domingo, 19 de febrero de 2017

Una mujer de armas tomar



En un anterior post titulado Un registro de embarque hice referencia a una mujer llamada Bárbara Navarro y en él señalé que en su momento dedicaría un post a la misma. Pues bien, ha llegado el momento de hablar con detenimiento sobre Bárbara, una mujer de armas tomar. Ese mismo carácter fue seguramente el que le llevó con tan sólo 21 años de edad a emigrar al Oeste americano, concretamente a San Francisco. Pero si hubiera sido por ella, habría emigrado al menos dos años antes pero debido a su juventud su madre no se lo permitió. Finalmente emigró en noviembre de 1920 y lo hizo acompañada de dos vecinas de Ansó: Sebastiana Vitales que tenía 18 años y Ramona Navarro de 25 años.

 Bárbara Navarro en un retrato de 1932 aproximadamente. Foto: Archivo Cartagra
De las dos últimas no he llegado a seguir su pista por tierras californianas. Sin embargo, sobre Bárbara sí que he conseguido obtener mucha información sobre su trayectoria en el Oeste americano. Con motivo de la realización del documental titulado “Borregueros” tuve ocasión de entrevistar a su hija Mabel en 2007 en Isaba (Navarra) y en 2009 en su domicilio de Vail, en el Estado de Colorado (EE UU).  Gracias a su testimonio pude saber que Bárbara comenzó a trabajar en el servicio doméstico de diferentes familias acomodadas de San Francisco. Debido una vez más a su carácter, cada vez que discutía con sus jefes optaba por coger la maleta con sus cosas y marchar en busca de otra casa en la que trabajar. Esta situación debió repetirse más de una vez por en su círculo más próximo la llegaron a apodar Bárbara la maletera. Al final dio con la familia Fredriks, de orígen judío con la que llegó a entablar una muy buena relación tanto profesional como personal. En esa casa permaneció unos cuantos años, prácticamente hasta que se casó.


Lo hizo con otro aragonés, Pascual Aznárez, al que conoció en San Francisco el cual era oriundo la Casa Sanbartolo de Ansó, quien había emigrado en 1921. El encuentro de ambos en una fiesta española en San Francisco fue más bien frío y distante. Nada más ser presentados por una emigrante vasca ambos se reconocieron a la primera. ¡Qué casualidad volverse a reencontrar tan lejos de sus valles natales¡. Bárbara recordó al instante a Pascual y el talante altivo de los mozos de Ansó cuando coincidían con las chicas de Fago en las fiestas de los pueblos de esa zona. Pero aquella distancia inicial pronto fue superada y ambos iniciaron una relación que concluyó en boda. Se casaron nada menos que en 1934 en el mismo ayuntamiento de San Francisco. Poco tiempo después apostaron todos sus ahorros en adquirir un rancho en Láncaster (California) y allí comenzaron una dura etapa como rancheros.
Bárbara Navarro y Pascual Aznárez en 1934 el día de su boda. Foto: Archivo Cartagra

Tras superar los primeros y complicados años, el matrimonio Aznárez tuvo la necesidad de contratar pastores para cuidar un rebaño cada vez más numeroso. Fue entonces cuando Bárbara tuvo claro que había que recurrir a sus conocidos de Fago. Así fue como contrataron a Joaquín y Donato Barcos de Casa Chesa de Fago. La mala suerte quiso que el mismo día que estos llegaban al aeropuerto de San Francisco, Bárbara enviudara. Era un 12 de junio de 1951 y la mañana de ese día, Pascual que contaba 52 años, sufrió un infarto y falleció prácticamente en el acto. 


A pesar del revés y lejos de plantearse vender el rancho y el rebaño, Bárbara hizo gala una vez más de su temperamento y decidió seguir adelante con el negocio de las borregas. Gracias a la ayuda de aquellos dos pastores fagotanos el rancho salió adelante no sin pocas dificultades. Poco después llegaría nueva ayuda desde Fago: Ángel Barcos en 1952, Ángel Corrales en 1953, Cristóbal Pérez en 1955 y Fermín Barcos en 1956. El empeño de Bárbara por mantener aquél negocio y prosperar en él hizo posible la llegada de más pastores desde España. En 1958 llegaron Pedro Escanero y Manuel Vál Borbón, ambos de Lanaja. En 1961 Ángel Escanero y así hasta otros ochos pastores más en los años sucesivos. En total, hasta que cesó en este negocio en 1971, llegó a contratar hasta diecisiete pastores aragoneses.
Bárbara y Pascual a la derecha junto a otro matrimonio español hacia 1938 durante alguna de las fiestas que organizaba en su rancho para recaudar fondos. Foto: Archivo Cartagra

