió quedar encantado. Tanto es así que al día siguiente se redactó un oficio instando a que ese acto fuera repetido en las poblaciones limítrofes así como en toda la provincia. El contenido del mismo se expresaba en los siguientes términos: "Señores eclesiásticos y pudientes, nuestra desidia y una culpable indulgencia con los que sacrifican la utilidad pública a sus intereses, han arruinado los antiguos árboles que tantas veces repararon nuestros cansancios, nos defendieron de la inclemencia del sol y de las lluvias y dieron a nuestra respiración un ambiente fresco y saludable. Nosotros debemos reparar esta pérdida, imitando el zelo de nuestros ascendientes. La juventud ha desempeñado esta obligación por su parte, plantando un crecido número de árboles; pero aún restan sitios amenos, susceptibles de estas plantas. Perfeccionemos esta obra, que alabará la posteridad, vistiendo de nuevos álamos nuestros valles, fuentes y paseos, para que nuestros nietos reposen a su sombra y nos bendigan; y miremos en adelante con ceño y con horror la pérfida mano que intentase aplicar la segur a sus troncos o a sus ramas". Aquél documento tuvo una gran aceptación pues hubo muchas personas que suscribieron el mismo y se comprometieron a realizar nuevas plantaciones en sus respectivos pueblos siguiendo el patrón de la aquí descrita.
Niños y adultos celebrando la Fiesta del Árbol en algún punto de Santander hacia 1915-20. 
Foto: Archivo Cartagra

            Aún se refiere Costa a una nueva reseña localizada en el Semanario Industrial de 1840, aunque según él, sucedió antes de dicha fecha. Se situa en una villa que no llega a mencionar y parece ser que el ayuntamiento estaba alarmado ante la actitud de sus vecinos frente al arbolado. Estos lo talaban y eliminaban de forma continuada bajo cualquier pretexto y con suma frecuencia. Desde el consistorio recurrieron al vicario eclesiástico para que "...interpusiera su influencia para persuadir al vecindario de que obraba mal destruyendo cuantos arboles plantaban". El vicario accedió a tal petición y un domingo, sin previo aviso, llevó en procesión a un buen número de vecinos hasta el lugar elegido para realizar la plantación. Una vez allí el vicario "...dirigió una plática encareciéndoles cuan gratos eran a Dios los trabajos útiles de los hombres y el respeto y obediencia a las autoridades". Tras la charla les detalló el cometido de aquella atípica procesión y a continuación él mismo comenzó a cavar a mano un hoyo. Parece ser que convencidos por las palabras del religioso aquellos hombres y mujeres siguieron su ejemplo y comenzaron a cavar más hoyos. Días más tarde "...con otra igual solemnidad, hízose la plantación; las hileras de árboles fueron confiadas a la protección de los santos especialmente venerados en la localidad; y por último, interesaron el amor propio y la vanidad de las familias, encomendando a los jóvenes y a los niños la custodia de cierto número de árboles".

            A modo de conclusión cabe hacer una reflexión que se me ocurre sobre la marcha y tal cual redacto este texto. En el caso americano fue una cuestión más de filosofía y valores la que llevó a la creación de una sociedad civil, la Arborday Society, desde la cual se consiguió sensibilizar a la sociedad americana para fomentar el respeto, la admiración y la conservación del arbolado. En nuestro caso, a la vista de la información aportada por Joaquín Costa, para conseguir esos mismos objetivos, las herramientas empleadas fueron totalmente diferentes. En el primer caso fue necesario dar un cariz festivo al acto, comida incluida, para así conseguir una participación apropiada. En el segundo, las almas de los presentes debieron ser encomendadas a Dios para convencerles de que lo que se les pedía tenían que hacerlo sin falta. El elemento común en ambos casos fue la presencia de sendos religiosos como claros organizadores y promotores de las mismas. Es decir, cuando la concienciación no surge de forma espontánea ni tampoco sustentada en el hecho de que una cosa hay que realizarla por su interés, siempre queda el remedio de acudir a la religión para compensar la falta de convencimiento.





Fuentes y Bibliografía:

(1): El Arbolado y la Patria; Joaquín Costa, Madrid, 1912.


martes, 4 de marzo de 2014

La Administración Forestal en Huesca



            Según los datos que se manejaban a principios del Siglo XX, cerca del 75% de la superficie de la provincia de Huesca era considerada como forestal, praderas, estepas, eriales o baldíos. Es decir, unas 902.946 Ha nada menos. Concretando algo más sobre la superficie estrictamente forestal, esta era calculada en esos momentos en más de 232.000 Ha de las que 228.280 Ha correspondían a 337 montes diferentes gestionados directamente por el Ministerio de Fomento (posteriormente se denominaría de Agricultura). Otras 38.885 Ha correspondían a otros 126 montes gestionados en este caso por el Ministerio de Hacienda. A todo ello había que sumar toda otra serie de terrenos de superficies desconocidas cuya propiedad correspondía a propietarios y entidades particulares (1).


