martes, 21 de marzo de 2017

La Memoria de los Árboles



            Miguel Ortega es desde hace más de una década el responsable del Centro de Interpretación del Salto de Roldán ubicado en Sabayés, pueblo de la comarca de la Hoya de Huesca y perteneciente al municipio de Nueno. Además es un hombre que desde hace ya muchos años se ha dejado llevar por las formas y las siluetas que muestran los árboles en plena naturaleza. Da igual que estén vivos o muertos. A los primeros los fotografía y observa desde sus raíces hasta su copa buscando alguna explicación a su altura o aspecto. A los segundos los disecciona con su mirada crítica y en ocasiones también con la ayuda de una sierra. Su deseo es llegar al interior de su tronco y desenmascarar sus entrañas. Y lo hace con paciencia y técnica hasta conseguir descifrar buena parte de la información que ocultan los anillos de crecimiento que contienen esos troncos.
Miguel Ortega delanta de uno de los paneles de su última exposición inaugurada recientemente en Huesca. Foto: Dominique Leyva

           Según ha contado “en los anillos de crecimiento del tronco de los árboles se almacena información sobre las condiciones en las que vivieron. A través de ellos podemos acceder a datos sobre el clima o los eventos del pasado que no aparecen en referencias escritas como por ejemplo incendios, aludes, deslizamientos de tieras o incluso plagas”. Guiado por ese afán lleva ya unos cuantos años recopilando muestras de troncos en su mayoría muertos los cuales encuentra en plena naturaleza. En otros casos son amigos suyos quienes conocedores de su afición no dudan en proporcionarle gustosamente parte de troncos o raíces. A partir de allí Miguel comienza su labor de disección e interpretación fruto de su larga experiencia en estos menesteres.
 
Varios paneles de su exposición de 2014

             En otras ocasiones recurre a expertos quienes le ayudan en su labor investigadora. Así es como alguno de esos entendidos recurre a la técnica de la dendroclimatología gracias a la cual se pueden realizar reconstrucciones climáticas a partir del crecimiento anual que experimentan diferentes especies arbóreas o leñosas. Estas proporcionan información sobre la temperatura o las precipitaciones de los últimos siglos sobre las cuales en muchos casos no se tiene constancia documental alguna.


            En octubre de 2014 presentó su primera exposición. Tras recorrerla el visitante se podía hacer una idea bastante aproximada del afán e interés de este hombre por escudriñar y buscar resultados sobre un material tan común como nada empleado para estos menesteres. Ahora nos presenta una nueva exposición bajo el título La memoria de los árboles. Estará expuesta en el Centro Cultural Manuel Benito Moliner (antiguo matadero de Huesca) desde el 14 de marzo hasta el 2 de abril. Cuenta en esta ocasión con la colaboración de Jesús Julio Camarero, científico del Instituto Pirenaico de Ecología dependiente del CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Cinetíficas). Como reza el título de uno de los paneles que la compone, en ella se nos explica entre otras cuestiones, cuál es la información del territorio que contienen los árboles de nuestro entorno.
 
Cartel anunciador de la exposición de 2014 y el de la presente de 2017

            Os recomiendo visitar la actual y dejaros llevar por las formas, dibujos y olores de cuantas muestras vegetales la conforman. Seguro que descubriréis todo un mundo que en más de un caso ni tan siquiera habíais imaginado. Sin lugar a dudas, este hombre tiene madera de curioso e investigador. 


domingo, 19 de febrero de 2017

Una mujer de armas tomar



En un anterior post titulado Un registro de embarque hice referencia a una mujer llamada Bárbara Navarro y en él señalé que en su momento dedicaría un post a la misma. Pues bien, ha llegado el momento de hablar con detenimiento sobre Bárbara, una mujer de armas tomar. Ese mismo carácter fue seguramente el que le llevó con tan sólo 21 años de edad a emigrar al Oeste americano, concretamente a San Francisco. Pero si hubiera sido por ella, habría emigrado al menos dos años antes pero debido a su juventud su madre no se lo permitió. Finalmente emigró en noviembre de 1920 y lo hizo acompañada de dos vecinas de Ansó: Sebastiana Vitales que tenía 18 años y Ramona Navarro de 25 años.

 Bárbara Navarro en un retrato de 1932 aproximadamente. Foto: Archivo Cartagra
De las dos últimas no he llegado a seguir su pista por tierras californianas. Sin embargo, sobre Bárbara sí que he conseguido obtener mucha información sobre su trayectoria en el Oeste americano. Con motivo de la realización del documental titulado “Borregueros” tuve ocasión de entrevistar a su hija Mabel en 2007 en Isaba (Navarra) y en 2009 en su domicilio de Vail, en el Estado de Colorado (EE UU).  Gracias a su testimonio pude saber que Bárbara comenzó a trabajar en el servicio doméstico de diferentes familias acomodadas de San Francisco. Debido una vez más a su carácter, cada vez que discutía con sus jefes optaba por coger la maleta con sus cosas y marchar en busca de otra casa en la que trabajar. Esta situación debió repetirse más de una vez por en su círculo más próximo la llegaron a apodar Bárbara la maletera. Al final dio con la familia Fredriks, de orígen judío con la que llegó a entablar una muy buena relación tanto profesional como personal. En esa casa permaneció unos cuantos años, prácticamente hasta que se casó.