Tras hablar con varios de aquellos borregueros, tanto residentes en EE UU como en España, todos coincidieron en destacar el mal genio de Bárbara. Pero su temperamento y coraje hacían posible que fuera ella misma quien negociara con otros rancheros de la zona el alquiler de nuevos cada temporada. No conducía por lo que siempre se hacía acompañar por uno de los pastores aragoneses quien únicamente hacía la función de conductor. Era ella únicamente quien trataba las condiciones del arriendo de pastos, la forma de pago y cuantas cuestiones fueran necesarias.

            Pero al mismo tiempo, detrás de esa mujer de armas tomar, había también una mujer muy generosa y de gran corazón. Mientras duró en España la Guerra Civil, Bárbara organizó numerosas fiestas en su rancho a las que acudían muchísimos invitados. Además de cobrarles entrada, organizaba bailes, subastas y rifas en todas las fiestas. Su objetivo final no era otro que recaudar fondos que luego ingresaba en una cuenta de la Cruz Roja Española para apoyar de esa forma la causa republicana. Fue tal su esfuerzo que en febrero de 1938, el Presidente del Comité Central de la Cruz Roja Española agradeció por escrito su colaboración económica y además este organismo le otorgó el correspondiente diploma acreditativo. Así pues, la distancia tampoco resultó ser un impedimento para que esta mujer colaborara activamente con este organismo y luchara con tesón por unos ideales que siempre tuvo presentes y muy claros. 




Fuentes y documentación

- Borregueros, Aragoneses en EE UU; Carlos Tarazona (trabajo inédito)


sábado, 4 de febrero de 2017

La piedra de Sierrabilla

            Pocas son las situaciones en las que caminando por el monte nos demos de bruces con una piedra que contenga una inscripcion tan clarificadora como la que hoy nos ocupa. La piedra en cuestión se encuentra en la Collada Sierrabilla, nombre este que toma a su vez de un antiquísimo poblado de idéntico denominación que debió desaparecer allá por la Edad Media fruto de alguna peste o plaga. Sigue diciendo la tradición oral del entorno de Cerésola en cuyo monte se ubicaba, que tan sólo se libró que una mujer de aquella epidemia. Dicha mujer fue acogida entre todas las casas de Cerésola y las propiedada de ese pueblo acabaron siendo repartidas entre las casas del pueblo de acogida. Esta historia no se hace desconocida del todo pues bien podría ser una adaptación de otra similar pero que se refiere a dos abuelas cuya casa o pueblo también se amortó por otra plaga. Al margen de estas historias que tienen muchos elementos comunes entre sí, cabe señalar que este pueblo se ubicaba cerca de la línea divisoria de aguas que separa los cáuces del río Guarga y el río Basa, si bien estaba asentado en territorio de A Guarguera. Más concretamente en el monte que actualmente pertenece al pueblo de Cerésola.
Primer plano de la inscripción sobre la piedra de la Collada Sierrabilla.
            Y califico dicha inscripción como clarificadora pues tal y como muestra la imagen, esta resulta legible casi en su integridad. Quizás el segundo apellido ofrece alguna dificultad pero tras realizar un serie de averiguaciones se ha podido confirmar qué dice. La inscripción en cuestión nos muestra un nombre completo: Julián Castiella Beired. Este nombre aparece incluido dentro de un cuadrado más o menos regular mientras que a su izquierda se grabaron las iniciales de este mismo nombre aunque acompañadas de una fecha que nos sitúa en 1929. Seguramente esta es la fecha en la que la persona que corresponde a este nombre realizó la inscripción. Debajo de esas iniciales aparece otra inicial aislada, una C concretamente. En primera instancia pudiera pensarse que se tratara de la novia o la mujer del mismo. Pero habría que decantarse por la primera opción pues he podido saber que su mujer se llamaba María Hernández y para más señas procedía nada menos que de Zamora.

