viernes, 6 de noviembre de 2015

La mano de obra forestal



            A la conclusión de la contienda civil España quedó en una delicada situación económica y social. Se destruyeron ciudades e industrias pero también pueblos completos donde desaparecieron sus reses, sus caballerías y hasta los aperos. La vuelta a la normalidad costó proporcionalmente mucho más en el medio rural que en las ciudades donde pudieron acceder con más facilidad a los jornales que se invirtieron en su reconstrucción. Mucha gente de los pueblos desistió de recuperar sus dañadas casas y emigraron a ciudades próximas e incluso lejanas. Quienes se quedaron en los pueblos debieron comenzar prácticamente desde cero ayudando a levantar otras casas y, si disponían de recursos, emprendiendo la reconstrucción de su propia casa. Aquellos años de la posguerra resultaron ser duros de verdad en todo el país aunque especialmente en el sur de España. La falta de trabajo en los grandes latifundios permitió que durante un tiempo, grandes grupos de personas sin trabajo se agruparan diariamente en la plaza del pueblo o en algún otro punto céntrico de muchos pueblos. Allí pasaban la jornada a la espera de recibir alguna noticia de algún lugar donde necesitaran peones para el trabajo que fuera. Sin embargo, los días discurrían y esta noticia nunca llegaba por lo que la falta de un mísero jornal sólo conseguía exacerbar la paciencia de esos hombres. Aquella situación se debió prolongar en el tiempo de tal forma que los gobernantes de la época llegaron a observarla con seria preocupación pues temían que pudiera dar lugar a imprevisibles movimientos sociales, críticos ante aquella falta continuada de trabajo. Ante tal coyuntura los responsables político-militares del momento se vieron obligados a pensar alguna fórmula para mantener ocupado aquél importante flujo de desempleados para de esa manera, desactivar cuanto antes un posible y cada vez más cierto riesgo de sublevación. 
   Cuadrilla repoblando ante la atente mirada del Guarda Forestal en el monte de Castiello de Jaca.    Foto: Archivo Cartagra

            Pero la solución, más sencilla incluso de lo previsto, no tardaría en llegar. Antes del inicio de la guerra ya se había creado el Patrimonio Forestal del Estado (PFE) si bien su puesta en marcha quedó relegada debido al inicio de la Guerra Civil . Una vez concluida la misma los gobernantes del momento decidieron retomar cuanto antes su puesta en marcha y por ello, en mayo de 1941, aprobaron el reglamento que habría de concretar el funcionamiento de este organismo. Tanto la ley de creación del PFE como su propio reglamento dejaron bien clara la intención de aquél régimen dictatorial de poner en marcha una decidida política forestal. Dentro de la misma y como ya hemos ido viendo en anteriores entradas, las repoblaciones forestales iban a jugar un papel más que destacable. La numerosísima mano de obra que sería necesaria para poder realizar las plantaciones propiamente dichas, resultó determinante para dar empleo aunque sólo fuera temporalmente, a aquél elevado número de personas desempleadas. Aquellos planes se vieron favorecidos en gran medida por el hecho de que tales trabajos no podían ejecutarse de forma mecanizada sino todo lo contrario. A pesar de que la fase de apertura de fajas se hizo durante los primeros años con la ayuda de la tracción animal de las yuntas de bueyes, el resto de tareas sólo podían hacerse manualmente y estas requerían el empleo numerosa mano de obra.

            Pero aquellos trabajos forestales no afectaron por igual a todas las regiones del país, más bien al contrario. Las repoblaciones forestales se centraron en algunas áreas geográficas mientras que en otras su incidencia fue bastante menor. Aquellas circunstancias permitieron situaciones paradójicas como las presentadas durante buena parte de la década de los sesenta del siglo pasado en nuestra provincia. Aquí, durante el invierno hubo bastantes años en los que la mano de obra local disponible resultó ser insuficiente para cubrir la gran demanda que originaron las plantaciones forestales. Tal fue aquella escasez de mano de obra que los responsables del PFE tuvieron que buscar por su cuenta soluciones para paliar tal carestía. Esa demanda llegó a fijarse del orden de 200 a 300 obreros cada temporada de plantación. Finalmente su solución pasó por alquilar autobuses y fletar viajes hasta tierras andaluzas. En muchos casos se llegaron a contratar autobuses que viajaron hasta distintos puntos de provincias como Jaén o Málaga. Concretamente a Mijas (Málaga), el PFE organizó durante años sucesivos viajes en los que se desplazaban desde Huesca capital hasta dos autobuses vacíos. Una vez en Mijas acudían a la plaza del pueblo donde se concentraban más de un millar largo de hombres desempleados. Allí, con la ayuda de un manijero que solía ser una persona del pueblo que ya había trabajado la campaña anterior con el PFE, se hacía una selección de los hombres que mejor podrían adaptarse al trabajo previsto. Una vez los autobuses llenos con un centenar escaso de hombres se emprendía viaje de regreso a Huesca. Nada más llegar aquellos hombres eran repartidos entre las diferentes repoblaciones que preveían realizar ese invierno y repartidas por distintos montes de la provincia. Cabe decir aquí que la elección de Mijas para ir a buscar obreros tampoco fue casual del todo pues según ha podido saber, en aquellos años era el pueblo con la renta per cápita más baja de toda España (1).


