viernes, 3 de febrero de 2017

Memoria de Papel (13)



          En un anterior post me refería a varias guías aparecidas en los años 60-70 a las que califiqué como antecesoras de las abundantísimas guías que actualmente copan esta sección en cualquier librería que visitemos. Pues bien, en la presente entrada incluyo otras dos publicaciones que bien pueden calificarse también como precursoras dentro de este género pues fueron publicadas antes que las incluidas en el post antes referido.


Turismo Altoaragonés

Portada del primero de los volúmenes de esta
 colección. Foto: Archivo Cartagra

           Esta publicación apareció a mediados de 1969 y lo hizo de la mano del periódico Heraldo de Aragón. Esta escrita por José Cardús Llanas quien durante muchos años trabajó como ginecólogo en la Beneficencia Provincial de Huesca. Este hombre venía publicando desde hacía un tiempo y con periodicidad semanal en el Heraldo de Aragón. Se trataba de una crónica sobre viajes que aparecía incluida dentro de una sección denominada "Turismo Altoaragonés". 


              Llevaba escribiendo en tal sección cerca de seis años y durante ese tiempo se había hecho eco de más de 160 reseñas distintas en las que se incluyeron pueblos, iglesias, monasterios, casas nobles, pantanos, lagos, valles, etc. Pero antes de comenzar a escribir en el Heraldo, el Dr. Cardús ya había estado escribiendo también otros diez años reseñas similares para otro periódico provincial, El Cruzado Aragonés. El ámbito de todas esas reseñas se limitó durante esos dieciséis años única y exclusivamente a la provincia de Huesca y según los cálculos de quien prologó el libro que ahora nos ocupa, había realizado más de doscientos mil kilómetros por la geografía oscense.


              El volumen que ahora me ocupa incluyó nada menos que 54 reseñas a lo largo de sus 226 páginas, las cuales se repartían de forma aleatoria entre las distintas comarcas altoaragonesas. Casi todas incluían alguna fotografía tomada por el propio doctor cosa no muy habitual del todo en las publicaciones del momento. A esta publicación inicial le siguieron otras más en las que quedaron recopiladas las innumerables reseñas escritas por reste hombre. Según he podido saber, fueron al menos once volúmenes los que Heraldo de Aragón publicó entre 1966 y 1979.



El Alto Aragón Monumental y Pintoresco
Portada del ejemplar en cuestión

              Estamos ante un libro publicado por la Librería General de Huesca la cual estuvo ubicada en el Coso Bajo nº 4 de la capital oscense. Vió la luz nada menos que en 1913 y fue escrito por dos ilustres oscenses. Por un lado Ricardo del Arco, Cronista de Huesca y miembro de la Real Academia de Historia. Por otro, Luciano Labastida, miembro de la Sociedad Turismo del Alto Aragón. Esta publicación contó además con el prólogo de Luis López Allué quien vino a señalar, entre otras cosas, que este libro era más que necesario pues apenas habían sido difundidos los valores turísticos de la provincia oscense. Y además añadió que no había mejor forma de hacerlo que de la mano de esos por aquél entonces jóvenes e intrépidos oscenses.


              En su escasas 85 páginas se incluyeron apenas una docena de artículos que nos hablan de los valores y los argumentos turísticos de Huesca, Jaca, el castillo de Loarre o el de Alquézar, San Juan de la Peña, San Miguel de Foces, San Martín de la Val d'Onsera o el Monasterio de Sigena. Las mayoría de estas reseñas incluyen alguna fotografía cuyos autores principales son Lucien Briet, Sopena, García Ciprés, M. Supervía, La Moderna o Viñuales.