Lo hizo con otro aragonés, Pascual Aznárez, al que conoció en San Francisco el cual era oriundo la Casa Sanbartolo de Ansó, quien había emigrado en 1921. El encuentro de ambos en una fiesta española en San Francisco fue más bien frío y distante. Nada más ser presentados por una emigrante vasca ambos se reconocieron a la primera. ¡Qué casualidad volverse a reencontrar tan lejos de sus valles natales¡. Bárbara recordó al instante a Pascual y el talante altivo de los mozos de Ansó cuando coincidían con las chicas de Fago en las fiestas de los pueblos de esa zona. Pero aquella distancia inicial pronto fue superada y ambos iniciaron una relación que concluyó en boda. Se casaron nada menos que en 1934 en el mismo ayuntamiento de San Francisco. Poco tiempo después apostaron todos sus ahorros en adquirir un rancho en Láncaster (California) y allí comenzaron una dura etapa como rancheros.
Bárbara Navarro y Pascual Aznárez en 1934 el día de su boda. Foto: Archivo Cartagra

Tras superar los primeros y complicados años, el matrimonio Aznárez tuvo la necesidad de contratar pastores para cuidar un rebaño cada vez más numeroso. Fue entonces cuando Bárbara tuvo claro que había que recurrir a sus conocidos de Fago. Así fue como contrataron a Joaquín y Donato Barcos de Casa Chesa de Fago. La mala suerte quiso que el mismo día que estos llegaban al aeropuerto de San Francisco, Bárbara enviudara. Era un 12 de junio de 1951 y la mañana de ese día, Pascual que contaba 52 años, sufrió un infarto y falleció prácticamente en el acto. 


A pesar del revés y lejos de plantearse vender el rancho y el rebaño, Bárbara hizo gala una vez más de su temperamento y decidió seguir adelante con el negocio de las borregas. Gracias a la ayuda de aquellos dos pastores fagotanos el rancho salió adelante no sin pocas dificultades. Poco después llegaría nueva ayuda desde Fago: Ángel Barcos en 1952, Ángel Corrales en 1953, Cristóbal Pérez en 1955 y Fermín Barcos en 1956. El empeño de Bárbara por mantener aquél negocio y prosperar en él hizo posible la llegada de más pastores desde España. En 1958 llegaron Pedro Escanero y Manuel Vál Borbón, ambos de Lanaja. En 1961 Ángel Escanero y así hasta otros ochos pastores más en los años sucesivos. En total, hasta que cesó en este negocio en 1971, llegó a contratar hasta diecisiete pastores aragoneses.
Bárbara y Pascual a la derecha junto a otro matrimonio español hacia 1938 durante alguna de las fiestas que organizaba en su rancho para recaudar fondos. Foto: Archivo Cartagra

Tras hablar con varios de aquellos borregueros, tanto residentes en EE UU como en España, todos coincidieron en destacar el mal genio de Bárbara. Pero su temperamento y coraje hacían posible que fuera ella misma quien negociara con otros rancheros de la zona el alquiler de nuevos cada temporada. No conducía por lo que siempre se hacía acompañar por uno de los pastores aragoneses quien únicamente hacía la función de conductor. Era ella únicamente quien trataba las condiciones del arriendo de pastos, la forma de pago y cuantas cuestiones fueran necesarias.

            Pero al mismo tiempo, detrás de esa mujer de armas tomar, había también una mujer muy generosa y de gran corazón. Mientras duró en España la Guerra Civil, Bárbara organizó numerosas fiestas en su rancho a las que acudían muchísimos invitados. Además de cobrarles entrada, organizaba bailes, subastas y rifas en todas las fiestas. Su objetivo final no era otro que recaudar fondos que luego ingresaba en una cuenta de la Cruz Roja Española para apoyar de esa forma la causa republicana. Fue tal su esfuerzo que en febrero de 1938, el Presidente del Comité Central de la Cruz Roja Española agradeció por escrito su colaboración económica y además este organismo le otorgó el correspondiente diploma acreditativo. Así pues, la distancia tampoco resultó ser un impedimento para que esta mujer colaborara activamente con este organismo y luchara con tesón por unos ideales que siempre tuvo presentes y muy claros. 