Autobús similar al que usaría el PFE para traer trabajadores
desde el sur del país. Foto: Archivo Cartagra
            De esa forma relativamente sencilla fue como se consiguió un doble efecto positivo. En muchos casos ni tan siquiera se les dotó a los obreros contratados ni tan siquiera de una azada pues en muchos fue condición previa para ser contratado la de disponer de una herramienta para picar y hacer hoyos en el suelo. Este detalle debe servirnos de pista a la hora de imaginar cuales debieron ser las condiciones en las que habrían de trabajar aquellos hombres. El alojamiento debieron buscárselo también por su cuenta allá donde iban. Fueron mayoría los casos en los que se alojaron en yerberos del pueblo más próximo al lugar del trabajo. Sin apenas ropa con la que abrigarse durante la noche, comiendo a rancho y cumpliendo duras jornadas de trabajo. Pero el verdadero problema para ellos no fueron las largas jornadas abriendo hoyos sobre suelos en ocasiones muy pedregosos. Para muchos de ellos lo verdaderamente difícil de llevar fue soportar las duras condiciones climatológicas. Se trataba de hombres del sur poco acostumbrados al frío, a temperaturas bajo cero o a las relativamente frecuentes nevadas. Debió ser aproximadamente a mediados de los años cincuenta del siglo XX cuando en la repoblación del monte de Basarán había empleada una cuadrilla de unos 90 obreros de procedencia andaluza. Pues bien, según he recabado hubo un invierno en el que cayó una gran nevada (2) que les obligó a permanecer alojados en varias de las casas recién abandonadas de ese pueblo. Allí debieron permanecer buena parte de ellos al menos cinco días pues la gran nevada les impidió  abandonar Basarán y marchar caminando valle abajo hacia Berbusa u Oliván. La falta de leña con la que calentarse hizo que la gran mayoría de puertas y ventanas de las casas de Basarán acabaran siendo quemadas por aquellos hombres para calentarse.
Yunta de bueyes abriendo fajas en el monte de Isín hacia 1960. Foto: Archivo Cartagra
            Fue en estos primeros años de actuación del PFE en tierras oscenses cuando se usaron de forma muy habitual las yuntas de bueyes para la apertura de miles de kilómetros de fajas en las laderas altoaragonesas. Aquellos bueyes tiraban de pesados brabanes cuyo manejo exigía un gran esfuerzo por parte de quien guiaba el mismo. Así mismo el boyero era quien iba delante guiando los bueyes también tenía que saber hacerlo bien. Pero muchos de aquellos hombres nunca habían hecho aquél trabajo y tuvieron que aprender prácticamente sobre la marcha tanto a manejarlos, a detectar cualquier posible enfermedad como a identificar cuando necesitaban descansar o cuando debían ser cambiadas sus herraduras. Alguno de aquellos obreros andaluces una vez que ya comenzó a tener experiencia con estos animales pues se le veía interés por conocerlos y aprender, acabó siendo nombrado encargado de esas cuadrillas que fácilmente podían estar conformadas por hasta una decena de yuntas. A estos encargados también les tocó acompañar en alguna ocasión al ingeniero de montes para comprar nuevos bueyes, aperos y aparejos pues necesitaba el criterio de alguien como más experiencia que él mismo en esta materia. El temple del buey en la cuadra o un aspecto y complexión física adecuados sólo podían ser correctamente valorados por quien pasaba largas jornadas trabajando junto con ellos. Los bueyes fueron comprados en muchas ocasiones tanto en Pamplona, Guipúzcoa como incluso en Salamanca. Cuando se comprobaba que estos animales ya no estaban en condiciones de seguir trabajando, bien por viejos, lesiones o bien por inadaptación, el propio PFE los acabó vendiendo como carne a carniceros de la provincia como fue el caso de Mayoral en Barbastro. De esa forma el PFE conseguía recuperar buena parte del dinero invertido inicialmente en su compra (3).