Notas y Bibliografía:

- Mi agradecimiento expreso a José Luis Gavín por poner a mi disposición su estupenda biblioteca personal.

domingo, 22 de enero de 2017

Memoria de Papel (12)



El Pirineo Español


       Pocos libros de cuantos abordan la temática pirenaica tienen la solera y la personalidad del que ahora nos ocupa. Su autor, Ramón Violant i Simorra, reconocido etnógrafo y folclorista catalán, dedicó prácticamente toda su vida a recorrer y conocer los valles pirenaicos, sus habitantes y sus costumbres. A pesar de ser sastre de oficio, acabó trabajando como conservador en el museo etnográfico de Barcelona. Se involucró de lleno tanto en su papel de conservador como en el de recopilador de ingente cantidad de información, escrita y gráfica. Tras muchos años de trabajo, toda ella acabó conformando el magnífico contenido del libro que ahora nos ocupa. Este libro lo dedicó al filólogo y romanista de Hamburgo Fritz Krüger, otro ilustre que recorrió esta cadena montañosa a principios del siglo XX y a quien profesó una gran admiración y afecto. Fue publicado por la Editorial Plus Ultra de Madrid en 1949 y a partir de allí, la gran acogida que tuvo el mismo, hizo que se reeditara sucesivamente en 1985, 1989, 1997 y 2003.

Portada de la edición original
         En las cerca de setecientas páginas de su última edición se incluyen un total de trece capítulos en los que se va desmenuzando la ardua labor de campo realizada por este hombre. Tras una introducción general a la cadena pirenaica, su autor pasa a hablar de la economía; los habitantes; la vivienda; el hogar y la vida doméstica; nacimiento, matrimonio y muerte; organización social y pecuaria; la caza y la pesca; la vida pastoral; la vida agrícola; creencias, mitos y supersticiones; fiestas populares y representaciones, danzas y deportes. Sus páginas van salpicadas de magníficas fotografías que con el paso de los años se han convertido en unos documentos gráficos de incalculable valor. Recogen escenas cotidianas de diferentes valles pirenaicos, habitantes de los mismos ataviados con unas prendas hace días desaparecidas, construcciones típicas adaptadas a los recursos naturales de cada valle y paisajes casi irreconocibles en la actualidad. Incluye también un gran número de láminas en las que aparecen fielmente dibujados infinidad de aperos y herramientas agrícolas, útiles domésticos, tipos de chimeneas pirenaicas o útiles para la caza y la pesca. En definitiva, estamos ante uno de esos libros que sin temor a equivocarnos, bien puede calificarse como básico e imprescindible en cualquier biblioteca perinenca que se precie.


Civilización Pirenaica


          Estamos ante un título más que sugerente y que de entrada llega a resultar muy ambicioso. Luego al ojear su contenido ya comprobamos que su ámbito se reduce bastante pues se refiere básicamente a la Ball de Benás. Su autor es Ángel Ballarín Cornel quien en el momento de publicar este libro, allá por febrero de 1972, ya contaba en su poder con otras publicaciones anteriores, centradas igualmente en este espacio perinenco. Una se tituló El Valle de Benasque y la otra Vocabulario de Benasque con lo que resulta más que evidente el interés que el autor profesaba por esta zona. No en vano era oriundo del mismo Benasque y una vez jubilado se dedicó a recopilar cuanto había aprendido y conocido a lo largo de su vida. Según este autor, toda civilización reposa sobre tres elementos principales: el medio, la raza y la lengua. Así pues, el contenido del presente libro se encarga de desgranar todas las cuestiones que giran alrededor de esas tres grandes materias. 

Carátula del libro comentado
           A lo largo de sus páginas el autor va desglosando un contenido que divide en cuatro claras partes. La primera la denominó Vestigios Ancestrales y en ella habla de la supervivencia de determinadas cuestiones en ese valle que son las que han conseguido darle a lo largo de los siglos esa idiosincrasia propia que le distingue de otros valles pirenaicos. La primera parte nos habla de cuestiones relacionadas con los animales y con las personas. También del transporte con la ayuda de animales, del calzado o de la legua propia del valle que resulta ser uno de sus rasgos más carismáticos. En la segunda parte se centra básicamente en la toponimia del valle e incluye relaciones del nombre autóctono de todos los pueblos del valle, los nombres de las casas y del origen y significado de muchas de esas palabras. La tercera parte la dedica a abordar les diferentes leyendas que recopiló y que se centraron en la de San Marcial, la Virgen de Guayente o la del rebaño petrificado. En la última incluye  una recopilación de refranes, adivinanzas y dichos de Benasque así como los motes aplicados a los diferentes pueblos del valle y a sus habitantes.