Fuentes y documentación

- Borregueros, Aragoneses en EE UU; Carlos Tarazona (trabajo inédito)


viernes, 17 de febrero de 2017

Memoria de Papel (14)



            La declaración del Parque Nacional de Ordesa en 1918 implicó la puesta en valor de un territorio que contenía un buen conjunto de valores naturales que hasta entonces habían pasado inadvertidos para una gran mayoría. A partir de ese instante surgió de forma progresiva, entre otras, una nueva necesidad para este territorio. Se hacía ineludible dar a conocer aquél valle, aquellos valores naturales y un entorno envidiable para de esa forma atraer visitantes, turistas y montañeros. En esa, para ese momento ardua labor de promoción, se enmarcan las dos publicaciones que muestro en el presente post y que dadas las fechas de su publicación, seguramente serán bien pocos los que las conozcan. Ambas podrían ser calificadas como unas de las primeras guías de este espacio natural protegido. Anterior a estas dos guías tan sólo conozco la Guía del Valle de Ordesa, publicada en 1929 en Madrid por Victoriano Ribera. 

Descripción del Parque Nacional del Valle de Ordesa


              En 1942 los Talleres Editoriales de Zaragoza publicaron una sencilla guía sobre este espacio titulada "Descripción del Parque Nacional de Ordesa".Tras ojear el contenido de sus páginas rápidamente puede concluirse que no estamos ante una guía al uso. Su autor fue Francisco Lordán Penella no describe ningún recorrido sino que ofrece al lector generalidades que versan sobre la geografía de la provincia de Huesca; turismo, alpinismo y excursionismo o parques nacionales entre otras cuestiones. Tan sólo uno de los seis capítulos de este libro está dedicado íntegramente al Parque Nacional de Ordesa en el cual hace una descripción general del mismo aunque sin describir excursiones propiamente dichas.

    Describe el camino de acceso a este paraje, la entrada al parque nacional, la explanada o pradera, el valle de Cotatuero, el valle central del río Arazas, las diferentes cascadas, el camino de Soaso o las posibilidades montañeras de este entorno. Llama poderosamente la atención un capítulo que dedica a la caza y la pesca, en el que llega a describir las infinitas posibilidades que este parque ofrece tanto a pescadores como cazadores. Menos mal que al final de este apartado incluye un párrafo bastante clarificador: "Pero (siempre el maldito pero) por aquí hallaréis tres guardas que os recordarán que no se puede cazar ni pescar, pues en los parques, los peces y la caza sirven para otros menesteres que para servir de sustento o de distracción a los amantes de la escopeta o de la caña de pescar. Aparte de fieles guardadores del Parque, estos empleados son muy atentos y si les consultáis os darán toda clase de detalles acerca de estos territorios ". Es fácil imaginar que la dotación de tan sólo tres guardas forestales para un espacio tan ámplio no garantizaba la salvaguardia de los principales valores naturales que este espacio albergaba. La falta de este personal de vigilancia junto al desinterés de diferentes responsables de este parque a lo largo de los años, ocasionó la desaparición de una especie emblemática de este espacio, el bucardo pirenaico. Paradójico no?...




El Parque Nacional de Ordesa


Sencilla carátula de libro publicado por
 la Comisaría de Parques Nacionales

            Esta publicación surge del propio seno de la Comisaría de Parques Nacionales, adscrita al Ministerio de Agricultura del momento. A su vez quedó enmarcada dentro de la línea de publicaciones que por esas fechas realizaba la Comisión de Sitios y Monumentos Naturales de Interés Nacional, dependiente también del ministerio antes referido. De hecho, el prólogo de este libro corrió a cargo del Vicepresidente de tal comisión, D. Eduardo Hernández-Pacheco. La guía fue escrita en 1935 por Arnaldo de España, un activo montañero de la época miembro de la Sociedad Española de Alpinismo Peñalara, con sede en Madrid. Según el propio prologuista se trataba de "... un entusiasta peregrino de las culminaciones orográficas y admirador de las bellezas de las altas cumbres y de los hondos valles de la variada, hermosa y bravía Hispania ". Esta publicación incluyó un mapa escala 1:50.000 del Instituto Geográfico Nacional en el que se representaban las excursiones descritas por su autor en el que según el prologuista se había "...revisado cuidadosamente la toponimia". Merece la pena también destacar el párrafo final de este prologo que decía lo siguiente: "Tal es la génesis de este valle, olímpico por su soberana belleza, en el que muy variados elementos de la naturaleza contribuyen a hacer de este paraje pirenaico uno de los más hermosos, esplénidos y deleitosos no sólo de la Península Hispánica, sino de toda Europa".

          Estamos ante una breve guía de este parque nacional de poco más de un centenar de páginas. A lo largo de su contenido se describen más de una veintena de excursiones que tienen como denominador común los límites de este espacio protegido. Al mismo tiempo y aunque ya fuera del entorno del Parque Nacional de Ordesa, incluye otros recorridos por zonas próximas y de gran interés paisajístico y montañero. Este es el caso de la excursiones descritas a la cima del Biñamala, Bujaruelo o a Panticosa, Piedrafita y Sallent de Gállego. Sus páginas aparecen ligeramente ilustradas con fotografías tanto del propio autor, del prologuista de la obra así como de algún otro fotógrafo del momento.


Notas y Bibliografía

- Mi agradecimiento expreso a José Luis Gavín por poner a mi disposición su estupenda biblioteca personal.