           






Fuentes y Bibliografía

- (1): Pinos y Penas en tiempos del Patrimonio; Carlos Tarazona Grasa, 2006.
- (2): Seguramente sería aquella ola de frío conocida como "la remonta".
- (3): Archivo Fondo Documental del Monte; Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente.



Memoria de Papel (15)



              Las montañas pirenaicas siempre han sido un motivo en el que infinidad de autores han buscado la inspiración para dar contenido a libros y estudios sobre géneros muy variopintos. Esa variedad se ve incrementada cuando, como en el presente caso, a ambos lados del Pirineo se abordan temáticas, si no idénticas, sí muy similares. Este es el caso de los dos libros que ocupan la Memoria de Papel presente.


Los glaciares pirenaicos aragoneses


             Estamos ante un número extraordinario del Boletín Glaciológico Aragonés al que se le ha dado, tanto por contenido como por extensión, un merecido aspecto final de libro. Aprovecho para decir que no podía ser de otra manera pues el material gráfico incluido en sus páginas, bien merece el formato y la calidad final. Esta publicación forma parte de la excelente colección Imágenes de Huesca, auspiciada por la Comisión de Cultura de la Diputación Provincial de Huesca. Cuenta además con la inestimable colaboración del Gobierno de Aragón y de la Universidad de Zaragoza a través de su Departamento de Geografía y Ordenación del Territorio. Dentro de este departamento debe destacarse el trabajo realizado por los investigadores Javier Chueca Cía y Asunción Julián Andrés. Ambos firman un magnífico artículo en el que se aporta información sobre la evolución de los glaciares aragoneses desde la pequeña edad del hielo hasta la actualidad. Merece ser destacada también la participación de Fernando Biarge en una doble faceta, quien además de coordinar este estupendo trabajo, también aportó numerosas fotografías de su extensísima colección particular las cuales dieron un valor añadido a este trabajo eminentemente gráfico. 


              Las más de trescientas páginas de este libro se distribuyen en tantos capítulos como macizos montañosos existen en la actualidad que todavía contienen o bien han contenido glaciares a lo largo y ancho de sus valles. Un capítulo está dedicado a los glaciares del Balaitus, Punta Zarre y Macizo de los Infiernos. Otro a los macizos de Viñamala, Taillón y Monte Perdido. Uno nuevo a los glaciares de Posets y Perdiguero y uno último al macizo de Maladeta. Entre todos estos capítulos se incluye un elevado número de fotografías de gran interés tanto histórico como geológico pues gracias a ellas podemos constatar una triste realidad. Realidad que nos confirme el importante retroceso del fenómeno glaciar en estas montañas aragonesas. La contemplación de muchas de las imágenes incluidas en sus páginas no dejan lugar a dudas. El hielo de los glaciares primigenios ha dejado paso a la roca desnuda que lo sostuvo durante miles de años. La consulta de unas páginas pocas veces resulta tan esclarecedora del paso del tiempo y sus consecuencias como en este libro.



Glaciers des Pyrénées


            Se trata de un magnífico libro de Editions Cairn cuyo autor es Pierre René, único glaciólogo del Pirineo francés. Desde muy joven ya comenzó a recorrer la cordillera pirenaica en la que también trabajó como guía acompañante de montaña. Tras más de una docena de años estudiando los glaciares de todo el Pirineo, Pierre René logró editar el libro que ahora nos ocupa. En formato apaisado, sus 167 páginas están repletas de magníficas fotografías que muestran como el paso del tiempo ha ido minando, reduciendo y provocando la reducción y hasta la desaparición de más de un glaciar perinenco. Como bien reza el subtítulo del libro, sus páginas condensan a través de sus fotografías y sus textos, las consecuencias del calentamiento climático. En este contexto, los glaciares son las principales víctimas de tal fenómeno global que afecta por igual a los glaciares de otros macizos montañosos del mundo. Reseñar también, que este libro vio la luz igualmente gracias al Parque Nacional de los Pirineos quien enseguida supo reconocer la calidad de su contenido.


