martes, 4 de marzo de 2014

La Administración Forestal en Huesca



            Según los datos que se manejaban a principios del Siglo XX, cerca del 75% de la superficie de la provincia de Huesca era considerada como forestal, praderas, estepas, eriales o baldíos. Es decir, unas 902.946 Ha nada menos. Concretando algo más sobre la superficie estrictamente forestal, esta era calculada en esos momentos en más de 232.000 Ha de las que 228.280 Ha correspondían a 337 montes diferentes gestionados directamente por el Ministerio de Fomento (posteriormente se denominaría de Agricultura). Otras 38.885 Ha correspondían a otros 126 montes gestionados en este caso por el Ministerio de Hacienda. A todo ello había que sumar toda otra serie de terrenos de superficies desconocidas cuya propiedad correspondía a propietarios y entidades particulares (1).


Los cimientos de la administración forestal

 
Portada de las Ordenanzas Generales de
Montes de 1833. Foto: Archivo Cartagra
         
La creación de la administración forestal en Huesca, así como la del resto de España, hay que buscarla en las Ordenanzas Generales de Montes de 1833 (foto portada Ordenanzas). Estas contemplaron la primera Dirección General de Montes de nuestro país así como la división de su superficie en distintas unidades de gestión denominadas Distritos de Montes. Su entrada en vigor también supuso la creación de una importante estructura dotada de diferentes empleados de montes cuyas denominaciones iniciales correspondieron a las denominaciones de Comisionados, Agrimensores, Guardas Mayores y Guardas Celadores. Pocos años después, en 1845, aquellos empleos se reconvirtieron en Comisarios de Distrito, Peritos Agrónomos y Guarda-Montes. Una disposición de noviembre de 1856 creó los Distritos Forestales de Madrid, Jaén, Santander, Cuenca, Segovia, Ávila y Oviedo. Y en abril de 1858 se crearon cuatro distritos más, los de Guadalajara, Cáceres, Cádiz y Huesca (2). A principios del Siglo XX, el Distrito Forestal de Huesca gestionaba directamente los 337 montes de utilidad pública citados inicialmente los cuales sumaban un total de 217.720 Ha (1).


            El personal existente en nuestra provincia según contempló el Reglamento de la Ley de Montes de 1863 era el siguiente: 4 Ingenieros de Montes, 1 Ingeniero Ayudante, 8 Sobreguardas y 14 Guardas. Para principios del Siglo XX y tras sucesivas modificaciones, España llegó a contar con hasta 37 Distritos Forestales repartidos a lo largo y ancho de su geografía. Una nueva disposición de febrero de 1901 aprobó una nueva plantilla del personal de montes en la provincia altoaragonesa: 1 Ingeniero de Montes Jefe, 3 Ingenieros de Montes subalternos, 2 Ayudantes, 1 Escribiente de primera clase, 8 Capataces y 2 Sobreguardas. Esta disposición contempló también la creación del Servicio de Repoblaciones y Ordenaciones. Años más tarde se aprobó la Ley de Presupuestos de 1907 y tras su consulta podemos saber cuál era el personal de campo con el que contaba la administración forestal en Huesca: 2 Guardas Mayores, 8 Sobreguardas y 18 Peones Guardas. Para 1911 aquellas cifras cambiaron nuevamente quedando del siguiente modo: 2 Guardas Mayores, 11 Sobreguardas y 26 Peones Guardas. Un nuevo documento consultado (1) nos dice que para 1920 el personal adscrito a este Distrito Forestal estaba compuesto por 1 Ingeniero Jefe interino, 2 Ingenieros, 2 Ayudantes, 1 Oficial Administrativo, 1 Guarda Mayor, 1 Sobreguarda y 3 Peones Guardas destinados en las dependencias del mismo ubicadas en la ciudad de Huesca. Prestando el servicio de vigilancia de montes había repartidos por toda la provincia 1 Guarda Mayor más, 10 Sobreguardas y 33 Peones Guardas.
Guardia Forestal hacia 1869 según una acuarela de Juan Topete. Foto: Archivo Cartagra
            Esta misma fuente nos proporciona incluso información sobre cómo estaba repartido ese personal dentro de la provincia:

- Oficina: 1 Ingeniero, 1 Guarda Mayor y 3 Peones Guardas

- Brigada: 1 Ingeniero, 1 Sobreguarda y 3 Peones Guardas. Esta tenía asignados dos términos municipales, con un total de 11 montes que suponían una superficie de 11.335 Ha.