Los cimientos de la administración forestal

 
Portada de las Ordenanzas Generales de
Montes de 1833. Foto: Archivo Cartagra
         
La creación de la administración forestal en Huesca, así como la del resto de España, hay que buscarla en las Ordenanzas Generales de Montes de 1833 (foto portada Ordenanzas). Estas contemplaron la primera Dirección General de Montes de nuestro país así como la división de su superficie en distintas unidades de gestión denominadas Distritos de Montes. Su entrada en vigor también supuso la creación de una importante estructura dotada de diferentes empleados de montes cuyas denominaciones iniciales correspondieron a las denominaciones de Comisionados, Agrimensores, Guardas Mayores y Guardas Celadores. Pocos años después, en 1845, aquellos empleos se reconvirtieron en Comisarios de Distrito, Peritos Agrónomos y Guarda-Montes. Una disposición de noviembre de 1856 creó los Distritos Forestales de Madrid, Jaén, Santander, Cuenca, Segovia, Ávila y Oviedo. Y en abril de 1858 se crearon cuatro distritos más, los de Guadalajara, Cáceres, Cádiz y Huesca (2). A principios del Siglo XX, el Distrito Forestal de Huesca gestionaba directamente los 337 montes de utilidad pública citados inicialmente los cuales sumaban un total de 217.720 Ha (1).


            El personal existente en nuestra provincia según contempló el Reglamento de la Ley de Montes de 1863 era el siguiente: 4 Ingenieros de Montes, 1 Ingeniero Ayudante, 8 Sobreguardas y 14 Guardas. Para principios del Siglo XX y tras sucesivas modificaciones, España llegó a contar con hasta 37 Distritos Forestales repartidos a lo largo y ancho de su geografía. Una nueva disposición de febrero de 1901 aprobó una nueva plantilla del personal de montes en la provincia altoaragonesa: 1 Ingeniero de Montes Jefe, 3 Ingenieros de Montes subalternos, 2 Ayudantes, 1 Escribiente de primera clase, 8 Capataces y 2 Sobreguardas. Esta disposición contempló también la creación del Servicio de Repoblaciones y Ordenaciones. Años más tarde se aprobó la Ley de Presupuestos de 1907 y tras su consulta podemos saber cuál era el personal de campo con el que contaba la administración forestal en Huesca: 2 Guardas Mayores, 8 Sobreguardas y 18 Peones Guardas. Para 1911 aquellas cifras cambiaron nuevamente quedando del siguiente modo: 2 Guardas Mayores, 11 Sobreguardas y 26 Peones Guardas. Un nuevo documento consultado (1) nos dice que para 1920 el personal adscrito a este Distrito Forestal estaba compuesto por 1 Ingeniero Jefe interino, 2 Ingenieros, 2 Ayudantes, 1 Oficial Administrativo, 1 Guarda Mayor, 1 Sobreguarda y 3 Peones Guardas destinados en las dependencias del mismo ubicadas en la ciudad de Huesca. Prestando el servicio de vigilancia de montes había repartidos por toda la provincia 1 Guarda Mayor más, 10 Sobreguardas y 33 Peones Guardas.
Guardia Forestal hacia 1869 según una acuarela de Juan Topete. Foto: Archivo Cartagra
            Esta misma fuente nos proporciona incluso información sobre cómo estaba repartido ese personal dentro de la provincia:

- Oficina: 1 Ingeniero, 1 Guarda Mayor y 3 Peones Guardas

- Brigada: 1 Ingeniero, 1 Sobreguarda y 3 Peones Guardas. Esta tenía asignados dos términos municipales, con un total de 11 montes que suponían una superficie de 11.335 Ha.

- Sección 1ª: 1 Ingeniero, 1 Ayudante, 6 Sobreguardas y 18 Peones Guardas. Gestionaba los montes de 81 ayuntamientos diferentes que suponían una superficie total de 106.138 Ha.