              El buen trabajo de este joven glaciarista francés está refrendado a través del prólogo de otra autoridad francesa en la materia, Christian Vincent, glaciólogo e investigador del Laboratorio de Glaciología y Geofísica del Medioambiente, con sede en Grenoble. También está avalado por Serge Planton, climatólogo responsable del grupo de investigación climática de Meteo France con sede en Toulouse. Al contrario que el trabajo anterior, este aborde la cadena pirenaica en su integridad incluyendo la situación de retroceso actual de glaciares no abordados en este otro trabajo. Además, a lo largo de sus páginas habla ya no sólo de los glaciares existentes en la actualidad y de cuál ha sido su proceso de retroceso. También dedica un capítulo a aquellos glaciares que ya desaparecieron fruto del proceso de calentamiento global al cual asistimos en las últimas décadas. En otro de ellos describe la tipología de estos, su toponimia y por su puesto su ubicación. Las numerosas fotografía que incluye son obra de diferentes autores. Las más antiguas de fotógrafos como Lucien Briet, Emile Belloc, Maurice Gourdon o Abbé L. Gaurier. Las actuales son mayoritariamente de Gabriel Nogué. Estamos ante un libro que seguro no os defraudará, tanto por su texto como por sus imagenes.




lunes, 5 de octubre de 2015

La Senda Amarilla, 2015



            Un año más, y ya van nueve, la Asociación O Cumo de Oliván  celebró una nueva edición de La Senda Amarilla. Como en años anteriores, la climatología estuvo de nuestra parte y disfrutamos de un magnífico día otoñal en compañía de los más de 120 inscritos. Berbusa y Ainielle fueron testigos de nuestro paso y comprobaron como nuestro afán por recordar, aunque sea solamente por un día, a aquellos habitantes de estos pueblos que un mal día tomaron la decisión de marchar, se mantiene con el transcurso de los años. 
Cartel anunciador de la reciente edición de La Senda Amarilla 2015

          La de este año volvió a resultar una jornada redonda, y no sólo porque la climatología acompañó. También lo fue, una vez más, por la talla de los invitados de esta edición. La tarde noche del viernes se llevó a cabo la inauguración de la exposición de dibujos e ilustraciones de Chema Agustín. Artista que a pesar de su juventud puede vanagloriarse de contar con una amplia obra que bien merece la pena conocer. Os recomiendo visitar su blog personal donde podréis contemplar una buena muestra de lo que os acabo de contar. La exposición constó de dos colecciones. Una nos mostraba los dibujos e ilustraciones que realizó para conformar tanto la portada del primer Cd de Bosnerau como del completo libreto que incluye el mismo. La otra era una adelanto de una más que interesante versión aragonesa de la baraja en la que Chema, asesorado por historiadores y gente de conocimiento, ha ilustrado de una forma magistral con temas de la tierra. Si todos las planes del artista discurren sin imprevistos, esta baraja acabará teniendo en su momento una amplia difusión. De la inquietud artística de este zagal da buena cuenta una frase en aragonés que bien puede considerarse como su eslogan personal: Cal fer bella cosa (Hay que hacer alguna cosa). Así pues la cuestión es no estar parado y trabajar en una idea u otra. Me consta que esta jornada lúdico-deportivo-cultural le permitió recolectar más de una seta en forma de idea artística que acabará cuajando a buen seguro en alguna nueva obra. Quiero aprovechar estas líneas también para agradecer públicamente el gesto de Chema pues regaló para nuestra asociación una de sus obras más representativas. Se trata del dibujo que posteriormente sirvió para la portada de un cd del que más adelante os hablaré. Mil grazias zagal¡¡¡
Dibujo original usado en la portada del Cd "Plebia" que Chema nos regaló a la Asociación Cultural O Cumo de Oliván. Este mismo diseño lo usamos a su vez y con su consentimiento para la camiseta de la presente edición.
Chema Agustín dando cumplidas explicaciones sobre las obras que expuso en la sala ubicada en la antigua escuela de Oliván