            Julián Castiella Biered nació en el seno de Casa Aguau de Cerésola y no hace tanto tiempo que falleció pues debió ser hace una decena de años aproximadamente. Cabe señalar también aquí y ahora que este apellido no es oriundo de Cerésola. Pedro Castiella, su padre, salió de un pueblo de Ballibasa, concretamente de Sobás, quien acabó casándose con una mujer de dicha casa apellidada Beired. En un año que no se ha podido precisar de finales de la década de los 60 del pasado siglo XX, Julián y su familia abandonaron Cerésola marchando a vivir a tierra baja. Primero debieron asentarse en Grañén y durante sus últimos años ya lo hicieron en Huesca. Pero a pesar de su marcha, aquél hombre dejó su impronta en forma de inscripción. La debió hacer muy posiblemente durante un número indeterminado de largas jornadas dedicadas al pastoreo allá por 1929, recorriendo el monte de Cerésola al frente del algún exiguo rebaño de ovejas y cabras.
Aspecto que ofrece el entorno donde se ubica la piedra en cuestión, semicubierta por los arizona y ubicada en el claro de un espeso joven pinar de pino silvestre.
            El aspecto que debía presentar el monte de Cerésola en aquellas fechas poco o nada tendría que ver con el que ofrece en la actualidad. Ahora, la vegetación ha cubierto prácticamente todo lo que antaño serían campos de cultivo y zonas de monte bajo donde predominariá el boj y alguna aliaga. De la ubicación del pueblo original de Sierrabilla nada ha llegado hasta nuestros días. Tan sólo se sabe que podría asentarse en algún punto de la pequeña llanura de terreo ubicada en esa zona. Seguro que para antes de la guerra estas laderas estaban sometidas a una presión humana inmensamente mayor que en la actualidad. El cierre de las las casas de Cerésola, salvo una que aún hoy día sigue abierta, permitió una larga tregua sobre la hoy lozana vegetación. Esto ha permitido que actualmente un espeso pinar de pino silvestre ocupe toda esta zona llana en la que antaño se ubicarían los campos que permitían subsistir a los habitantes de este pueblo. Si Julián Castiella Beired tuviera que pastorear hoy en día esta zona a buen seguro que antes o después acabaría extraviándose, o en su defecto, perdiendo más de una cabeza de su rebaño.

            A raíz de la publicación de este post tuve la suerte de que los dos hijos de Julián contactaran conmigo vía Facebook. Además de la grata sorpresa que para mí supuso este "encuentro", Jesús me proporcionó nueva información que desconocía en el momento de la redacción de este texto. Me aclaró que su madre llegó hasta Cerésola desde Almeida de Sayago (Zamora) pues por esas fechas había destinada en Cerésolo una profesora que era prima suya. Me facilitó la edad de nacimiento de su padre que fue en 1911 por lo que se puede concluir que cuando Julián realizó la inscripción que nos ocupa contaba tan sólo 18 años. La "C" aislada que aparece graba en la piedra corresponde a la primera letra de Cerérola. En 1955 la familia de Casa Aguau al completo emigró hasta Grañén donde Julián Castiella falleció en 1996. 


Retrato de Julián, el autor de la inscripción,
hacia 1929 precisamente. Foto: J. Castiella.
            Quien me iba a decir a mi que esta sencilla inscripción sobre una piedra perdida en medio de un monte tan alejado iba a dar tanto de sí. Y mucho menos propiciar un encuentro en la red con los dos hijos del protagonista. Son interacciones de la vida misma que no responden más que a la casualidad. Antaño unos escribían grabando sobre las rocas ayudados de escasos útiles, ahora lo hacemos desde casa y con herramientas digitales. Así es como la interacción surgida a través de Facebook me ha ofrecido unos resultados inesperados. Fruto de la misma he obtenido nueva información y hasta una fotografía del protagonista de la inscripcción que sin dudar incluyo en esta revisión del post inicial. Gracias al interés de su hijo Jesús Castiella, he podido aclarar también la otra inscrición menos evidente que aparece en la parte superior de la imágen. Se trata de las iniciales J B A las cuales corresponden a Joaquín Beired Ara. Este hombre que era sólo dos años mayor que Julián Castiella Beired, era hermano de su madre y por tanto tío carnal suyo. Ambos compartieron innumerables jornadas pastoriles en este paraje de Sierrabilla. Y además de espacio y tiempo, compartieron también uno de los escasos entretenimientos del que podían disfrutar en ese entorno, realizar grabados sobre las piedras areniscas como la de la imágen.



Fuentes y documentación:

- Mi agradecimiento personal a Mariángeles Grasa de Casa Juandomingo de Cerésola por su amabilidad a la hora de aclarar cuantas dudas le plantee en su momento.

- También mi particular agradecimineto a los hijos de Julián Castiella Beired quienes tras publicar este post contactaron conmigo a través de Facebook. En particular a Jesús quien además de darme información sobre la segunda inscripción, también me proporcionó una interesante fotografía de su padre que data más o menos de la misma fecha en que realizó la inscripción.