- Sección 2ª: 1 Ingeniero, 1 Ayudante, 3 Sobreguardas y 12 Peones Guardas.  Tenía adscrito 48 ayuntamientos y gestionaba directamente 136 montes con una superficie de 89.687 Ha.
Guardas Forestales del Distrito Forestal de Huesca hacia 1925. Foto: Archivo Cartagra


Las Divisiones Hidrológico Forestales


            A mediados de 1901, concretamente un 7 de junio, entró en vigor una disposición por la que se pusieron en funcionamiento las Divisiones Hidrológico Forestales en nuestro país. El trasfondo de la misma hay que buscarlo en las numerosas y desastrosas inundaciones sufridas en el Levante español a finales del siglo XIX. Ese fue el caso de las inundaciones de Valencia en 1864, o las de Murcia y Almería de 1879. Sensibilizado por aquella situación, el gobierno del momento pensó que la creación de estas divisiones habría de ser la herramienta perfecta para combatir dichas avenidas. La forma prevista era mediante la aplicación sobre el terreno de diferentes técnicas forestales entre las que habrían de jugar un papel muy importante las correcciones hidrológico forestales. Nuestra provincia quedó enmarcada dentro de la 3ª División de la Cuenca Media del Ebro. 

Sello oficial de la 6ª DHF. 
Foto: Archivo Cartagra

           Cada una de las diez diferentes divisiones que se crearon contaría con personal propio como Ingenieros de Montes, Personal Auxiliar, Capataces, Guardas, Peones de Ordenación y Vigilantes de Repoblaciones. Dentro del Servicio Hidrológico Forestal se creó también una sección dedicada a la recolección y abastecimiento de semillas forestales. Años más tarde un modificación territorial de estas divisiones hizo posible que la provincia de Huesca, junto a las otras dos provincias aragonesas, quedaran englobadas dentro de lo que se denominó 6ª División Hidrológico Forestal (6ª DHF) con sede en la ciudad de Zaragoza. Los montes gestionados directamente por la misma en la provincia de Huesca fueron 25 y entre todos ellos sumaban una superficie de 10.560 Ha. 


            Buena parte del trabajo desarrollado por la 6ª DHF en nuestra provincia ya quedó reflejado en gran medida a lo largo de los diferentes posts de las primeras entregas de este blog. En esos ellos se detallaron parte de los impresionantes trabajos de corrección hidrológico forestal acometidos sobre los cauces de diferentes afluentes del Río Gállego en las inmediaciones de la población de Biescas. En otra futura etapa se abordarán también algunos de los trabajos realizados en la cabecera del Río Aragón, cuyo objetivo principal fue la preservación de la estación internacional de ferrocarril que se construyó en el llano de Los Arañones frente a los aludes de nieve. También la integridad del propio trazado de la vía férrea. Los trabajos realizados tanto en una cuenca como en la otra permitieron poner de relieve la importancia de los mismos para combatir el gran problema que sacudía a grandes extensiones de nuestro país, la erosión, la cual se mostraba mucho más incisiva en estageografía pirenaica de grandes desniveles. La puesta en marcha de estos trabajos, su conclusión y la comprobación sobre el terreno de su elevada eficacia, permitieron que España se colocara durante esos años a la cabeza de las naciones europeas a la hora de tomar medidas eficaces contra la erosión y sus desastrosas consecuencias.


Las primeras repoblaciones forestales

            Ya me he referido a los importantes trabajos de restauración hidrológico forestal acometidos por la 6ª DHF en el norte de la provincia oscense. Durante su ejecución se acometieron importantes trabajos de repoblación de los que todavía disfrutamos en la actualidad tal es el caso de las efectuadas en la cuenca del Barranco de Arratiecho o el de Arás entre otras. 

Carátula del proyecto de repoblación forestal de la Sierra de Alcubierre de 1927. Foto: Archivo Cartagra
            Pero el Distrito Forestal de Huesca, a pesar de contar con unos presupuestos más exiguos, también fue capaz de plantear y acometer alguna repoblación dentro de esta provincia. De entre ellas merece ser destacada las efectuada en el Monte de Utilidad Pública nº 119, La Selva, perteneciente al pueblo de Buesa, dentro de la cuenca del Barranco El Rival. O las acometidas en la Sierra de Alcubierre aprobadas por un Decreto de 2 de junio de 1928, que preveía la repoblación de nada menos que 5.000 Ha en un periodo de diez años que afectaría a terrenos de Alcubierre, Lanaja y Robres (3).

            En el próximo post aportaré algo más de información sobre estas repoblaciones forestales pioneras en nuestra provincia.


            A plantar fuertes zagalas y zagales...






Fuentes y Bibliografía:


(1): Distrito Forestal de Huesca; Trabajo desarrollado por este Distrito durante el Año forestal de 1918 a 1919; Huesca, 1921.