            Pero la cosa no había hecho más que comenzar. Al día siguiente y con todo el grupo de afanosos excursionistas en Ainielle, llegó otro de los momentos álgidos de la jornada. Antonio García Omedes, una de las máximas autoridades del románico aragonés y también español, nos ofreció una conferencia silvestre en plenas entrañas de Ainielle. Su intervención nos abrió los ojos a muchos neófitos como yo sobre cuál fue el origen del románico en nuestro país, como surgió el románico autóctono del Alto Gállego y de cómo el mismo fue evolucionando a lo largo de los tiempos. Información detallada y concreta que sólo puede aportarla y contarla quien en verdad conoce el tema como es él. Escuchándole uno percibe rápidamente que la pasión por el románico y todo cuanto se deriva del mismo, no es casual ni ocasional. Lo vive, lo siente y le apasiona, sin más. Sólo basta visitar su blog personal Románico Aragonés para comprobarlo. Sus exhaustivos contenidos o la cifra que muestra el contador de visitantes de su blog no dejan lugar a duda alguna sobre su calidad. Por si alguien lo desconoce, debo señalar además que nuestro invitado fue nombrado Académico de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis de Zaragoza en diciembre de 2012. Poco después, en enero de 2013 fue nombrado Académico Numerario de esta misma Real Academia en calidad de profesional dentro de la Sección de Artes de la Imagen. Ahí es nada. Quién nos iba a decir a los de O Cumo que íbamos a poder contar con un invitado así cuando comenzamos con esta iniciativa.
Antonio García Omedes dirigiéndose a un entregado auditorio durante su conferencia silvestre.

Atención total por parte del público a la magistral exposición de Antonio García Ome

           Pero esto no es todo amigos, todavía hay más. Todo cuanto he contado hasta ahora se vio adornado con los acordes de un grupo de aguerridos mosicos de Zuera. Chobens pero més espabiláus que la gana cuan aprieta. Son seis integrantes los que conforman un grupo rezién escudilláu que se claman Bosnerau. Toman el nombre de ese ser mitológico, mitad hombre mitad árbol, que vivía en los bosques de Sobrarbe y que vigilaba tanto a los rebaños como a los pastores que los guardaban. Música de raíz la que cultivan estos mesaches con el gran acierto de incluir muchas de las letras de sus canciones en aragonés. Y entre los seis, dos zagales que valen un valer, Adrián y Paco que son los compositores. Pero no hay que olvidar a los otros cuatro pues sin sus aportaciones a buen seguro que el resultado de su primer disco no hubiera sido el mismo. Mil gracias también a Oscar, Victor, Miguel Ángel y Manuel. Entre todos ellos lograron grabar su primer disco Plebia (Lluvia) que seguro recabará aplausos y buenas críticas allá donde suene. Me atrevo a decir que los sabuqueros, barzas y gabarderas que tapizan las ruinas de Ainielle se alegraron al escuchar los acordes de los temas que tocó Bosnerau. También el espíritu de Andrés o el de su mujer Sabina habrán girado su cabeza para ver sorprendidos como varias parejas bailaban llevados por el ritmo del acordeón, del violín, la gaita de boto, las guitarras o el cajón. Bastantes penas y desdichas recogen las páginas de la novela que protagonizan este matrimonio.

Parte del grupo Bosneráu durante su actuación en Ainielle.
Los muchachos de Bosnerau en plena acción ante un público que disfrutó de lo lindo
Ambiente festivo un año más en Ainielle: Mientras unos tocaban otros bailaban y otros escuchaban.


         Si puncháis en el vídeo de abjo conoceréis algo más sobre este grupo y su espléndido primer trabajo:



  A los que habéis llegando leyendo el post hasta este punto simplemente deciros que al año que viene más y mejor. Celebraremos nada menos que el décimo aniversario de A Senta Amariella y pensamos hacerlo a lo grande. Eso sí, dentro de las posibilidades de una asociación pequeña y modesta como es O Cumo. En cualquier caso os emplazamos a que nos acompañéis en la próxima edición.



