domingo, 26 de junio de 2016

La mano de obra forestal (II)


               Pero al margen de la necesidad que tuvo el PFE de ir a buscar hasta sus lugares de origen toda aquella mano de obra a la que me referí en el anterior post, este organismo también se nutrió de muchísima mano de obra local. Hubo épocas en la que toda mano de obra era bienvenida pues los trabajos previstos así lo requerían. Esta fue empleada básicamente en la apertura de hoyos y en la plantación de pinos, aunque poco a poco, también se fue usando para la apertura de imprescindibles pistas forestales necesarias para acercar tanto la planta como a las personas a los lugares más alejados. Aquellas primeras pistas forestales se abrieron de forma totalmente manual pues sencillamente, no existía maquinaria de ninguna clase en esos momentos. La ausencia inicial de compresores hizo obligado el uso de barrenas manuales o pistolos que había que llevar al herrero más próximo con mucha frecuencia para poder afilar su punta. El objetivo inicial en aquellos primeros casos fue conseguir habilitar un pista con un firme aproximado de unos dos metros de anchura. Aquellos trazados carecían prácticamente de cunetas y el objetivo principal fue permitir el paso a unos pequeños camiones usados en esos momentos conocidos con el nombre de Unimog. Dentro de esas cuadrillas iba una persona que en su condición de encargado, era el que más experiencia tenía en la apertura de esas pistas. Él solía ser quien decidía el trazado final y quien determinaba igualmente, en función de las limitaciones orográficas, la pendiente final de la misma (1).
Grupo numeroso de obreros pertenecientes a varias cuadrillas que trabajaron en la repoblación del monte de Aineto hacia 1952. Foto Archivo Pirenaico de Patrimonio Oral
               En las cuadrillas de peones que se dedicaban a la apertura de hoyos y plantación de pinos también solía haber un encargado. Eran por un general cuadrillas más numerosas que las de los bueyes o las que abrían pistas. El encargado de estas era escogido generalmente entre todos sus integrantes pues las mismas solían estar conformadas por gentes de una misma procedencia. De esta forma el PFE evitaba, al menos teóricamente, la aparición de conflictos personales dentro de cada cuadrilla cosa que por cierto no siempre consiguió. Ese responsable se encargaba de hablar con el guarda forestal o bien con el controlador y era a él a quien debía hacerle llegar el computo diario de los hoyos abiertos o bien de los pinos plantados. También era quien tenía que comunicarle cualquier incidencia en la cuadrilla como por ejemplo alguna lesión, ausencia temporal por enfermedad o bien baja definitiva por renuncia de algún integrante de la cuadrilla. Las relaciones mutuas de unos y otros siempre dio lugar a roces más o menos serios pues aparecieron situaciones de picaresca por ambas partes.

               Y ya que lo acabo de mencionar, hablaré también algo sobre otro empleado forestal que también jugó un papel importante en todos los trabajos forestales que ahora nos ocupan. Se trata de la figura del guarda forestal quien cumplió un papel de engranaje entre los numerosísimos obreros que se contrataban y el ingeniero de montes que dirigía la repoblación forestal propiamente dicha. La política aplicada por el PFE en aquellos años a la hora de nombrar guardas fue idéntica en la mayor parte del país. Conforme aumentaban los trabajos forestales en los montes, los ingenieros comenzaron a echar en falta disponer a pie de tajo a una persona de confianza que les mantuviera informados de cualquier cuestión o imprevisto en la marcha de los trabajos. Cuando observaban alguno de esos obreros que mantenía interés en la forma de ejecutar los trabajos, en cómo discurrían los mismos o percibían que tenía esa idea necesaria que sólo da la experiencia o el buen hacer proporcionan, acababan siendo nombrados como controladores. Una vez contrastada esa capacidad durante un tiempo finalmente se les solía nombrar guardas forestales. Años más tarde pasado el auge de las repoblaciones, el nombramiento de estos empleados fijos ya quedó regulado de forma específica y a partir de entonces se les requirió la superación de una prueba escrita de conocimientos varios.
Guarda forestal (de pie y con gorra) supervisando los trabajos de plantación con plantadora en una repoblación de Peralta de la Sal en 1965.  Foto: Archivo Cartagra