(2): La Guardería Forestal en España; Carlos Tarazona Grasa; Editorial Lumwerg, Madrid, 2.002.

(3): Archivo Servicio Provincial Agricultura, Ganadería y Medio Ambiente de Huesca.



domingo, 2 de febrero de 2014

La Fiesta del Árbol (II)

          
            Hasta ahora he hablado del papel jugado al respecto por el político regeneracionista aragonés y sus esfuerzos por conseguir asentar esta fiesta en la sociedad española. Pero para ser justos con la historia, aún hay otro nombre propio que, llegados a este punto, tampoco debe ser obviado. Fue un ingeniero de montes llamado Rafael Puig y Valls y ostenta el honor de ser el otro gran impulsor de la Fiesta del Árbol en nuestro país. Nació en Tarragona un 31 de mayo de 1845 y murió en esta misma ciudad en enero de 1920.


Retrato de Rafael Puig y Valls
Foto: Archivo Cartagra
            Parece ser que durante la primera mitad del siglo XIX esta fiesta decayó algo aunque a continuación, a finales de ese mismo siglo, consiguió recuperar adeptos. En las causas de aquél resurgimiento tuvo mucho que ver el hombre que ahora nos ocupa. Fruto de su inquietud y de su interés por fomentar el respeto al arbolado, fue quien estuvo detrás de la creación en nuestro país de la primera Asociación de los Amigos de la Fiesta del Árbol. La creó hacia 1900 con la ayuda de Ricardo Codorniú, otro eminente ingeniero de montes que también destacó muchísimo en esa faceta sensibilizadora. De Puig y Valls son las siguientes palabras: "No hay agricultura posible sin montes, ni montes sin el amor de los pueblos al arbolado. Por esto, quien sepa inspirar a las generaciones del porvenir el amor al árbol, habrá hecho a España un beneficio incalculable... el árbol en el campo es un manantial de riqueza y en la montaña una imprescindible necesidad". 


            Su convencimiento al respecto le llevó incluso a propagar esta idea en la vecina Francia donde también tuvo una gran aceptación. Pero las consecuencias de su esfuerzo llegaron más allá pues tales ideas llegaron a otros países europeos donde también fue instaurado el Día del Árbol. Así sucedió en Italia, en Irlanda (1904) o en Noruega (1910). Quienes han estudiado la trayectoria profesional de este ingeniero de montes señalan que su punto de referencia hay que situarlo nada menos que en Estados Unidos. Allí, Herlin Morton, Gobernador del Estado de Nebraska, fue quien instauró en ese país la celebración del Arbor Day por primera vez un 10 de abril de 1872. Parece ser que Puig y Valls tuvo conocimiento de esta circunstancia a raíz de la visita que el mismo realizó a tierras americanas. Este viaje lo realizó en calidad de Comisario de la delegación que representó a España en la Exposición Universal de Chicago de 1893. (1)

Anagrama de la Asociación de los Amigos de la Fiesta del 
Árbol de Barcelona. Foto: Archivo Cartagra


      Con aquella información, nuestro hombre no dudó en comenzar su campaña nada más regresar a España. Así fue como con fecha 21 de septiembre de 1898, el periódico La Vanguardia publicó un artículo suyo titulado "La Patria y el Árbol. Síntesis de un proyecto y de su inmediata ejecución". De ese mismo artículo se hicieron eco también otras publicaciones de la época y entre todas consiguieron la máxima divulgación de tan novedoso planteamiento para ese momento. A lo largo de su contenido dejó bien clara la necesidad de favorecer el desarrollo de la vegetación forestal "...mirado bajo el punto de vista de la protección a la agricultura, el aprovechamiento racional de las aguas, de la conservación del suelo nacional, y del fomento de la riqueza española". El modo de conseguir llevar a la práctica ese objetivo pasaba por "inspirar a las generaciones del porvenir el amor al árbol". Evidentemente, resultaba necesario diseñar una forma o modo de llevar a la práctica esa clase de enseñanzas. Para dar una solución a esa cuestión propuso en este mismo artículo la creación de un premio que galardonara la mejor cartilla forestal. Al mismo tiempo, animó a los maestros para que anualmente organizaran y celebraran esta fiesta. Según Puig y Valls, aquella Cartilla Forestal debería de tener una orientación eminentemente pedagógica para que de esa manera quedara incluida dentro de la actividades educativas de las escuelas del momento (2). Aquél convencimiento respecto a la necesidad de fomentar las enseñanzas forestales le llevó incluso a presentar una propuesta en el Congreso Internacional de Selvicultura, celebrado en París a principios de junio de 1900. La misma fue aprobada por unanimidad entre los allí presentes y recogió entre otras ideas la siguiente: "Se introducirá la enseñanza de la selvicultura en las escuelas normales y en las primarias de todos los países". Aquella propuesta rápidamente la hicieron suya otras asociaciones europeas y entre todas ellas crearon la Sociedad de los Amigos de los Árboles. Al poco tiempo esta sociedad ya contaba con sedes en Nancy, Clermont-Ferrand o Moutiers, así como cientos de sociedades escolares por toda Francia (3). 