PD: Por cierto, todas las copias de su disco Plebia que trajeron a Oliván se vendieron
       como  rosquillas. 


sábado, 12 de septiembre de 2015

Recolectores de Piñas


          Dado lo espectacular de las imágenes y que se trata de una técnica ya en deshuso, he creido oportuno compartir con todos los seguidores del blog una imágenes del NO-DO que no tienen desperdicio. En gran medida y a pesar de que se trata de una especie que no está en presente en el altoaragón, viene muy bien para ilustrar el contenido de un antiguo post sobre los semilleros en Huesca que publiqué el año pasado. Obviamente, esta tecnica no se llegó a usar en ningún momento en nuestra provincia pero sirve en gran medida para ilustrar la dificultad de obtener las piñas para extraer los piñones. 
Recolector de piñas de abeto en monte de Villanúa (Huesca). Foto: Archivo Cartagra
          Lo más parecido que podemos encontrar en el altoaragón fue la obtención de piñas de Abeto (Abies alba) pero dada la diferente morfología arbórea del mismo respecto al Pino Piñonero (Pinus pinea), el acceso hasta las copas de los abetos resultaba más fácil. A pesar de lo dicho, además de agilidad, resultaría también básico una buena técnica para conseguir alcanzar las ramas más bajas del abeto pues en más de un caso quedarían a mayor altura que la del recolector.  Después se sometían las piñas a un proceso de secado y de ellas se extraían los piñones. Estos eran sembrados en los viveros donde se obtenían las plántulas que posteriormente se usarían en las repoblaciones forestales de más de un paco o umbría perinenca.

         Os recomiendo pinchéis en el video inferior y comprobéis por vosotros mismos cómo se las gastaban, hace ya casi medio siglo, en los montes del interior penínsular, concretamente en los de Hoyo de Pinares (Ávila). No sé cual debe ser el gentilicio de los nativos de ese pueblo pero bien fácilmente se les podía apodar como esquirgüelos.

        

 


Nada más. A plantar fuertes...




jueves, 20 de agosto de 2015

El proceso de compra-venta de los montes en Huesca (III)

      Llegados a este punto seguro que una rápida recapitulación de los anteriores post nos vendrá muy bien para situarnos en el contexto del momento. Tras superar todas las vicisitudes surgidas entre los propietarios, estos finalmente alcanzaron el quórum suficiente y necesario para poder dar el siguiente paso. Este consistió en presentar al máximo responsable del PFE la pertinente oferta de venta escrita. Además de las firmas de todos ellos, en esa oferta se especificó una cantidad concreta de dinero acordada seguramente en alguna reunión entre todos los particulares. En la mayoría de los casos las cantidades solicitadas inicialmente por los propietarios carecieron de una base ajustada a los valores mercantiles del  momento. Personalmente tengo la sensación que se concretaron en base una referencias poco contrastadas y se tendió a fijar cantidades por exceso con el convencimiento de que siempre habría ocasión para ser rebajadas. Por este motivo la inmensa mayoría de los expedientes que he estudiado demuestran que fueron excepcionales los casos en los que el PFE acabó dando por bueno el precio inicial solicitado por la parte vendedora. Hay de decir en este punto que también se dieron situaciones totalmente opuestas. En el caso del monte Las Torallas y El Vedado, ambos en Cornudella de Baliera (Ribagorza); la Pardina de Fanlo, Sandiás y Secorún (Alto Gállego) o Grustán (Ribagorza), el PFE acabó pagando a sus propietarios más dinero del solicitado inicialmente por ellos. En el resto de casos, salvo varios en los que el PFE igualó el precio solicitado, en todos los demás el PFE acabó pagando finalmente bastante menos de lo que pretendían los propietarios. Hubo casos en los que el precio final pagado por el PFE fue hasta menos de la mitad de lo solicitado inicialmente. Esto sucedió entre otros muchos casos en Bergosa (Jacetania); Ceresuela, Basarán y Berroy (Sobrarbe); Asún y Pardina San Esteban (Alto Gállego) (1).
Mapa donde se muestran las repoblaciones realizadas durante los primeros años de funcionamiento del PFE, desglosados por provincias. Foto: Archivo Cartagra
      Lo cierto es que las valoraciones elaboradas por los ingenieros de montes del PFE resultaron ser bastante exhaustivas y metódicas pues todas siguieron un guión y unas instrucciones idénticas establecidas por los responsables del PFE. En prácticamente todos los expedientes consultados lo primero que hicieron los ingenieros del PFE fue realizar levantamientos topográficos de los montes de interés para saber exactamente por donde discurrían los límites de la finca que querían comprar así como la superficie de la misma. Hubo muchos casos en los que la superficie señalada por los propietarios en su oferta de venta presentó una diferencia importante con la cifra obtenida tras los trabajos topográficos pertinentes. Una vez concluidas aquellas valoraciones cada responsable regional las revisaba individualmente y no faltaron casos en los que por no ajustarse a esas instrucciones previas o bien por incluir errores o carencias, acabaron siendo devueltas a sus autores para que fueran revisadas y corregidas. Ante esta tesitura es fácil imaginar que fueron muy pocos los casos en los que los propietarios se conformaran y admitieran a la primera las cantidades reflejadas en tales documentos oficiales. No faltaron las críticas, sobre todo de aquellos más escépticos, quienes llegaron a decir que por ese precio no merecía la pena vender ni desplazarse a ningún lado a firmar escrituras alguna. Finalmente y a la vista de la posición inamovible del PFE, amparado además como ya ha quedado dicho, en unos sólidos argumentos técnicos así como también en unas disposiciones ventajosas para sus intereses, los propietarios acabaron aceptando las cantidades propuestas por la administración forestal.