- Sección 1ª: 1 Ingeniero, 1 Ayudante, 6 Sobreguardas y 18 Peones Guardas. Gestionaba los montes de 81 ayuntamientos diferentes que suponían una superficie total de 106.138 Ha.

- Sección 2ª: 1 Ingeniero, 1 Ayudante, 3 Sobreguardas y 12 Peones Guardas.  Tenía adscrito 48 ayuntamientos y gestionaba directamente 136 montes con una superficie de 89.687 Ha.
Guardas Forestales del Distrito Forestal de Huesca hacia 1925. Foto: Archivo Cartagra


Las Divisiones Hidrológico Forestales


            A mediados de 1901, concretamente un 7 de junio, entró en vigor una disposición por la que se pusieron en funcionamiento las Divisiones Hidrológico Forestales en nuestro país. El trasfondo de la misma hay que buscarlo en las numerosas y desastrosas inundaciones sufridas en el Levante español a finales del siglo XIX. Ese fue el caso de las inundaciones de Valencia en 1864, o las de Murcia y Almería de 1879. Sensibilizado por aquella situación, el gobierno del momento pensó que la creación de estas divisiones habría de ser la herramienta perfecta para combatir dichas avenidas. La forma prevista era mediante la aplicación sobre el terreno de diferentes técnicas forestales entre las que habrían de jugar un papel muy importante las correcciones hidrológico forestales. Nuestra provincia quedó enmarcada dentro de la 3ª División de la Cuenca Media del Ebro. 

Sello oficial de la 6ª DHF. 
Foto: Archivo Cartagra

           Cada una de las diez diferentes divisiones que se crearon contaría con personal propio como Ingenieros de Montes, Personal Auxiliar, Capataces, Guardas, Peones de Ordenación y Vigilantes de Repoblaciones. Dentro del Servicio Hidrológico Forestal se creó también una sección dedicada a la recolección y abastecimiento de semillas forestales. Años más tarde un modificación territorial de estas divisiones hizo posible que la provincia de Huesca, junto a las otras dos provincias aragonesas, quedaran englobadas dentro de lo que se denominó 6ª División Hidrológico Forestal (6ª DHF) con sede en la ciudad de Zaragoza. Los montes gestionados directamente por la misma en la provincia de Huesca fueron 25 y entre todos ellos sumaban una superficie de 10.560 Ha. 


            Buena parte del trabajo desarrollado por la 6ª DHF en nuestra provincia ya quedó reflejado en gran medida a lo largo de los diferentes posts de las primeras entregas de este blog. En esos ellos se detallaron parte de los impresionantes trabajos de corrección hidrológico forestal acometidos sobre los cauces de diferentes afluentes del Río Gállego en las inmediaciones de la población de Biescas. En otra futura etapa se abordarán también algunos de los trabajos realizados en la cabecera del Río Aragón, cuyo objetivo principal fue la preservación de la estación internacional de ferrocarril que se construyó en el llano de Los Arañones frente a los aludes de nieve. También la integridad del propio trazado de la vía férrea. Los trabajos realizados tanto en una cuenca como en la otra permitieron poner de relieve la importancia de los mismos para combatir el gran problema que sacudía a grandes extensiones de nuestro país, la erosión, la cual se mostraba mucho más incisiva en estageografía pirenaica de grandes desniveles. La puesta en marcha de estos trabajos, su conclusión y la comprobación sobre el terreno de su elevada eficacia, permitieron que España se colocara durante esos años a la cabeza de las naciones europeas a la hora de tomar medidas eficaces contra la erosión y sus desastrosas consecuencias.


Las primeras repoblaciones forestales

            Ya me he referido a los importantes trabajos de restauración hidrológico forestal acometidos por la 6ª DHF en el norte de la provincia oscense. Durante su ejecución se acometieron importantes trabajos de repoblación de los que todavía disfrutamos en la actualidad tal es el caso de las efectuadas en la cuenca del Barranco de Arratiecho o el de Arás entre otras. 