               Hubo ocasiones en las que la figura del guarda forestal resultó ser muy criticada pues fue objeto de acusaciones varias por parte de los obreros a su cargo. Entre otras cuestiones, el guarda era quien al cabo del día debía de apuntar los jornales a los obreros a su cargo y eso dio lugar a situaciones variadas. Desde obreros que se quedaron sin el jornal diario porque su rendimiento había sido escaso, hasta casos en los que aun habiendo trabajado bien, el guarda no apuntaba aquél jornal para quedárselo él. Tampoco faltaron casos en los que el guarda forestal pasaba por el tajo a comprobar si las hoyas abiertas manualmente  cumplían con las dimensiones exigidas o no, obligando sobredimensionar las hoyas abiertas en muchísimas ocasiones. En otras y para comprobar si el pino había sido correctamente plantado, tiraba del mismo hacia arriba con sus manos. Si lo arrancaba con facilidad era señal inequívoca de que estaba mal plantado pues no se había apretado suficientemente la tierra al rellenar la hoya. En ese caso reprendía a los obreros, les exigía mayor atención en la plantación e incluso les recordaba que si no lo hacían bien se quedarían sin jornal ese día. Cabe señalar a continuación que el guarda forestal tenía a su vez que rendir cuentas ante el ingeniero de montes, su inmediato superior. Si no tomaba el guarda forestal aquellas precauciones corría el riesgo que los pinos deficientemente plantados acabaran muriendo ese mismo invierno. Si el número de bajas en la plantación presentaba índices altos en una parte concreta de la repoblación, sólo había dos posibilidades para saber cuál fue la causa. Si en las repoblaciones próximas las bajas habían sido mínimas o escasas se descartaba prácticamente factores meteorológicos como sequía o lluvia. Llegados a ese punto la otra posibilidad que quedaba era pensar que la plantación había sido realizada de forma deficiente bien por hoyas pequeñas o bien por tierra poco apretada. Era entonces cuando ante la supervisión crítica del ingeniero, quedaba en entredicho la capacidad de ese guarda forestal para seguir dirigiendo cuadrillas de repoblación (2).


               El guarda forestal, como ya ha quedado dicho, era el responsable directo de llevar al día las listillas de jornales de todos los obreros a su cargo. En función de sus anotaciones los obreros cobrarían unas cantidades u otras. Durante mucho tiempo el pago de los jornales se realizaba quincenalmente y esta operación siempre respondió a un modelo que se repetía cada dos semanas.  Así era como se desplazaba, desde Zaragoza la mayoría de las ocasiones, un pagador que era quien llevaba consigo todo el dinero. Este se ponía de acuerdo con el inspector forestal de la comarca y juntos se presentaban en la repoblación en cuestión donde los obreros ya esperaban inquietos su llegada pues ese día lo tenían apuntado en su memoria de forma bien nítida. En las comarcas de Jacetania y Alto Gállego el inspector residió durante mucho tiempo en Jaca y salía al encuentro del pagador. Así era como durante varios días de la semana ambos recorrían las repoblaciones que se efectuaban en esas dos comarcas pagando a todos los obreros contratados. Esta forma de proceder  o muy similar se debió repetir en todas las comarcas oscenses. Las cantidades de dinero que se llevaban encima fueron más que significativas para el momento. Hubo casos como el de alguna quincena a mediados de los años cincuenta del siglo pasado que hasta la repoblación de Basarán (Sobrarbe) subieron desde la ribera del río Gállego el inspector y el pagador llevando encima más de 200.000 Pts del momento (1)
Yunta de bueyes abriendo fajas en un monte desconocido de la provincia de Huesca. Obsérvese cómo debido a la fuerte pendiente en el apero o brabant debían ir dos personas para abrir el surco correctamente. Foto: Archivo Cartgara

                 Muchos de esos hombres venidos de fuera enviaban parte del dinero obtenido a sus familias que quedaron en tierras andaluzas. El transcurso del tiempo acabó permitiendo el asentamiento definitivo en poblaciones altoaragonesas como Jaca, Castiello de Jaca, Sabiñánigo, etc. de algunos de aquellos hombres venidos del sur los cuales se integraron sin mayor problema entre la población local. Pero aquellos jornales también acabaron llegando a la población autóctona altoaragonesa que trabajó como peones en estos trabajos forestales. En la mayoría de los casos los jornales pagados por el PFE constituyeron muy posiblemente el primer dinero cobrado en su vida para multitud de aquellos hombres. Hombres que supieron aprovechar el parón invernal de estas montañas para conseguir un ingreso extra. Ese dinero les permitió comprar artículos y productos que de otra manera ni se hubieran planteado pues simplemente no tenían dinero con qué pagarlo pues entonces este apenas circulaba. Esa autonomía económica derivada de aquellos jornales hizo reflexionar a más de uno de esos hombres quienes empezaron a mirar con otros ojos la posibilidad de dejar todo lo conocido por ellos hasta ese momento. Más de uno comenzó a plantearse en serio la posibilidad de marchar a alguno de los incipientes núcleos industriales altoaragoneses como Sabiñánigo, Monzón, Huesca o Lérida entre otros (2). Las duras condiciones de aislamiento y de falta de servicios básicos como electricidad, educación, agua corriente o atención sanitaria, también tuvieron mucho que ver en ese replanteamiento referido.






Fuentes y Bibliografía

- (1): Pinos y Penas en tiempos del Patrimonio; Carlos Tarazona Grasa, 2006.
- (2): Archivo Fondo Documental del Monte; Ministerio de Agricultura y Medio Ambiente, Madrid.



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