            Se ha podido constatar que la primera Fiesta del Árbol celebrada en nuestro país fue en 1898, el mismo año en el que se creó en Barcelona la asociación de amigos de esta fiesta pionera. tuvo lugar un 30 de abril en el Parc de la Ciutat de Barcelona, en la Sección Marítima de este parque y al costado del Museo zootécnico. A la misma acudieron nada menos que unos mil quinientos niños y niñas entre los que plantaron unos cuatrocientos pinos. Tras la plantación pronunciaron sendos discursos tanto el Alclade de Barcelona como el propio Puig y Valls (3).
Grupo de niños y adultos durante la celebración de la Fiesta del Árbol en la Puebla de Lillet (Barcelona) en 1904.
Foto: Archivo Cartagra
            Se ha conseguido localizar otra reseña de una Fiesta del Árbol promovida por nuestro hombre. Esta tuvo lugar en un pequeño pueblo de la provincia de Barcelona, La Pobla de Lillet, en 1904. Durante ese día se juntaron a todos los niños de la escuela, así como a distintos adultos, y en la partida conocida como Clot del Carnicé, fueron plantados por los niños hasta sesenta árboles. Tras la plantación, la organización ofreció a los niños una abundante merienda compuesta de pan, longaniza y hasta vino para los adultos. La banda de música de ese pueblo acompañó en todo momento aquella jornada "tocando escogidas piezas". Al regresar de la partida donde se realizó la plantación, y estando frente a la casa consistorial, el cura-párroco y el alcalde repartieron confites y pasteles "...dándose vivas al instaurador de la Fiesta del Árbol, D. Rafael Puig y Valls".


Portada de una de las publicaciones que 
se hicieron eco de esta fiesta.
Foto: Archivo Cartagra

            Pero aún hubo más actos ese día pues tras lo anteriormente expuesto, todos los asistentes ocuparon el salón de la casa consistorial donde prosiguieron varios discursos más así como sendos brindis. Allí se puso de manifiesto que, además de los árboles plantados durante esa jornada por los niños, durante el resto de año en esa población se habían plantado muchos árboles más: 420 árboles auspiciados por la viuda de Juan Artigas; 200 por los hijos de P. Puyol; 150 por Ángel Tarré; 100 por Ventura Costa; otros 100 más distribuidos por el propio ayuntamiento; 75 árboles por Tomás Casals y 60 más por Cándido Vilella. En total durante ese año de 1904 llegaron a plantar 1.165 árboles entre niños y adultos.
 

              Tan pronto se creó la Sociedad de los Amigos de la Fiesta del Árbol, Puig y Valls tuvo muy claro que la misma debía de contar con una herramienta divulgadora propia. Así fue como nació la publicación Crónica de la Fiesta del Árbol en cuyo escaso centenar de páginas se recogían todas las reseñas posibles de cuantas fiestas se organizaban anualmente. El primer ejemplar se publicó a raíz de las fiestas organizadas en 1898. Según su promotor, el objetivo que se perseguía con esa publicación era "...educar a los niños y los adultos, en el amor, defensa,  conservación y fomento del patrimonio forestal". Su publicación se financió con las cuotas de los socios miembros, con donativos y con suscripciones. El propio político aragonés Joaquín Costa fue también miembro activo de esta sociedad (3). Su consulta nos permite comprender la importancia que durante aquellos años se llegó a dar a esta fiesta, así como la implicación de diferentes autoridades en su organización o la amplia participación de la población local.





Fuentes y Bibliografía:


(1): La Guardería Forestal en España; Carlos Tarazona; Editorial Lumwerg; Madrid, 2002.

(2): Los ingenieros de montes en la España contemporánea 1848-1936; Vicente Casals Costa; Ediciones del Seral; Barcelona, 1996.

(3): Rafael Puig y Valls, 1845-1920, Precursor de l'educació ambiental i dels espais naturals protegits; Generalitar de Catalunya y Martí Boada, Barcelona, 1995.