Carátula del proyecto de repoblación forestal de la Sierra de Alcubierre de 1927. Foto: Archivo Cartagra
            Pero el Distrito Forestal de Huesca, a pesar de contar con unos presupuestos más exiguos, también fue capaz de plantear y acometer alguna repoblación dentro de esta provincia. De entre ellas merece ser destacada las efectuada en el Monte de Utilidad Pública nº 119, La Selva, perteneciente al pueblo de Buesa, dentro de la cuenca del Barranco El Rival. O las acometidas en la Sierra de Alcubierre aprobadas por un Decreto de 2 de junio de 1928, que preveía la repoblación de nada menos que 5.000 Ha en un periodo de diez años que afectaría a terrenos de Alcubierre, Lanaja y Robres (3).

            En el próximo post aportaré algo más de información sobre estas repoblaciones forestales pioneras en nuestra provincia.


            A plantar fuertes zagalas y zagales...






Fuentes y Bibliografía:


(1): Distrito Forestal de Huesca; Trabajo desarrollado por este Distrito durante el Año forestal de 1918 a 1919; Huesca, 1921.

(2): La Guardería Forestal en España; Carlos Tarazona Grasa; Editorial Lumwerg, Madrid, 2.002.

(3): Archivo Servicio Provincial Agricultura, Ganadería y Medio Ambiente de Huesca.



domingo, 2 de febrero de 2014

La Fiesta del Árbol (II)

          
            Hasta ahora he hablado del papel jugado al respecto por el político regeneracionista aragonés y sus esfuerzos por conseguir asentar esta fiesta en la sociedad española. Pero para ser justos con la historia, aún hay otro nombre propio que, llegados a este punto, tampoco debe ser obviado. Fue un ingeniero de montes llamado Rafael Puig y Valls y ostenta el honor de ser el otro gran impulsor de la Fiesta del Árbol en nuestro país. Nació en Tarragona un 31 de mayo de 1845 y murió en esta misma ciudad en enero de 1920.


Retrato de Rafael Puig y Valls
Foto: Archivo Cartagra
            Parece ser que durante la primera mitad del siglo XIX esta fiesta decayó algo aunque a continuación, a finales de ese mismo siglo, consiguió recuperar adeptos. En las causas de aquél resurgimiento tuvo mucho que ver el hombre que ahora nos ocupa. Fruto de su inquietud y de su interés por fomentar el respeto al arbolado, fue quien estuvo detrás de la creación en nuestro país de la primera Asociación de los Amigos de la Fiesta del Árbol. La creó hacia 1900 con la ayuda de Ricardo Codorniú, otro eminente ingeniero de montes que también destacó muchísimo en esa faceta sensibilizadora. De Puig y Valls son las siguientes palabras: "No hay agricultura posible sin montes, ni montes sin el amor de los pueblos al arbolado. Por esto, quien sepa inspirar a las generaciones del porvenir el amor al árbol, habrá hecho a España un beneficio incalculable... el árbol en el campo es un manantial de riqueza y en la montaña una imprescindible necesidad". 


            Su convencimiento al respecto le llevó incluso a propagar esta idea en la vecina Francia donde también tuvo una gran aceptación. Pero las consecuencias de su esfuerzo llegaron más allá pues tales ideas llegaron a otros países europeos donde también fue instaurado el Día del Árbol. Así sucedió en Italia, en Irlanda (1904) o en Noruega (1910). Quienes han estudiado la trayectoria profesional de este ingeniero de montes señalan que su punto de referencia hay que situarlo nada menos que en Estados Unidos. Allí, Herlin Morton, Gobernador del Estado de Nebraska, fue quien instauró en ese país la celebración del Arbor Day por primera vez un 10 de abril de 1872. Parece ser que Puig y Valls tuvo conocimiento de esta circunstancia a raíz de la visita que el mismo realizó a tierras americanas. Este viaje lo realizó en calidad de Comisario de la delegación que representó a España en la Exposición Universal de Chicago de 1893. (1)

Anagrama de la Asociación de los Amigos de la Fiesta del 
Árbol de Barcelona. Foto: Archivo Cartagra