      Pero paradojas de la vida, el verdadero problema al que se tuvieron que enfrentar los propietarios acabaría siendo otro bien diferente. Este surgió como consecuencia de la deficiente inscripción en el Registro de la Propiedad de las fincas objeto de compra por parte del PFE. Sucedió que muy pocos propietarios tenían la totalidad de su fincas debidamente registradas lo que permitió que en realidad hubiera más fincas y de superficies mayores de las que constaban en las escrituras de cada propietario.  El objetivo último de estos era reducir al máximo el impuesto de la contribución rústica. Esta situación, que técnicamente se le denomina como exceso de cabida, implicó serios perjuicios para aquellos propietarios que no tuvieron las escrituras actualizadas. Eso suponía que en el momento de firmar la escritura de venta, el PFE sólo les pagaría por las fincas y superficies que aparecieran inscfritas en el Registro de la Propiedad. Para que pudieran cobrar el importe correspondiente a las fincas que no aparecían registradas, según las leyes del momento, deberían transcurrir nada menos que dos años. Ese era el plazo de tiempo establecido legalmente entonces por si aparecía alguna otra persona o entidad que pudiera reclamar la propiedad de esas fincas no escrituradas. Si transcurría ese tiempo sin que nadie presentara reclamación alguna, las fincas que constituían ese exceso de cabida ya podían inscribirse en el Registro de la Propiedad a nombre del nuevo propietario. Esta circunstancia supuso un duro golpe y un serio contratiempo para los planes de los propietarios afectados. Aunque no puede generalizarse, hubo infinidad de situaciones en las que me atrevería a decir que quienes se vieron perjudicados por este imprevisto cobraron a la firma hasta un 40% menos del total que les correspondía. Debo señalar que también hubo algunos casos en los que ese porcentaje fue incluso mayor. La práctica demostró también que esos dos años de espera en muchísimos casos acabaron convirtiéndose en tres o incluso más años. Así pues, muchos cobraron cantidades que habían sido calculadas y fijadas hasta cuatro años atrás. Eso supuso una merma importante en los capitales recibidos pues la pérdida del poder adquisitivo por parte de los vendedores acabó siendo muy significativo. Hubo casos extremos como el de un propietario de Cillas (Alto Gállego) emigrado a Monzón quien tardó en cobrar ese dinero retenido nada menos que siete años.
Carátula de la carpeta que contiene toda la documentación del proceso de compra del pueblo de Cillas perteneciente en ese momento al Ayuntamiento de Cortillas. Foto: Archivo Castagra
      Pero aquél imprevisto llegó incluso a poner en serio peligro la firma de la operación de compra-venta de más de un pueblo. De hecho, más de un expediente quedó temporalmente paralizado y hasta los propietarios en algunos casos se echaron atrás una vez constataron aquella circunstancia que, dicho sea de paso, nadie les llegó a explicar en detalle. Si hubo un lugar donde esta situación fue más reveladora pues estuvo a punto de dar al traste con las adquisiciones ya casi cerradas de varios pueblos, fue en el Valle de la Garcipollera (Jacetania). Al final, aquella situación se saldó con una solución que hasta entonces no se había aplicado en ningún otro expediente de compra anterior. El Art.3 de la Ley sobre Repoblación Forestal y Ordenamiento de los Cultivos Agrícolas integrados en los terrenos comprendidos dentro de las cuencas alimentadoras de los embalses de regulación (LRFOCA) contempló el supuesto de la expropiación forzosa en aquellos casos en los que los propietarios se negaran a repoblar los terrenos por sus propios medios o cuando no accedieran a la venta voluntaria de los terrenos calificados de interés forestal por parte del PFE. La ventaja para los propietarios a los cuales se les expropió forzosamente sus terrenos fue que, al contrario del resto de expedientes de compra en los cuales aparecieron situaciones de exceso de cabida y cuyos propietarios afectados aceptaron la demora de dos años en el pago de las cantidades, en estos casos en cambio el PFE accedió a pagarles íntegramente y de una sola vez la cantidad correspondiente  por el total de los terrenos vendidos. Y cuando digo íntegramente me refiero a que en esos casos también se les pagó por aquellas fincas no contempladas en las escrituras. Esta circunstancia era inherente al procedimiento de expropiación forzosa. De esta forma fue como finalmente adquirió el PFE en el valle antes referido núcleos como Acín, Larrosa, Pardina Iguácel o Villanovilla (1). Esta modalidad de adquisición mediante la fórmula de la expropiación forzosa acabó conformándose en una de las principales críticas que siempre se han realizado a aquella política de adquisiciones aplicada por el PFE. Lo que quizás no saben muchos de esos críticos es que dentro de una situación de imposición como era  la que nos ocupa ahora, esa fue la opción que más benefició y mejor defendió los intereses de los propietarios.