viernes, 13 de enero de 2017

El proceso de compra-venta de los montes en Huesca (II)



            Pero junto a los dos claros planteamientos a los que me referí en el anterior post de esta Memoria Forestal aún hay que señalar, aunque sea con carácter temporal, la existencia de otro nuevo grupo. Se trata de aquellos amos que tras escuchar los argumentos de unos y otros siguieron sin definir su postura. Debe indicarse que llegó a existir un buen número de indecisos, los cuales en más de un caso, acabaron siendo los que en última instancia permitirían que la balanza se inclinara hacia un lado u otro. Por este motivo fue el colectivo que más preocupó a los ingenieros de montes de la Brigada Aragón del PFE. Estos fueron conscientes desde el primer momento que si les conseguían poner de su lado acabarían logrando la adquisición completa de más de un nuevo pueblo. Así es como no dudaron en desplazarse las ocasiones que fueran necesarias a alguna de las reuniones informativas convocadas por los ayuntamientos respectivos o incluso a instancias de los mismos propietarios. 
           Quien primero supo jugar aquél trascendental papel fue el ingeniero de montes Miguel Navarro Garnica quien siempre estuvo dispuesto a viajar y a reunirse en cuantos pueblos hiciera falta. También hubo ocasiones en las que fue él mismo quien tomó la iniciativa sobre este particular. Uno de los primeros desplazamientos que he podido constatar fue al pueblo de Casbas (Comarca del Alto Gállego) en la primavera de 1952 pues allí se dio una de estas situaciones de indecisión entre sus vecinos (1). Varias de las personas con las que en su día pude hablar sobre las repoblaciones forestales han coincidido en señalar, al contrario de lo que inicialmente pudiera pensarse, en el talante abierto y dialogante de este ingeniero. Hay que decir que en aquellos años Navarro Garnica era el responsable de la Brigada Aragón del PFE en esta región y estaba destinado en Zaragoza, lugar donde radicaban las oficinas de este organismo forestal. Su gran labor acabó viéndose compensada años más tarde con su nombramiento como director del mismísimo PFE y su traslado a la sede central en Madrid.

Berbusa, en el Alto Gállego, uno de los primeros pueblos adquiridos por el PFE

      Tras agotarse todas las vías de negociación sin haber conseguido cambiar la opinión de los escépticos, al PFE aún le quedó una carta por jugar. Esta estrategia fue aplicada ya no sólo por los ingenieros del PFE sino también por los de la Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE) en sus expropiaciones de terrenos para la construcción de al menos el embalse de Mediano. Su carta en la manga para convencer a aquellos propietarios más reticentes fue, como última opción insisto, ofrecerles una plaza como colono en alguno de los nuevos pueblos de colonización que el Instituto Nacional de Colonización (INC) estaba construyendo en varios puntos del sur de la provincia oscense. Esta opción sólo fue empleada en las adquisiciones de una minoría de pueblos que bien debe calificarse, si no excepcional, sí atípica. Esta situación se ha podido constatar en la compra de al menos Basarán en 1954 y Cillas en 1961 (2).
 

      Una vez que se hubieron despejado las posibles dudas de algunos de los propietarios, las posiciones entre todos ellos ya quedaron bien clarificadas. Lo cierto es que llegados a este punto es muy difícil resumir cual fue la reacción de los pueblos ante aquella situación sutilmente impuesta. No todos los pueblos y sus respectivos propietarios respondieron de igual forma pues en esa respuesta intervinieron en gran medida las particularidades propias de cada uno de los pueblos afectados. En esencia puede decirse que se presentaron hasta tres situaciones diferentes aunque a continuación hay que decir que todas ellas acabaron reduciéndose a una única postura que fue la que se decantó finalmente por la venta. Cabe recordar en ese punto nuevamente que la legislación vigente al respecto en esos momentos, como ya se apuntó en algún post anterior, apostó claramente por defender los intereses de la administración forestal y por tanto del régimen dictatorial del momento, en detrimento de los propietarios particulares.­­ Una de las disposiciones que permitieron al gobierno del momento llevar a la práctica su política forestal de una forma más clara fue la Ley de 19 de diciembre de 1951. Esta disposición se complementó perfectamente con otras ya en vigor como fue la que dispuso la creación del mismísimo PFE y sus competencias.