      Con aquella información, nuestro hombre no dudó en comenzar su campaña nada más regresar a España. Así fue como con fecha 21 de septiembre de 1898, el periódico La Vanguardia publicó un artículo suyo titulado "La Patria y el Árbol. Síntesis de un proyecto y de su inmediata ejecución". De ese mismo artículo se hicieron eco también otras publicaciones de la época y entre todas consiguieron la máxima divulgación de tan novedoso planteamiento para ese momento. A lo largo de su contenido dejó bien clara la necesidad de favorecer el desarrollo de la vegetación forestal "...mirado bajo el punto de vista de la protección a la agricultura, el aprovechamiento racional de las aguas, de la conservación del suelo nacional, y del fomento de la riqueza española". El modo de conseguir llevar a la práctica ese objetivo pasaba por "inspirar a las generaciones del porvenir el amor al árbol". Evidentemente, resultaba necesario diseñar una forma o modo de llevar a la práctica esa clase de enseñanzas. Para dar una solución a esa cuestión propuso en este mismo artículo la creación de un premio que galardonara la mejor cartilla forestal. Al mismo tiempo, animó a los maestros para que anualmente organizaran y celebraran esta fiesta. Según Puig y Valls, aquella Cartilla Forestal debería de tener una orientación eminentemente pedagógica para que de esa manera quedara incluida dentro de la actividades educativas de las escuelas del momento (2). Aquél convencimiento respecto a la necesidad de fomentar las enseñanzas forestales le llevó incluso a presentar una propuesta en el Congreso Internacional de Selvicultura, celebrado en París a principios de junio de 1900. La misma fue aprobada por unanimidad entre los allí presentes y recogió entre otras ideas la siguiente: "Se introducirá la enseñanza de la selvicultura en las escuelas normales y en las primarias de todos los países". Aquella propuesta rápidamente la hicieron suya otras asociaciones europeas y entre todas ellas crearon la Sociedad de los Amigos de los Árboles. Al poco tiempo esta sociedad ya contaba con sedes en Nancy, Clermont-Ferrand o Moutiers, así como cientos de sociedades escolares por toda Francia (3). 

            Se ha podido constatar que la primera Fiesta del Árbol celebrada en nuestro país fue en 1898, el mismo año en el que se creó en Barcelona la asociación de amigos de esta fiesta pionera. tuvo lugar un 30 de abril en el Parc de la Ciutat de Barcelona, en la Sección Marítima de este parque y al costado del Museo zootécnico. A la misma acudieron nada menos que unos mil quinientos niños y niñas entre los que plantaron unos cuatrocientos pinos. Tras la plantación pronunciaron sendos discursos tanto el Alclade de Barcelona como el propio Puig y Valls (3).
Grupo de niños y adultos durante la celebración de la Fiesta del Árbol en la Puebla de Lillet (Barcelona) en 1904.
Foto: Archivo Cartagra
            Se ha conseguido localizar otra reseña de una Fiesta del Árbol promovida por nuestro hombre. Esta tuvo lugar en un pequeño pueblo de la provincia de Barcelona, La Pobla de Lillet, en 1904. Durante ese día se juntaron a todos los niños de la escuela, así como a distintos adultos, y en la partida conocida como Clot del Carnicé, fueron plantados por los niños hasta sesenta árboles. Tras la plantación, la organización ofreció a los niños una abundante merienda compuesta de pan, longaniza y hasta vino para los adultos. La banda de música de ese pueblo acompañó en todo momento aquella jornada "tocando escogidas piezas". Al regresar de la partida donde se realizó la plantación, y estando frente a la casa consistorial, el cura-párroco y el alcalde repartieron confites y pasteles "...dándose vivas al instaurador de la Fiesta del Árbol, D. Rafael Puig y Valls".


Portada de una de las publicaciones que 
se hicieron eco de esta fiesta.
Foto: Archivo Cartagra

            Pero aún hubo más actos ese día pues tras lo anteriormente expuesto, todos los asistentes ocuparon el salón de la casa consistorial donde prosiguieron varios discursos más así como sendos brindis. Allí se puso de manifiesto que, además de los árboles plantados durante esa jornada por los niños, durante el resto de año en esa población se habían plantado muchos árboles más: 420 árboles auspiciados por la viuda de Juan Artigas; 200 por los hijos de P. Puyol; 150 por Ángel Tarré; 100 por Ventura Costa; otros 100 más distribuidos por el propio ayuntamiento; 75 árboles por Tomás Casals y 60 más por Cándido Vilella. En total durante ese año de 1904 llegaron a plantar 1.165 árboles entre niños y adultos.
 