      Pero dejando a un lado la excepcionalidad de los casos en los que se recurrió a la expropiación forzosa, lo habitual fue que la parte vendedora acabara aceptando la valoración realizada por el PFE. Así pues, una vez solventados en primer lugar todos los desacuerdos entre los vecinos, las discrepancias con las ofertas del PFE y hasta el gran imprevisto de la demora teórica de dos años, llegó la hora de realizar el pago. Este se efectuó en el mismo momento de firmar la escritura de compra-venta entre todas las partes, denominada también como Carta de Pago. La manera de proceder llegados a este punto fue prácticamente idéntica para todos los expedientes de compra. El PFE buscaba en una población próxima al lugar donde se encontraba el pueblo comprado un notario que sería el encargado de redactar las correspondientes escrituras. En la provincia de Huesca los notarios más requeridos por el PFE ejercían en las poblaciones de Jaca, Boltaña, Gráus, Benabarre, Barbastro y Huesca básicamente. Una vez supervisados todos los datos personales así como la correcta enumeración de las fincas y los respectivos datos registrales de todos los vendedores, se redactaba la escritura y quedaba lista para su firma. En ella también quedaban recogidas las cantidades totales que correspondían a cada propietario, las que se le pagaban en el momento de la firma y aquellas cuyo pago quedaba demorado por corresponder al exceso de cabida derivado del defecto de inmatriculación (2).
Carátula de la escritura de compra-venta del pueblo de Giral perteneciente al Ayuntamiento de Burgasé. Foto: Archivo Cartagra
      A partir de ese momento el notario fijaba una fecha y una hora para proceder a su firma la cual comunicaba por escrito a todas las partes. Las citaba en la misma localidad donde tenía ubicado su despacho, y a pesar de que siempre se intentaba notificar con antelación suficiente a todos los vendedores, se repitieron bastantes casos en los que los avisos no llegaron a tiempo. Esto supuso que más de un vendedor no acudiera puntualmente a la cita para la firma. Si faltaba más de uno de ellos se llegó incluso a suspender dicho acto y se convocó posteriormente de nuevo a todas las partes. También hubo algún caso extremo en el que varios vendedores se arrepintieron a última hora por el motivo que fuera y decidieron no acudir a la firma de la escritura pensando que así conseguirían paralizar todo aquél procedimiento. Finalmente aquellos vendedores acabarían firmando igualmente la escritura en cuestión. En este mismo acto y tras estampar la pertinente firma tanto el amo de la casa como su esposa, era cuando se procedía al pago de las cantidades acordadas.

      Por último, cabe señalar que la presencia en este acto de la esposa del propietario de la hacienda vendida tenía carácter obligatorio. La inclusión de su firma en este expediente de venta y en las escrituras era imprescindible pues con ella los responsables del PFE querían garantizarse la no aplicación de la cláusula del derecho de viudedad expectante contemplada en el derecho foral aragonés. Es decir, en caso de fallecimiento del titular de la hacienda que se vendía al PFE, la viuda del mismo renunciaba a cualquier tipo de derecho sobre las propiedades en cuestión.




Fuentes y Bibliografía:

- (1): Trabajo en preparación.

- (2): Archivo Fondo Documental del Monte; Ministerio de Agricultura y Medio Ambiente,          Madrid.