Encabezado de la Ley sobre Repoblación Forestal y Ordenación de Cultivos Agrícolas sobre la que se sustentó buena parte de la política repobladora del PFE en nuestro país.

      La primera de ellas y quizás la más habitual, fue la situación que resultaba más favorable para los intereses del PFE. Es decir, todos los vecinos del pueblo acabaron manifestándose a favor de vender sus propiedades y en esta tesitura se encontraron inicialmente la mayoría de los pueblos. En esa situación el siguiente paso a dar por su parte era sencillamente acordar los detalles de la venta y las condiciones del pago en la correspondiente escritura de compra-venta. Otra situación diferente, la segunda, fue aquella en la que quienes se negaban a vender supusieron una mayoría de vecinos respecto a los que sí querían vender. Aquí fue cuando los ingenieros del PFE tuvieron que emplearse a fondo tanto echando mano puntualmente de las seductoras plazas de colonos referidas como recurriendo a amenazas más o menos veladas y de diferente calado en función de la situación y la tensión existente en cada caso. La tercera posibilidad se dio cuando los que querían vender eran numéricamente inferiores a los que se negaban. Sin embargo y hablando porcentualmente, esa minoría unida representaba más del 51% del total de la superficie del pueblo en cuestión. Esta situación tiene una fácil explicación pues se dio cuando varias casas fuertes de un mismo pueblo se aliaban y decidían apostar por la venta. Llegados a ese escenario quienes no querían vender acabaron teniendo que ceder, seguramente a regañadientes, a los intereses de la otra posición pues porcentualmente representaban mayor superficie. 
           En este tipo de casos se presentaron tensas situaciones sociales que dieron mucho que hablar en más de una comarca altoaragonesa. Con ello se extendió la sensación, no sin motivo, de que las casas pudientes se vieron una vez más favorecidas por aquella situación de dictadura pues acabaron imponiendo su criterio frente al de las casas más humildes.Tampoco faltaron casos en los que el PFE echó mano de recursos poco ortodoxos que generaron situaciones de tensión social que dieron mucho que hablar. Fueron muchas de esas situaciones las que permitieron que aún hoy en día se siga persistiendo en muchas zonas de la geografía altoaragonesa una reacción de rechazo al hablar del PFE. Tras ese proceso previo y una vez que todos los propietarios, de una forma voluntaria o  impuesta en mayor o menor medida acordaron vender al PFE. A partir de ese momento se inició la fase de compra-venta propiamente dicha. Tal cual dejó estipulado el Art. 61 del Reglamento del PFE, los propietarios debían presentar a este organismo una oferta de venta por escrito. Esta debía de incluir además del importe total que solicitaban por dicha venta, la firma de la totalidad de los propietarios de las fincas. 
           Tras revisar las ofertas escritas de prácticamente la totalidad de pueblos comprados por el PFE en esta provincia, llama también la atención una cuestión de orden menor. Me refiero al relativamente elevado número de propietarios analfabetos que existían en esas fechas pues las firmas caligráficas debieron ser sustituidas por una sencilla huella digital de tinta y su correspondiente aclara firma en la parte inferior. En este punto del procedimiento también se presentaron otras situaciones atípicas como cuando alguno de los propietarios llevaban tiempo viviendo fuera del pueblo. En algunos casos hacía ya años que habían emigrado, en más de un caso conocido incluso a la vecina Francia, por lo que fue necesario contactar con sus parientes conocidos más próximos. Estas situaciones acabaron solucionándose y simplemente lograron retrasar temporalmente la firma final de la venta (3).





Fuentes y Bibliografía:



- (1): Pinos y Penas en tiempos del Patrimonio; Carlos Tarazona Grasa 2006.

- (2): Trabajo en preparación

- (3): Fondo Documental del Monte; Mº Agricultura y Medio Ambiente, Madrid.