              Tan pronto se creó la Sociedad de los Amigos de la Fiesta del Árbol, Puig y Valls tuvo muy claro que la misma debía de contar con una herramienta divulgadora propia. Así fue como nació la publicación Crónica de la Fiesta del Árbol en cuyo escaso centenar de páginas se recogían todas las reseñas posibles de cuantas fiestas se organizaban anualmente. El primer ejemplar se publicó a raíz de las fiestas organizadas en 1898. Según su promotor, el objetivo que se perseguía con esa publicación era "...educar a los niños y los adultos, en el amor, defensa,  conservación y fomento del patrimonio forestal". Su publicación se financió con las cuotas de los socios miembros, con donativos y con suscripciones. El propio político aragonés Joaquín Costa fue también miembro activo de esta sociedad (3). Su consulta nos permite comprender la importancia que durante aquellos años se llegó a dar a esta fiesta, así como la implicación de diferentes autoridades en su organización o la amplia participación de la población local.





Fuentes y Bibliografía:


(1): La Guardería Forestal en España; Carlos Tarazona; Editorial Lumwerg; Madrid, 2002.

(2): Los ingenieros de montes en la España contemporánea 1848-1936; Vicente Casals Costa; Ediciones del Seral; Barcelona, 1996.

(3): Rafael Puig y Valls, 1845-1920, Precursor de l'educació ambiental i dels espais naturals protegits; Generalitar de Catalunya y Martí Boada, Barcelona, 1995. 


domingo, 19 de enero de 2014

Costa, el arbolado y las repoblaciones



            El respeto por los bosques tanto en nuestro país como en nuestra provincia, nunca han constituido por sí mismos una virtud entre los habitantes de ninguno de los dos sitios. Mucho se ha llegado a escribir a lo largo del tiempo sobre los beneficios que la presencia de los árboles nos reporta aunque los hechos han sido los que finalmente han mostrado que la realidad cierta difiere bastante de la escrita. No han sido tantas las personas que en la historia se han destacado por la defensa del árbol y del bosque. Más bien al contrario. Ambos elementos, árbol y bosque, tanto de forma aislada como en su conjunto, casi siempre han supuesto una molestia para los intereses del hombre. Buscando en las hemerotecas no resultaría complicado encontrar ejemplos en los que los árboles se han llevado la peor parte.

Retrato de época y firma de Joaquín Costa
Foto: Archivo Cartagra
            Pero lejos de centrarme en esa vertiente negativa, prefiero ser optimista y pensar en aquellos casos en los que el bosque ha sido considerado positivamente. Y para ello no hace falta irse fuera de la provincia pues aquí encontramos uno de los máximos defensores de estos vegetales. Tanto es así que en 1912 publicó un libro dedicado en exclusiva a contar y relatar los beneficios del árbol y del bosque desde muy diversas perspectivas. El Arbolado y la Patria (1) es el título del mismo y en sus páginas, el montisonense convertido años después en grausino, echa mano de infinidad de argumento con tal de demostrar su beneficio. Muchos son los párrafos de sus páginas que destacan por su expresividad o por su singularidad a la hora de defender tales favores. El libro en su conjunto demuestra una sensibilidad exquisita y a mí personalmente me parecen en gran medida planteamientos muy adelantados a su tiempo.


            La escasez o bien directamente la falta de arbolado tenía unas causas muy claras para Costa: "Las torrenteras están en razón inversa de los bosques, como las tinieblas están en oposición con el sol; son incompatibles: se descuaja al monte y al punto se abren torrentes por doquiera, y por su cauce se precipita la tierra vegetal, y los ríos se hinchan, inundan y devastan campiñas, matan hombres y animales...". En otro punto deja ya bien claro que detrás de la desaparición de los bosques se encuentra la mano del hombre como origen de la situación que describe: "Talada la selva, con el criterio de la gallina de los huevos de oro, asolado el monte bajo, acaso roturado el suelo, queda este indefenso, sin el sostén de las raíces y la protectora techumbre del ramaje, y los aguaceros lo arrastran al mar, engendrando el azote de las torrenteras, desnudan la roca, y de camino levantan con los materiales de acarreo el lecho de los barrancos y de los ríos, remueven de su asiento y se llevan la principal despensa de los pueblos, los huertos, creados en sus orillas por la labor perseverante de muchas generaciones."


Portada del libro aquí referido
Foto: Archivo Cartagra
            Costa, buen conocedor de las consecuencias de las crecidas y avenidas sufridas en diferentes ríos y ramblas del Levante español o del Sistema Ibérico, tuvo muy claro por dónde pasaba una de las posibles soluciones al problema de las crecidas: "...repuéblense los montes, y las torrenteras desaparecerán como por encanto, y las antiguas fuentes, nuevamente surtidas, vuelven a manar. A menos árboles, más torrentes; a más torrentes menos manantiales: esa es la cadena".

            Al mismo tiempo que decía lo anterior, reconocía las dificultades que implicaba abordar aquella tarea. Calculaba el número de árboles plantados por el Estado en las cunetas de las carreteras en poco más de un millón de árboles cuando según sus cálculos pensaba que lo ideal era contar con nada menos que seis millones. Puso como ejemplo en esos momentos el archipiélago canario donde según alguna estadística del momento había por término medio "...93 árboles por kilómetro". En su libro cita como la Cámara Agrícola del Alto Aragón en 1898, y la Asamblea Nacional de Productores de Zaragoza en 1899, propusieron una medida idéntica para que fuera se aplicara "...al capítulo de reforma de los caminos carreteros y de herradura de la Península". Ambos organismos propusieron que en los márgenes y cunetas se plantaran "moreras y árboles forrajeros" por parte de los niños de las escuelas. El objetivo de emplear moreras no era otro que el fomentar el cultivo de gusanos de la seda. Por su parte, el Colegio del Arte Mayor de la Seda de Valencia también se había dirigido ya a los alcaldes de esa provincia "...excitándoles a plantar moreras en los caminos vecinales de su respectiva jurisdicción". Según datos de ese colegio "Por cada mil árboles, los criadores podrían obtener 300 arrobas de capullo, o sea un producto líquido de cerca de 5.000 duros, y el ayuntamiento su parte por la venta de la hoja". La idea de usas árboles forrajeros que imagino serían del estilo del fresno o el olmo fue para "...multiplicar por todos los medios los recursos forrajeros del agricultor".


En este apartado J. Costa incluyó alguna idea sobre
 la necesidad de acometer repoblaciones forestales.
Foto: Archivo Cartagra


            Resulta evidente que en el planteamiento anterior primaba la necesidad de poder obtener un beneficio directo y rápido con la plantación de árboles. Ni Costa ni la propia sociedad del momento tenían todavía asumido que las repoblaciones debían plantearse desde una planificación a medio y largo plazo así como que las mismas debían estar exentas de proporcionar ningún beneficio inmediato. Sin embargo y a pesar de lo dicho, Costa sí que llegó a apuntar de forma clara cuál habría de ser el objetivo principal de las repoblaciones forestales: "El terreno suelto e incoherente, lo fijan con sus entrelazadas raíces; el consolidado, impiden que lo disgregue y remueva la fuerza erosiva de las aguas y lo arrastre al mar la violencia de los aguaceros... Con sus raíces sujetan el suelo vegetal a la roca, y la roca a los estratos subyacentes, por encima de los cuales resbalaría aquella más de una vez (como se ha visto en Bisalibons, orillas del Isábena) llevando consigo casas y cultivos, si no lo impidiesen esos benéficos auxiliares y conservadores del orden del mundo".  


            Costa describió de esta manera un problema ya presente en España el cual se incrementó de forma considerable en los siguientes años: la erosión. El pensamiento de este aragonés sirvió en gran medida para dar a conocer y sensibilizar tanto a la sociedad del momento como a sus políticos, sobre las graves consecuencias de la falta del arbolado. Cabe recordar también que desde aproximadamente mediados del Siglo XIX nuestro país contaba con un reducido colectivo de ingenieros de montes quienes desde hacía ya bastantes años eran perfectamente conocedores de este y otros problemas forestales. En la elaboración del primer Catálogo de Montes de Utilidad Pública de nuestro país se tuvo también muy en cuenta el problema de la erosión y así lo hicieron constar aquellos profesionales forestales.

             Este mismo autor apuntó también en este libro la posibilidad de realizar plantaciones populares por parte de los niños españoles, contemplándolas como una actividad más organizada por los propios maestros en sus respectivos colegios. Según él, aquella era una actividad, que si bien era diferente de la conocida Fiesta del Árbol instaurada en Estados Unidos, sí que compartían elementos comunes como era la promoción y plantación de arbolado. Pero esto será un asunto que se abordará con más detalle en el siguiente post...



Fuentes y Bibliografía:

(1): El Arbolado y la Patria; Joaquín Costa, Madrid, 1912.